lunes, 13 de febrero de 2012

CRISTIANOS EN SERIO

“Cuando Jesús vio a Natanael que se le acercaba, dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño. Le dijo Natanael: ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi”. Juan 1:47,48
¿Qué había en Natanael (también llamado Bartolomé) para que mereciera semejante elogio de Cristo mismo?
Resulta evidente que Natanael estaba orando bajo la higuera; buscando conocer la voluntad del Señor, pidiendo luz y fortaleza. Es evidente además, que era un sincero creyente, un hombre de fe y oración, capaz de sobreponerse a sus prejuicios iniciales y aceptar a Jesús como el Mesías esperado.
Muchos hoy se llaman a si mismos cristianos. Pero hay pocos cristianos en serio. Y cristianos como Natanael, elogiados por su Maestro, todavía menos.
¿Cuáles son las cualidades propias de un cristiano en serio?
Quisiera proponer cinco características; la lista no es exhaustiva, pero estimo que es suficiente para analizarla y medirnos a nosotros mismos a la luz de estos pasajes.
1 - Vida nueva: “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”. Romanos 8:9
Un cristiano en serio ha experimentado la convicción, la conversión y el nuevo nacimiento que son frutos de la obra del Espíritu en su vida. Si no ha nacido de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Y por ser recién nacido, es un proyecto inacabado que crecerá hasta alcanzar la plena estatura de la plenitud de Cristo. Es arcilla que el Alfarero Divino se deleita en moldear para transformarlo en vaso de honra.
2 - Amor: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”. Juan 13:35
La suprema expresión del cristianismo es estar llenos de amor por las almas que perecen en el pecado. Tal como Pablo lo expresa en 1ª Corintios 13:2 “si no tengo amor nada soy”.
3 - Obediencia: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”. Juan 14:15
De la misma forma que un hijo demuestra su amor y respeto hacia sus padres obedeciéndoles, un cristiano en serio se deleitará en hacer la voluntad de su Señor. Es inconcebible que un hijo de Dios viva en oposición a cualquiera de sus mandamientos. 
Se diga lo que se diga, la obediencia es el fruto perfecto de una vida transformada y llena de amor. Todo lo demás es vano palabrerío y peligrosísima presunción.
4 - Servicio: “Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará”. Juan 12:26
El que ha nacido de nuevo, que ama y obedece a Dios, encontrará su mayor placer en el servicio amante en favor de sus hermanos en la fe y también por los que viven en las tinieblas del error. En eso imitará a los ángeles del cielo, que se gozan en servirnos a nosotros.
5 - Pureza: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro”. 1ª Juan 3:2,3
La inevitable consecuencia de mirar a Jesús es reconocer la nobleza, la inocencia y la pureza de su carácter. Veremos su atractivo y desearemos ser como él.
Al intentar imitarle, descubriremos también lo lejos que estamos del blanco y nos esforzaremos en lograr la meta más alta que un ser humano pueda fijarse: alcanzar la semejanza con Cristo. 
Y cuando por la fe nos empeñemos en esa empresa, Dios nos concederá su gracia y su poder para que podamos reflejar la luz de su rostro. Llegaremos así a ser cristianos en serio.
La gloriosa visión del rostro de Cristo reflejado en nuestras vidas opacará todo los atractivos del mundo y podremos decir con el apóstol: “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo. Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación. Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea a ellos, y al Israel de Dios. De aquí en adelante nadie me cause molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús”. Gálatas 6:14-17

CREADOS DE NUEVO

"No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta". Romanos 12:2.
Cristo murió en la cruz para librar al mundo de perecer en el pecado, y en esta obra les solicita su colaboración. Ustedes deben ser sus manos ayudadoras. Con esfuerzos fervorosos e infatigables han de trabajar por la salvación de los perdidos. Recuerden que fueron sus pecados los que hicieron necesaria la cruz. Cuando aceptaron a Cristo como su Salvador ustedes prometieron unirse a él en llevar la cruz. Han echado su suerte con él para vida o muerte, y son parte integrante del gran plan de redención.
El poder transformador de la gracia de Cristo moldea a quien se entrega al servicio de Dios. Cuando se halla imbuido del Espíritu del Redentor, está dispuesto a negarse a sí mismo, listo para tomar su cruz y presto a realizar cualquier sacrificio por el Maestro. Ya no puede ser indiferente a las almas que perecen alrededor suyo. Se eleva por encima del autoservicio. Cristo lo ha transformado en una nueva criatura y el egoísmo no halla lugar en su vida. Comprende que cada aspecto de su existencia pertenece a Cristo, quien lo ha redimido de la esclavitud del pecado; que cada momento de su vida futura ha sido comprado con la preciosa sangre del unigénito Hijo de Dios.
¿Comprende usted tan cabalmente el sacrificio hecho en el Calvario, como para estar dispuesto a subordinar todo otro interés a la obra de salvar almas? La misma intensidad que caracterizaba el deseo de salvar a los pecadores en la vida del Salvador, se revelará también en la de sus verdaderos seguidores. Al cristiano no le interesa vivir para sí. Se deleita en consagrar todo lo que tiene y todo lo que es al servicio del Maestro. Lo motiva un deseo inexpresable de ganar almas para Cristo...
¿Cómo puedo glorificar mejor a Aquel a quien pertenezco por creación y redención? Esta es la pregunta que deberíamos hacernos. La persona verdaderamente convertida tratará de rescatar con ansiosa solicitud a los que se hallan todavía bajo el poder de Satanás; rehusará hacer nada que pudiera estorbarlo en su tarea. Si tiene hijos, se dará cuenta de que su obra debe comenzar en su propia familia. Para él, sus hijos son preciosos en gran manera. Al recordar que son los miembros más jóvenes de la familia del Señor, luchará denodadamente por colocarlos donde se hallen al lado del Señor. Se ha dedicado a servir, honrar y obedecer a Cristo; por lo tanto realizará esfuerzos pacientes e incansables con el fin de educar a sus hijos para que nunca sean hostiles hacia el Salvador.
Dios ha colocado sobre los padres y madres la tarea de salvar a sus hijos del poder del enemigo. Esa es su obra, y no debieran descuidarla por ninguna razón. Los padres que mantienen una conexión viviente con Cristo no descansarán hasta no ver a sus hijos a salvo en el redil. Considerarán que ésta es la responsabilidad de su vida.
Extraído del libro "Exaltad a Jesús", meditación para el 13 de Febrero

miércoles, 8 de febrero de 2012

COMO RESOLVÍA JESÚS SUS CONFLICTOS III

“Y enseñaba cada día en el templo; pero los principales sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo procuraban matarle. Y no hallaban nada que pudieran hacerle, porque todo el pueblo estaba suspenso oyéndole”. Lucas 19:47,48
Mi yerno comenzó a estudiar la Biblia con unas personas que no creen en la divinidad de Cristo ni en la personalidad del Espíritu Santo.Cada vez que les presentaba un pasaje de las Escrituras, uno de estos hombres gritaba:
-¡Te refuto, te refuto...!
Demás está decir que no llegaron a ningún lado y que el estudio acabó.
Por su trato y costumbres libres de prejuicio, por lo singular de su mensaje y por sus innegables milagros, el Señor recibía incesantes críticas de sus opositores. Fue despreciado y condenado por los líderes de Israel, pero el común del pueblo le escuchaba de buena gana.
¿Por qué le escuchaban con tanto gusto? ¿Tal vez porque sus mensajes estaban destinados a cautivar los sentidos o a agradar a la audiencia?
Nada de eso. Jesús exponía la verdad sin disfraces; revelaba la “luz verdadera, que alumbra a todo hombre”; sin embargo, “a lo suyo vino, y los suyos no le recibieron”, porque su luz hería sus corazones egoístas y pecaminosos. (ver  Juan 1:9,11).
Aunque jamás se enojó u ofendió por los ataques de los que era objeto constante, supo contestar cada una de las objeciones de manera redentora.Nunca trató mal a ninguno de sus opositores, no los rebajó ni expuso abiertamente sus errores. 
Aunque expuso los engaños de Satanás y llamó al pecado por su nombre, siempre prefirió sanar corazones antes que escarmentar a sus acusadores.
Así definió él mismo su misión de misericordia: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel”. Isaías 61:1
Lo mismo se espera de nosotros. No que discutamos, contendamos, nos enojemos y que lancemos anatemas sobre los que no creen como nosotros.
Nos toca más bien predicar al mundo las maravillosas promesas de la gracia y la salvación en Cristo, hablar de las virtudes y el amor de nuestro Maestro y del glorioso momento de su retorno. Incluso estamos obligados a presentar los impopulares temas de la temperancia y del juicio venidero, de la caída de Babilonia y de su condenación, pero imitando a Jesús en sus métodos de presentar el mensaje.
Y el apóstol Pablo insistió, escribiendo a Timoteo lo siguiente: “recuérdales esto, exhortándoles delante del Señor a que no contiendan sobre palabras, lo cual para nada aprovecha, sino que es para perdición de los oyentes”. 2ª Timoteo 2:14
¿Cómo respondía Jesús a quienes le cuestionaban?
Como ya afirmé, el Señor hablaba con autoridad. No discutía ni argumentaba, ni intentaba dejar en ridículo a sus adversarios para sostener su posición. Nadie jamás alcanzó la salvación por esa vía, tan a gusto de los polemistas.
Veamos sus métodos para enfrentarse a los contenciosos y algunos pasajes bíblicos a modo de ejemplo.
Recomiendo a mis lectores leer los cuatro evangelios, tomando nota de las veces que Cristo tuvo que enfrentar oposición y que hizo en cada caso ¡Sin duda que el estudio valdrá la pena!
1- Citando las escrituras. El mismo era la Palabra de Dios encarnada. Sabía los pasajes de memoria y los relacionaba de manera que desarmaba y enternecía a sus oyentes.
  • La pregunta sobre el divorcio (Mateo 19:3-6).
Aquí remitió el asunto a la autoridad del relato de los orígenes (hoy tan cuestionado) para zanjar la cuestión. El hombre y la mujer fueron creados para ser una sola carne. No usó una larga cadena de textos para probar lo que decía, sino uno solo, presentado en forma positiva y con toda autoridad.
2- Actuando sin mediar palabra. Los hechos son mejores que las palabras y resultan más contundentes y definitivos. Además, las palabras se pueden desoír, retorcer o malinterpretar; las acciones no.
  • Pregunta de los discípulos de Juan el Bautista (Lucas 7:18-23).
Ante la duda de su siervo Juan, el Salvador no respondió directamente (en verdad, nunca lo hacía). Dedicó el resto del día a hacer milagros de sanidad, luego les dijo que se fueran de vuelta y contaran lo que habían visto ¡Qué respuesta extraordinaria!
3- Por medio de una lección objetiva.
  • La moneda del tributo (Mateo 22:15-21)
Buscando entrampar a Jesús le presentaron un dilema; él lo resolvió de manera práctica y sencilla utilizando una moneda. La lección así presentada se graba en la mente en forma indeleble, a través de la experiencia y mediante el refuerzo visual.
4- Mediante parábolas.
  • El buen samaritano (Lucas 10:25-37)
iPortentosa sabiduría del Maestro de los maestros! Una simple historia, que se convirtió en la impulsora de miles y millones de obras de misericordia hacia los necesitados. Esta y todas sus parábolas han sido estudiadas por siglos; tanto las mentes más brillantes como las más sencillas las han explorado sin alcanzar jamás su profundidad y, al mismo tiempo, todas fueron beneficiadas por su lectura.
5- Utilizando la lógica.
  • El paralítico en Capernaúm (Marcos 2:1-12)
En una sorprendente lectura de los corazones incrédulos que presenciaban el milagro, preguntó con impecable y lapidaria lógica: “¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda?” (vers. 9). De esta forma acalló a los quejosos, redimió al paralítico, honró la fe de sus amigos y dio un colosal testimonio del amor de Dios a todos los presentes. 
Este es nuestro Salvador. Toda gloria, alabanza y honor sean dados a su nombre. 
En todo aspecto de su lucha contra el mal, Jesús se mostró como un  “misericordioso y fiel sumo sacerdote”, soportándolo todo por amor a nosotros, siendo paciente, bondadoso y compasivo. Agradezcamos a Dios que “en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:17,18).

martes, 7 de febrero de 2012

COMO RESOLVÍA JESÚS SUS CONFLICTOS II

“Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente”. 1ª Pedro 2:21-23
Recuerdo que algunos años atrás me tocó dirigir un programa juvenil en la iglesia y las personas que tenían parte en él no cumplieron. Cuando le pedí a alguien ayuda, me contestó ofendido:
-Yo no soy un “tapa agujeros”.
Todo lo que pude hacer fue decirle que yo sí, que estaba dispuesto a hacer lo que fuera por la iglesia. Vale mencionar a su favor, que de todas maneras hizo lo que le pedí.
Hay tres cosas que Jesús nunca hizo: nunca discutió, nunca argumentó y nunca hizo “valer sus derechos”.
Si bien el tenía toda autoridad en el cielo y en la tierra, jamás permitió que su poder fuera impuesto a los demás. Su fortaleza está revestida de humildad y mansedumbre.
Forma parte indispensable del plan de Dios que sus mandatos sean obedecidos voluntaria y libremente.
En la entrada anterior mencioné que el Señor fue cuestionado a cada paso de su carrera. La preocupación de los líderes de Israel era que alguien con un carácter tan atrayente, que realizaba grandes milagros y enseñaba con tanta autoridad, les arrebatara su dominio sobre el pueblo.
En nuestro mundo, el poder es deseado y procurado por la gente. Tiene un poder casi hipnótico sobre las personas, de tal manera que es capaz de cambiar (¿o de revelar?) los corazones. Se dice que basta darle poder a alguien para conocerlo en verdad.
  • Basta un ascenso para que el antes amigable compañero de trabajo se convierta en un despótico canalla.
  • Basta que sea elegido para que el político sonriente que nos saludaba efusivamente se olvide por completo de nosotros.
  • Basta que ese humilde hermano tenga un cargo en la iglesia, para que el orgullo y las contiendas salgan a relucir.
El poder cambia a las personas. Y para mal.
Y la popularidad de Cristo, como no podía ser de otra manera, despertó los celos de los dirigentes que buscaron desacreditarlo poniendo en duda su autoridad.
“Cuando vino al templo, los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se acercaron a él mientras enseñaba, y le dijeron: ¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿y quién te dio esta autoridad?” Mateo 21:23.
Con sabiduría de lo alto, Jesús les devolvió pregunta por pregunta:
-¿De donde venía la autoridad de Juan el Bautista?
Ante su incapacidad de responder sin condenarse ellos mismos, se retiraron derrotados.
¡Qué maravilloso Salvador tenemos! Sin ofenderse ni contraatacar (tal como solemos hacer nosotros), buscó llegar a esos endurecidos corazones por medio de una lógica imposible de refutar. Aunque Cristo tenía enemigos, se diferenciaba de ellos y de nosotros, en que los amaba.
¡Cuántos cristianos necesitan hoy aprender de Aquel que es manso y humilde de corazón, teniendo misericordia de sus hermanos!
¡Cuánto orgullo, egoísmo, suficiencia propia y vanidad saltan a la vista en las contiendas entre los que se dicen cristianos! Para sostener su propia posición, no vacilan en acusar, agredir, insultar y rebajar a aquellos por los cuales el Señor dio su sangre preciosa.
Vergüenza debería darles.
Otro incidente muestra a las claras como debemos proceder cuando se nos cuestiona. “Cuando llegaron a Capernaum, vinieron a Pedro los que cobraban las dos dracmas, y le dijeron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas? El dijo: Sí. Y al entrar él en casa, Jesús le habló primero, diciendo: ¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran los tributos o los impuestos? ¿De sus hijos, o de los extraños? Pedro le respondió: De los extraños. Jesús le dijo: Luego los hijos están exentos. Sin embargo, para no ofenderles, ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por mí y por ti”. Mateo 17:24-27
La imprudencia y apresuramiento de Pedro para responder, dieron paso a una lección objetiva de Jesús. Todo lo que él hacía demostraba respeto y consideración hacia los demás; todas sus acciones tenían en cuenta el bienestar y la salvación de aquellos que había venido a rescatar.
Cristo era un verdadero “tapa agujeros”, y deberíamos imitar su ejemplo.
No necesitaba rebajarse, pero lo hizo; no le correspondía servir, pero fue el sirviente modelo; no había nadie mayor que él, pero jamás hombre alguno descendió a las profundidades de la humillación que Cristo soportó.
Finalmente, a sus mismos discípulos que competían por el poder, les dejó una lección de suma importancia acerca de la verdadera grandeza. Haríamos bien en aprovecharla.
“Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor. Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve”. Lucas 22:24-26
¿Quieres dominar, o eres el que sirve?

viernes, 3 de febrero de 2012

COMO RESOLVÍA JESÚS SUS CONFLICTOS I

“He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones. No gritará, ni alzará su voz, ni la hará oír en las calles. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare; por medio de la verdad traerá justicia”. Isaías 42:1-3
¿Alguien en tu iglesia intentó matarte alguna vez? Espero que no.
Pero vivimos en un mundo conflictivo. En algún momento, y por causa de nuestra fe, nos tocará ser perseguidos, enfrentar oposición, recibir críticas y soportar cuestionamientos de personas con muy malas intenciones.
¿Cómo tratar con ellas?
Jesucristo es nuestro modelo en todo, y muy especialmente en cómo trataba  con las personas. En esta serie, quisiera examinar la manera en que el Señor enfrentaba y resolvía sus conflictos.
Él tuvo que enfrentarse a distintas clases de personas: gente tosca y de pocas luces interesadas sólo en lo material, fariseos legalistas, escribas tramposos, saduceos escépticos, funcionarios corruptos, compoblanos incrédulos, discípulos inseguros, ¡Incluso a los mismos demonios!
En todos los casos salió siempre vencedor de la contienda; siendo firme pero cortés, directo sin dejar de ser prudente y veraz sin dejar de ser amable. No pronunció jamás una sola palabra que pudiera herir, confundir o desanimar a las almas sinceras que le rodeaban.
Fue cuestionado por sus oponentes en cinco aspectos principales:
  • En su mismo origen
  • Por el uso de su autoridad
  • Por su trato y costumbres sin prejuicios
  • Por lo singular de su mensaje
  • Por sus milagros
Veamos el primero de ellos:
“Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos; A predicar el año agradable del Señor”. Lucas 4:16-19.
Notemos su mensaje; altamente positivo, lleno de esperanza y de bendición. Sus interlocutores, sin embargo, pasada la primera buena impresión se llenaron de celos y de incredulidad. No era acaso éste su vecino, su conocido, el hijo de un humilde trabajador ¿Cómo podría ser el Mesías?
Y esa misma actitud la tuvieron los demás judíos con él. Se burlaron de su nacimiento milagroso llamándolo indirectamente "hijo de fornicación". 
Ellos que vivían de la apariencia, no podían entender que la esperanza de su pueblo tuviera una apariencia tan humilde. Cegados por el propio orgullo, no concebían que alguien estuviera desprovisto de ese diabólico sentimiento.
“Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros. Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No es éste el hijo de José? Él les dijo: Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate a ti mismo; de tantas cosas que hemos oído que se han hecho en Capernaum, haz también aquí en tu tierra”. Lucas 4:20-23.
Aunque no podían negar su testimonio, resistieron la profunda convicción proveniente del Espíritu Santo y se enojaron todavía más cuando él añadió: "De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra. Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en toda la tierra; pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio”. Lucas 4:24-27.
-¿Pero, quién se creía este?- Ofendía su orgullo nacional al recordar la incredulidad de Israel y el favorecimiento de paganos. Les mostraba además que leía sus corazones. Esto fue demasiado para los habitantes de Nazaret y entonces “al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira; y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle. Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue”. Lucas 4:28-30.
Vuelvo a la pregunta inicial: ¿Cómo reaccionarías si alguno de tus amigos y vecinos, miembros de tu iglesia de  toda la vida intentara matarte?
Por mucho menos que eso, incontable cantidad de personas ha abandonado su fe y tomado la decisión de jamás pisar una iglesia.
Recuerdo el caso de un hermano, recién nombrado diácono, que dejó la congregación a la que asistía porque le habían sugerido “que asistiera con corbata”. Se ofendió tanto que abandonó la iglesia sólo para regresar al mundo de pecado del que había salido.
Manchan el registro de los elegidos de Dios las contiendas entre sus servidores, en las que el orgullo prevalece sobre el amor fraternal. MUY DOLOROSO.
Sin embargo con Cristo no fue así. No sería él quien quebraría la caña cascada de un corazón quebrantado, ni apagaría la vacilante llamita de esperanza aún del más malvado de los pecadores.
Aunque su mensaje estaba destinado a despertar sus conciencias, ellos se endurecieron más y más, resistiendo al Espíritu Santo. Habían sido testigos de su vida sin mancha y de su conducta siempre bondadosa y fiel; su misma pureza era un reproche para ellos. Pero estos testimonios de nada sirvieron y buscaron acabar con su vida.
Lo lógico es que Jesús se defendiera ante la agresión. Sin embargo, no lo hizo; solo se retiró de allí por un tiempo.
Lo lógico también es que los abandonara a su suerte, pero lo más extraordinario es que el Señor volvió otra vez a aquel lugar en donde lo habían maltratado, para tratar de salvar aunque sea unos pocos.
Que nuestra vida sea un reflejo de la misericordiosa actitud del Señor, que con su ejemplo mostró cómo revelar el amor del Padre a un mundo egoísta y malvado.