sábado, 18 de abril de 2009

EN ALTA NOCHE

¡Señor, Señor!, los mares de la vida
tienen también sus rudas tempestades;
mi espíritu en las sombras titubea
como Pedro en el mar de Tiberiades.

Hierven las aguas en que yo navego,
mi pobre esquife a perecer avanza...
tú, que la luz le devolviste al ciego,
devuélvela a mi fe y a mi esperanza.

Surge, surge Jesús, porque la vida ágil
se escapa de mis brazos flojos;
y el alma sin calor, desfallecida,
muy lentamente cierra ya los ojos.

Aparece en la inmensa noche oscura;
las conciencias te llaman... están solas,
y pasa con tu blanca vestidura serenando
el tumulto de las olas.


Manuel Gutiérrez Nájera
(México)

jueves, 16 de abril de 2009

NADIE RECUERDA SUS NOMBRES

¿Identificas alguno de estos nombres bíblicos:?
Samúa hijo de Zacur, Safat hijo de Horí, Igal hijo de José, Palti hijo de Rafú, Gadiel hijo de Sodi, Gadi hijo de Susi, Amiel hijo de Gemali, Setur hijo de Micael, Nahbi hijo de Vapsi, Geuel hijo de Maqui.
Seguramente no.
Nadie recuerda hoy con admiración sus nombres.
No pasaron a la historia, aunque todos eran príncipes elegidos de Israel. Todos tuvieron una misión sagrada que realizar y la llevaron a cabo con éxito.
Su participación está registrada en Números 13 con una nota triste. Todos ellos "murieron de plaga delante de Jehová" (vs. 13).
Éstos fueron diez de los doce espías que Moisés mandó a reconocer la tierra de Canaán, a quienes únicamente recordamos como aquellos que dieron un informe desalentador a la congregación.
Vieron e hicieron lo mismo que Josué y Caleb, pero fueron sus conclusiones las que los diferenciaron de estos héroes de la fe. Mientras los primeros consideraban que "con nosotros está Jehová" (Números 14:9), estos diez veían las dificultades y las pruebas que tenían por delante como insuperables e insoportables.
La manera en que vemos y enfrentamos las cosas determina nuestro destino final. Podemos mirar con resuelta fe las posibilidades que el Señor nos abre, o contemplar con tembloroso descreimiento los gigantescos desafíos venideros.
La incredulidad, que resulta primeramente en freno de la obra de Dios y finaliza -con seguridad- en oposición a ella, es actualmente el signo lamentable de algunos cristianos.
Sus efectos visibles son la tibieza espiritual, la falta de compromiso, las críticas, contiendas, discusiones y debates entre un pueblo que debería estar ocupado solamente en predicar el evangelio a un mundo que agoniza por el avance del mal.
Este estado de cosas provoca una reacción de características opuestas que nos lleva a veces a cargar nuestra agenda con programas y estrategias humanas para "reavivar" la iglesia, que suelen resultar ineficaces por no contar con la voluntad de cambio de los rebeldes y descontentos.
Hay cosas que cambiar o mejorar y otras que debemos discutir, pero éstas, lo reitero, deben estar subordinadas a la única tarea que nos encomendó nuestro Señor: ir y predicar el Evangelio a toda criatura y hacer discípulos Mat. 28.18-20
Tengamos presente que el Espíritu Santo es el único agente divinamente designado para cambiar la situación. Clamemos a él y por él. Tengamos hambre del Espíritu. Pidamos sus frutos en nuestra vida. Busquemos recibir por su medio la justicia de Cristo por la fe.
Nuestra parte en el conflicto, por otro lado, no consiste en intentar cambiar a los demás, sino en estar “siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Ped. 3:15)
La iglesia necesita hoy centinelas sobre sus muros que den sonido certero a la trompeta, hombres valientes que den al pecado el nombre que le corresponda, que sean fieles en su cometido y que sin olvidar lo anterior, sean dulces, piadosos, amables, corteses y considerados con el pecador y con sus hermanos flacos de la fe.
Jesús dijo a sus discípulos que su gozo debería basarse en que sus nombres "estén escritos en los cielos".
Recuerda, nadie tiene dificultad en recordar los nombres de Josué y Caleb, porque fueron de aquellos héroes "que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros."
¿Tu nombre será recordado por la eternidad?
(Doy crédito por la idea central al pastor Darío Caviglione - AAN)

domingo, 12 de abril de 2009

LA FE Y EL GEOIDE

Leí en una publicación que la Tierra tiene forma de geoide, lo que me llevó al diccionario para saber que significaba aquella novedosa palabra. Para mi decepción, la recursiva definición citaba: "forma teórica de la Tierra".
La fe se parece en mucho a esta definición en que es indefinible.
¿Cómo es la fe?
La fe es un regalo de Dios que puesta en marcha navega entre lo racional y lo aparentemente irracional, salta por encima de las imposibilidades y se sumerge en las profundidades de lo imprevisible, para emerger luego triunfante en cada ocasión.
La fe, como leí por allí, es como el radar, que ve lo que no es visible al ojo humano y prosigue con toda seguridad en medio de las tinieblas.
Pero la fe hoy, es más citada que practicada. Son más los que hablan de ella que los que la tienen. Casi podríamos dividir actualmente a las "personas de fe" en dos categorías:
a- Los que hablan, la buscan, oran, discuten o predican acerca de la fe.
b- Los que creen y son salvos
El asunto no es puramente intelectual. No está fundado en conceptos, sino en hechos y relaciones.
Entonces ¿Cómo se tiene fe? La Biblia, con su santa practicidad, nos da ejemplos de ella más bien que definiciones.
Consideremos ahora tres historias de fe que nos pueden dejar lecciones valiosas.
1- La historia del sanamiento del hijo del noble.
"Vino, pues, Jesús otra vez a Caná de Galilea, y había en Capernaum un oficial del rey, cuyo hijo estaba enfermo. Este vino a él y le rogó que descendiese y sanase a su hijo, que estaba a punto de morir. Entonces Jesús le dijo: Si no viereis señales y prodigios, no creeréis. El oficial del rey le dijo: Señor, desciende antes que mi hijo muera. Jesús le dijo: Ve, tu hijo vive. Y el hombre creyó la palabra que Jesús le dijo, y se fue." Juan 4:46-50
Esta fe, que necesita de la ayuda de signos visibles para creer, es fe débil, pero fe al fin. Cristo provocó en el hombre la comprensión de que debía depositar su confianza no en evidencias, sino en Su palabra.
¿Confío yo sin reservas en la sola y suficiente palabra de Dios?
2-La historia del niño endemoniado
Ante el fracaso de los discípulos para curarlo, el padre se dirigió a Cristo para decirle: "pero si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos. Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible. E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo; ayuda mi incredulidad." Marcos 9:22-24
Esta respuesta del hombre muestra el deseo de creer que Dios implantó en todo ser humano frustrado por la evidencia de sus sentidos, pero que pudo triunfar en cuanto reconoció su incapacidad.
¿Quiero yo creer, aunque las circunstancias parezcan demostrar lo contrario?
3- El caso del ciego de nacimiento
El había sido sanado por el Salvador, pero no lo había visto personalmente. Al confesar su fe en Cristo, los dirigentes judíos lo expulsaron de la sinagoga.
"Oyó Jesús que le habían expulsado; y hallándole, le dijo: ¿Crees tú en el Hijo de Dios? Respondió él y dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en él? Le dijo Jesús: Pues le has visto, y el que habla contigo, él es. Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró." Juan 9:35-38- ¡Qué ejemplo maravilloso de fe!
No dependió de más pruebas ni de una mejor actitud de aquellos que eran supuestamente sus dirigentes religiosos, le bastó con lo que Cristo había hecho en su vida.
¿Creo yo así?
Creamos hoy plenamente, como lo hizo la Virgen María: "he aquí la sierva del Señor, hágase conmigo según tu palabra".

viernes, 10 de abril de 2009

RESURRECCIÓN

No lo aprisionan las paredes frías
de obscura tumba milenaria y triste,
surgió a la vida nuestro Dios y existe,
para llenar la nuestra de alegrías.

Ya está la tumba de Jesús vacía,
ya está vencido el ángel de la muerte,
gloria al Salvador que poderoso y fuerte
ganó tu salvación, ganó la mía.

Braulio Pérez Marcio

JESÚS DE LA CRUZ BENDITA

¡Jesús de la cruz bendita!
de la mirada piadosa,
espina en lugar de rosa
lleva tu infame corona.
que se puso en son de broma
en tu frente milagrosa.

Se dibuja en tu figura
la ternura singular
que refleja en el mirar
impregnado de emociones...
salvador de corazones,
tus ansias de perdonar.

Esta sangre que derramas
por nosotros en la cruz,
que nos sirva hoy de luz
por tu cariño constante...
¡Para seguir adelante
bendición danos Jesús!

Luis J. Becerra
Poeta formoseño - 1996