Lo registrado en 2º Pedro 3:10-13 es uno de los fragmentos más solemnes -y al mismo tiempo más felices- de las Escrituras.
El
retorno de nuestro Señor en gloria y majestad, precedido por pavorosas
señales en los cielos y la tierra. La naturaleza misma rindiéndose a los
pies de su Creador que viene a buscar a los suyos con poder. El fin del
pecado, el mal, el dolor, el sufrimiento y la muerte. Recibir la
inmortalidad y la vida eterna. Ver a nuestro Dios cara a cara. No hay
esperanza mayor que esta.
¿Pero... podemos apresurar la venida del Señor?
El
texto arriba citado parece decir justamente eso. Pero consultando en
algunas versiones más modernas, el resultado es un tanto diferente.
- “Esperando ansiosamente la venida del día de Dios” (NVI).
- “Y esperar con ansias el día en que Dios juzgará a todo el mundo” (TLA).
- “Vivid en la anhelante expectativa del día aquel” (Castillian).
Tal
vez porque haya mejores manuscritos disponibles; o quizás porque los
traductores modernos son remisos a pensar que podemos obligar a Dios a
hacer algo; el asunto es que parecen decir que solo nos toca esperar,
sin influir en nada.
La versión Reina Valera 1960 rinde el pasaje completo de esta manera: “Pero
el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos
pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y
la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. Puesto que todas
estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en
santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la
venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán
deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán! Pero nosotros
esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los
cuales mora la justicia”. 2ª Pedro 3:10-13
Según
la manera en que leamos este texto, nos convertiremos en actores o en
espectadores. Quedaremos a la expectativa, sin creer que nuestras
acciones incidan en el resultado final, o nos adelantaremos con valor a
proclamar el mensaje.
Si
entendemos correctamente el papel que nos toca desempeñar en el gran
drama de los siglos, los seres humanos somos colaboradores de Dios en su
tarea de comunicar el evangelio a un mundo caído en el pecado.
Él
no nos involucra porque nos necesite, pues ya tiene a los ángeles (que
están mucho más dispuestos a hacer su voluntad que nosotros), como
mensajeros suyos. Pero en los propósitos del Señor, y para nuestro bien,
ha puesto en manos de su iglesia en la tierra presentar el mensaje de
salvación, el evangelio eterno (ver Apocalipsis 14:6-12).
“A
toda nación, tribu, lengua y pueblo se han de proclamar las nuevas del
perdón por Cristo. El mensaje ha de ser dado, no con expresiones
atenuadas y sin vida, sino en términos claros, decididos y conmovedores.
Centenares están aguardando la amonestación para poder escapar a la
condenación. El mundo necesita ver en los cristianos una evidencia del
poder del cristianismo. No meramente en unos pocos lugares, sino por
todo el mundo, se necesitan mensajes de misericordia”. (Obreros Evangélicos pag. 29).
Respecto al momento de nuestra salvación, es bueno recordar que Dios “muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes” (Daniel
2:21). No está en nosotros adelantar el tiempo de la venida de Jesús,
él es dueño absoluto de los tiempos; sin embargo, puesto que somos sus
asistentes en la obra de amonestar al mundo podemos demorar sus propósitos si no cumplimos con nuestra parte.
Esto
es claramente visible en la historia del antiguo Israel. Pudieron haber
entrado en Canaán en pocas semanas, pero vagaron cuarenta años por el
desierto.
La demora en entrar, ¿a quién se debió?
No
a un designio divino, ciertamente; la demora se debió enteramente a la
acción humana. No pudieron entrar debido a su incredulidad.
Tenemos
que reconocer, al mismo tiempo, que por más esfuerzos que hagamos no
lograremos tampoco adelantar su venida un solo segundo. Los soberanos
designios de Dios no son apremiados por el hombre.
Quiero
aquí hacer una advertencia: algunos, tomando al pie de la letra este
mensaje han creído su deber hacer algo para adelantarla. Entienden que
siendo agresivos, presentando las verdades y los cuadros proféticos más
impactantes, y aún fijando fechas, pueden obligar a Dios a apresurar su
regreso.
Pero
este es un error fatal. Ni Jesús mismo presentaba el núcleo duro de su
mensaje a quienes no estaban preparados. No es con airadas denuncias, o
asustando a la gente, o presentándole mensajes de condenación como
allanaremos el camino. En realidad, así es como conseguiremos totalmente
lo contrario. Por esta vía solamente conseguiremos que el prejuicio se
levante, los oídos se cierren y las almas se pierdan para siempre.
Se
necesitan mensajes de misericordia. La puerta de la gracia aún sigue
abierta, y los que proclaman que “la hora de su juicio ha llegado”
necesitan imitar las actitudes de Cristo en la presentación de su
mensaje. Como dice la cita anterior, en términos claros, decididos y
conmovedores tenemos que presentar al Cordero de Dios que quita el
pecado del mundo como su última gran esperanza. Entonces estarán listos
para escuchar acerca de cómo escapar de la condenación y de los engaños
del gran enemigo.
En este punto se requiere infinita discreción para no errar.
Aunque no debemos aprobar el fanatismo, tampoco debemos condenar a
quienes presentan mensajes fuertes sin antes examinar su procedencia y
sus frutos.
Así
como ahora hay hombres arrogantes y fanáticos que quieren “apurar” al
Señor, pronto habrá verdaderos siervos de Dios con mensajes intrépidos;
no los coloquemos en la misma categoría.
Ya
llegará el momento en que la gente tenga que oír tales mensajes, esté
preparada o no. Pero el cuando, lo decidirá su Espíritu, no la temeraria
acción humana.
En
síntesis, no podemos adelantar el retorno de nuestro amado Salvador por nuestra cuenta,
pero podemos retrasarlo si no colaboramos con los planes divinos. Lo
que definitivamente no debemos intentar hacer, es forzar el brazo de
Dios, porque no nos irá bien.
Es
tiempo de poner nuestra vida en las manos de Dios, de resignar toda
ambición mundanal, de consagrarnos sin reservas a la predicación de las
buenas nuevas de la redención. Tiempo también de examinar todo lo que
somos y tenemos, echar fuera lo que desagrada al Señor y apropiarnos de
todas las gracias celestiales. Tenemos un carácter que preparar para la
eternidad, un cielo que ganar, almas que salvar y un infierno del cual
escapar.
Pronto anochecerá, la crisis se acerca y “la noche viene, cuando nadie puede trabajar”. Juan 9:4