Hay
en la Biblia una historia curiosa registrada en 2ª Samuel 18. Absalón
se había rebelado contra su padre David, pero había sido muerto en
batalla. Joab decidió enviar la noticia por medio de un siervo etíope,
pero el joven Ahimaas hijo de Sadoc quiso ir también a llevar el mensaje
al rey. Lo hizo corriendo con tanto entusiasmo que dejó atrás al otro
mensajero; pero cuando llegó a la presencia de David solo pudo decir:”Vi yo un gran alboroto cuando envió Joab al siervo del rey y a mí tu siervo; mas no sé qué era” (vers. 29).
La
lección es obvia; no alcanza con tener entusiasmo, es necesario también
tener un mensaje que dar. Un testigo que no tiene nada para decir
solamente trae confusión y alboroto.
No
importa cuanto sepa de la Biblia, o que pueda recitar largos pasajes de
memoria, o cosas por el estilo; si no ha nacido de nuevo, no tiene nada
significativo que decir.
La
gente no tiene necesidad de teorías abstractas, tiene necesidad del
agua viva que pueda vivificar el erial de sus vidas. Desea oír el
mensaje del evangelio, transmitido por aquellos que han sido
transformados por su poder.
Quien
no ha tenido una experiencia real con Jesús, quien que no ha trabajado,
no ha sufrido y no ha entregado todo por amor a él, debería abstenerse
de correr sin tener un mensaje para dar. Sus palabras harán más daño que
bien.
Otra
clase paradójica de testigo, es aquel que conoce, pero no
está dispuesto a testificar. De esta clase de testigos mudos, la
Escritura afirma que están cometiendo un pecado: “Si
alguno pecare por haber sido llamado a testificar, y fuere testigo que
vio, o supo, y no lo denunciare, él llevará su pecado”. Levítico 5:1
Lo que no se comunica, se pierde. El agua que no corre, se estanca y se pudre. Lo mismo pasa con el mensaje de salvación: quienes han sido testigos de su gracia pero no han compartido la bendición recibida, la perderán.
Lo que no se comunica, se pierde. El agua que no corre, se estanca y se pudre. Lo mismo pasa con el mensaje de salvación: quienes han sido testigos de su gracia pero no han compartido la bendición recibida, la perderán.
Muchos
son como los leprosos sanados por Jesús, que de diez, solo uno vino a
agradecer. Los otros nueve podrían gozar la bendición de la salud
restaurada, se reunirían otra vez con sus familiares, pero con seguridad
no contarían con la paz del alma que gozaba aquel que vino a testificar
con gratitud de la sanación recibida.
Un
verdadero discípulo nace al reino de Dios como misionero. Los que
reciben vida de lo alto no pueden sino compartir sus bendiciones. Su
testimonio es: “lo
que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos
contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida... lo
que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros
tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con
el Padre, y con su Hijo Jesucristo” 1ª Juan 1:1-3.
La
tercera clase de testigo es el testigo mentiroso. No se trata de
alguien equivocado, dando un mensaje contrario a la voluntad de Dios; es
simplemente un instrumento del enemigo para confundir y dañar la
reputación de la iglesia. “El que habla verdad declara justicia; mas el testigo mentiroso, engaño. Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada”. Proverbios 12:17,18
Estos
falsos predicadores se caracterizan por presentar verdades maravillosas
y seductoras de los sentidos, pero que dejan vacía el alma. Sus
predicaciones están llenas del yo e inducen a los demás a oponerse a la
verdadera obra del Espíritu mediante sus siervos elegidos.
Donde
sea que haya contiendas, críticas, desamor y malas sospechas, podemos
rastrear fácilmente sus causas a las enseñanzas de testigos mentirosos,
vestidos como apóstoles de Cristo. El efecto de sus palabras nunca
moverá a la conversión, sino al desánimo, al resentimiento y a las
luchas entre hermanos.
La
última y verdaderamente valiosa clase de testigo es aquel que está
dispuesto a sacrificarlo todo para comunicar a otros las buenas nuevas
de Cristo crucificado, resucitado y próximo a volver.
Exiliado en Patmos, el anciano Juan tuvo una visión renovada de su Salvador y nos transmitió “La
revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus
siervos las cosas que deben suceder pronto; y la declaró enviándola por
medio de su ángel a su siervo Juan, que ha dado testimonio de la palabra
de Dios, y del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha
visto”. Apocalipsis 1:1,2
Ser
un testigo es haber tenido una revelación de Jesucristo para manifestar
al mundo. Ser un testigo, es ser un siervo del Dios Viviente, Ser un
testigo es -finalmente- ser un vencedor.
Cuando
recibimos en el alma por la fe el mensaje divino, no podemos hacer otra
cosa que comunicarlo. Resulta para nosotros una alegría y un verdadero
placer contar lo que Dios ha hecho en nuestra vida, del poder del
Espíritu y del perdón concedido mediante la sangre de Jesús.
Al
testificar de esta manera, somos guardados por el poder divino de los
embates del Diablo. Su gracia nos cubre y obtenemos la victoria sobre el
mundo, la carne y todo otro enemigo. Puede decirse de nosotros: “Y
ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra
del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte”. Apocalipsis 12:11