viernes, 2 de octubre de 2009

LOS TRES TRONOS DEL JUICIO

En cierta ocasión alguien me dijo acerca de lo que estaba enseñando: -"Ustedes son demasiado complicados, cuando el evangelio es simple, Jesús murió por nosotros y eso es todo". Y esto último es cierto, el evangelio es simple; pero el que enseña la Biblia no es un evangelio limitado únicamente a la muerte de Cristo por nosotros. Contiene temas sublimes y profundos, nacidos todos de la maravillosa gracia de un Dios que en vez de destruir al ser humano pecador le extiende su amor y su perdón.
En razón de su excelsa naturaleza, el mensaje divino de salvación levanta muchas preguntas como estas:
  • ¿Está obrando bien el Señor para resolver el problema del pecado?
  • ¿Habrá o no un juicio y sobre qué base se hará?
  • ¿Qué pasará con Satanás y sus ángeles?
  • ¿Es justo Dios al perdonar a unos y condenar a otros?
  • ¿En la futura eternidad, el hombre no podría acaso volver a pecar?
Son apenas algunas de las preguntas que surgen sobre temas casi inagotables, que abarcan "cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles" (1º Pedro 1:12). Si las inteligencias celestiales no alcanzan a captarlas, ¡cuanto menos nosotros!
Uno de estos temas es el juicio de Dios. Muchos cuestionan la misma idea de que seremos juzgados por nuestros actos. Otros tratan de suavizar  lo que consideran la terrible imagen de un Dios airado que viene a castigar los pecados del hombre, hasta casi diluir el mensaje divino.
Pero la Biblia menciona un juicio. Es una realidad mencionada con frecuencia en la Escritura.
"Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos
de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda".
Mateo 25:31-33
En el pasaje citado, aparecen el juicio, los involucrados y el trono. Veámoslos en orden inverso.
La imagen del trono de Dios como trono de juicio se repite por todas las Sagradas Escrituras. Desde allí se pronuncia la sentencia divina contra el pecado y contra el pecador. "Justicia y juicio son el cimiento de tu trono..." Salmos 89:14.
Los seres celestiales, los salvados (ovejas) y los perdidos (cabritos) son los protagonistas del juicio celestial, a quienes se juzgará por separado en tres etapas sucesivas.
¿Por qué un juicio dividido en tres partes? Bueno, hasta los juicios terrenales tienen tres etapas bien marcadas:
  1. la investigación de los hechos y la acumulación de pruebas
  2. el proceso judicial propiamente dicho donde se valoran las evidencias
  3. el dictado de la sentencia
Por causa de los involucrados y para plena justicia, se debe realizar de esta forma. Para que el carácter divino sea reivindicado, todas las partes en el juicio (la Deidad misma, los seres celestiales y los seres humanos) deben estar plenamente de acuerdo con la sentencia final, sea cual fuere.
Miremos bien la lógica de esto:
    ¤ Los habitantes del cielo, tanto los ángeles, como los habitantes de otros mundos creados por Dios necesitan estar seguros de que no reincidiremos en el pecado después de haber sido redimidos. Bien conocen nuestras fallas en la tierra, las veces que fracasamos en ser fieles al Señor. Cabe para todos ellos la pregunta: ¿no volverán a caer en el pecado?
    ¤ En cuanto a los que se salvan, ¿en qué se diferencian de los perdidos si ambos son pecadores?; ¿son dignos de recibir la vida eterna por sus méritos, por capricho divino o por otra razón justificada?
    ¤ Y los que se perderán, ¿qué los hace indignos del cielo?
Antes de contestar a estos puntos, quiero destacar esto:
Nuestro bondadoso Creador y Salvador está dispuesto a contestar todas las preguntas, formuladas y por formular, que se le puedan ocurrir a cada ser inteligente que existe o existirá. La justicia de su trato con el mal quedará plenamente evidenciada y vindicada más allá de toda duda por la eternidad.

viernes, 25 de septiembre de 2009

NO HABRÁ OTRA OPORTUNIDAD

Uno de mis alumnos de 2º grado de primaria lloraba a todo pulmón y rogaba con su mejor carita de pena buscando conmoverme: -"me da otra oportunidad profe..."
Con mucha frecuencia escucho esto de mis alumnos, tanto de los niños como de los ya adolescentes. No quieren ser castigados por sus faltas. Todos quieren una oportunidad más.
Prometen cambiar, estudiar, mejorar y ser completamente diferentes (generalmente terminan siendo solo declaraciones de buenas intenciones).
La preguntas que uno se hace al respecto son: ¿hasta cuando hay que seguir dando oportunidades? ¿Las aprovecharán o abusaran de ellas? ¿Servirá de algo ofrecerlas?
La respuesta no es fácil, puesto que hay una línea muy delgada que separa la misericordia de la justicia y los seres humanos somos bastante miopes para distinguirla con claridad en cada ocasión.
En el ámbito espiritual, ¿qué podemos decir de la actitud de Dios hacia el pecador?
La Biblia no deja dudas de la actitud de generosa misericordia que mantiene para con el pecador, extendiendo vez tras vez su gracia a quienes no lo merecemos.
Jamás se cansa de perdonar a quienes lo buscan. Su fidelidad y compasión son inconmensurables. Son una parte inseparable de su naturaleza amante.
Pero, la Escritura también afirma que llegará un día en que la gracia ya no estará más disponible para el transgresor y se pronunciará la sentencia: "Deja que el malo siga haciendo el mal y que el vil siga envileciéndose; deja que el justo siga practicando la justicia y que el santo siga santificándose". Apocalipsis 22:11 NVI
Muchos, si no todos, estaríamos perdidos si el Señor no nos concediera renovadas oportunidades de perdón. Vez tras vez, a la par que decimos amarle, resistimos su invitación de misericordia, jugamos con el pecado o volvemos a caer en nuestros carnales patrones de conducta.
Pero resistir la obra interior del Espíritu inevitablemente tiene su precio.
La conciencia se insensibiliza hacia el pecado, se hace más fácil reincidir en la transgresión y los amorosos llamados de Dios nos conmueven cada vez en menor grado, hasta que...ya no se escuchan.
Es terrible jugar con la gracia. Las consecuencias son pavorosas.
"Creemos sin duda alguna que Cristo va a venir pronto... Nos estamos preparando para encontrar a Aquel que aparecerá en las nubes de los cielos escoltado por una hueste de santos ángeles, para dar a los fieles y justos él toque final de la inmortalidad. Cuándo él venga, no lo hará para limpiarnos de nuestros pecados, quitarnos los defectos de carácter, o curarnos de las flaquezas de nuestro temperamento y disposición. Si es que se ha de realizar en nosotros esta obra, se hará antes de aquel tiempo". ¡Maranata: El Señor Viene! Página 219
No se trata de una mala disposición divina sino de extravío humano. Solemos pensar que ya habrá tiempo para volvernos a Dios y perseveramos ciegamente en el mal camino. Pero no disponemos de la eternidad para nuestra preparación para el cielo.
La misma actitud caracterizó al pueblo de Israel, hasta que la Biblia registra con tristeza: "Y Jehová el Dios de sus padres envió constantemente palabra a ellos por medio de sus mensajeros, porque él tenía misericordia de su pueblo y de su habitación. Mas ellos hacían escarnio de los mensajeros de Dios, y menospreciaban sus palabras, burlándose de sus profetas, hasta que subió la ira de Jehová contra su pueblo, y no hubo ya remedio". 2º Crónicas 36:15,16
Como afirme en una entrada anterior, la preparación para la eternidad es un asunto nuestro. Es también una tarea impostergable, porque tiene una fecha de vencimiento: la segunda venida de Cristo.
Ya no habrá otra oportunidad.
No porque se haya agotado la misericordia o la paciencia de nuestro amante Señor, sino porque la humanidad en general ya no la buscará ni la deseará.
Únicamente unos pocos fieles habrán jugado su suerte con Jesús por la eternidad, en medio de la mayor tormenta de odio y oposición hacia los justos que se haya desatado desde que Caín mató a Abel.
Ya no habrá otra oportunidad.
Ahora y en ningún otro tiempo que ahora, debemos alistar nuestro carácter para la traslación.
"Cuando venga él Señor, los que son santos seguirán siendo santos. Los que han conservado su cuerpo y espíritu en pureza, santificación y honra, recibirán el toque final de la inmortalidad. Pero los injustos, inmundos y no Santificados permanecerán así para siempre. No se hará en su favor ninguna obra que elimine sus defectos y les dé un carácter santo. El Refinador no se sentará entonces para proseguir su proceso de refinación, y quitar sus pecados y su corrupción. Todo esto debe hacerse en las horas del tiempo de gracia. Ahora debe realizarse esta obra en nosotros". ¡Maranata: El Señor Viene! Página 219
Ya no habrá otra oportunidad.
Roguemos que el Señor haga realidad el deseo de Pablo a la iglesia de Tesalónica: "Que Dios mismo, el Dios de paz, los santifique por completo, y conserve todo su ser —espíritu, alma y cuerpo— irreprochable para la venida de nuestro Señor Jesucristo". 1º Tesalonicenses 5:23 NVI
¡Carpe diem!

lunes, 21 de septiembre de 2009

MALDICIÓN

Yo nunca creí en las maldiciones. Me parecieron siempre cosa de gente simple o ignorante, pura superstición. Claramente no temo la maldición del hombre, por ser sólo palabras. Pero, ¿qué sucede con las maldiciones divinas?
Algunos las clasifican con las otras al mismo nivel de pura superchería. Inventos de la religión para meter miedo.
No obstante, las hay, y aunque no nos agrade, en la Biblia figuran muchas maldiciones, incluso algunas prescritas por Dios mismo.
Una de las más curiosas es la que sigue: "(el sacerdote conjurará a la mujer con juramento de maldición, y dirá a la mujer): Jehová te haga maldición y execración en medio de tu pueblo, haciendo Jehová que tu muslo caiga y que tu vientre se hinche; y estas aguas que dan maldición entren en tus entrañas, y hagan hinchar tu vientre y caer tu muslo. Y la mujer dirá: Amén, amén. El sacerdote escribirá estas maldiciones en un libro, y las borrará con las aguas amargas" Números 5:21-23
Estas palabras parecen ser nada más que una fórmula preparada para asustar a las personas. Pero no está de acuerdo con el carácter del Dios revelado en las Escrituras someter a las personas por el temor. El espera de sus hijos un servicio amante y voluntario.
¿Qué sentido tienen las maldiciones entonces?

Las maldiciones bíblicas deben entenderse a la luz del resto de la revelación bíblica, que muestra al Señor profundamente interesado en el bienestar y la salvación del ser humano y que tiene para con él un propósito de amor. Por otro lado, la existencia del pecado y de la obra de Satanás para arruinar la creación de Dios son la realidad contrapuesta, ambas claramente presentadas en su Palabra.
Toda maldición dada por Dios tiene estas características:
  • Es descriptiva. No muestra un mal deseo de Dios hacia nosotros, sino los resultados del pecado en la naturaleza y en el ser humano.
  • Es preventiva. Presenta por contraste con las bendiciones de la obediencia, su deseo de que sus hijos se aparten del mal (ver Deut. 27 y 28)
  • Es admonitoria. Busca despertarnos por medio de advertencias y llevarnos al arrepentimiento, cumpliendo así su propósito de redención.
En las maldiciones registradas en Génesis 3 tras la caída del hombre en el Edén, se deja ver que Dios no maldijo a Adán y Eva, sino a la tierra y a los demás seres vivientes (serpiente incluida). El deterioro que iba a causar el pecado en el mundo natural trastornando la ecología, la fractura de las relaciones humanas y la degradación de cuerpo y mente que desembocan en la muerte, se describen aquí con meridiana y terrible claridad.
Al maldecir ciertas conductas, el Señor nos indica el camino que desea que sigamos: "Así ha dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová". Jeremías 17:5
Él espera que confiemos en su misericordia, no en nosotros mismos o en otro ser humano. La auto confianza es perniciosa, poner la fe en el poder o el esfuerzo humanos es un engaño colosal. Nada hay tan irremediable como dejar de confiar en Dios y fiarnos en nuestro insensato orgullo.
Fue este pecado el que hizo caer a Satanás, el que llevó a David a pecar con Betsabé, el que condujo a Pedro a negar tres veces a su Señor. Lo mismo sucede con cada ser humano, llevándolo ciegamente al abismo de la perdición.
Por último, al maldecir, nuestro Señor espera que su pueblo despierte de su modorra espiritual y trabaje para su causa.
"Maldecid a Meroz, dijo el ángel de Jehová;
Maldecid severamente a sus moradores,
Porque no vinieron al socorro de Jehová,
Al socorro de Jehová contra los fuertes. " Jueces 5:23
En momentos en que Israel era llamado a combatir al lado de Débora y Barac contra los cananeos, un pueblo rechazó la convocatoria y fue maldecido proféticamente, como advertencia para todo creyente.
Encontré esta cita relativa a ese incidente: "Ningún otro versículo del libro de los jueces constituye una advertencia tan severa a los miembros de la iglesia actual como éste en que se maldice a los que en un tiempo de crisis se niegan a colaborar. Frente a una tremenda necesidad de obreros, muchos profesos cristianos se conforman con seguir su conducta tranquila y egoísta, sin ayudar a la iglesia de Dios en su lucha contra Satanás. Dicen que la obra de la iglesia debe ser realizada por los ministros, y no aceptan ellos mismos ninguna responsabilidad. La maldición de Meroz recae sobre esos cristianos infieles a menos que abandonen su espíritu apático". (Comentario Bíblico Adventista sobre Jueces 5:23)
Las maldiciones, así como las bendiciones son acarreadas por nuestras decisiones. Son el fruto de nuestra conducta y de nuestras elecciones. Esto, aunque no le impidió hacerlo, lo entendió muy bien Jacob cuando su madre lo impulsó a engañar a su padre, diciendo: "Quizá me palpará mi padre, y me tendrá por burlador, y traeré sobre mí maldición y no bendición". Génesis 27:12
Dios espera que la iglesia despierte a su sagrada comisión, que cada uno haga la parte que le corresponde en advertir a un mundo que perece de la cercanía del advenimiento del Salvador, de la culminación del juicio y del tiempo de gracia para los hombres.
¡No atraigas sobre tí mismo la maldición!

viernes, 18 de septiembre de 2009

Los que temen al Señor

Retomando una entrada anterior sobre el temor de Dios, comprendo que éste no puede ser generado meramente por una comprensión intelectual de su admirable naturaleza y su extraordinario poder, sino mediante una experiencia personal con el Señor.
Inútiles han sido y serán las más conmovedoras predicaciones, los más fervientes llamados, las bellas descripciones que surjan de la viva imaginación de escritores y poetas, incluso inútil será también para conmovernos la más excelsa música de mil coros de voces celestiales.
Los que temen al Señor lo hacen bajo la influencia del Espíritu Santo, como se ve en la siguiente cita: "Juan el Bautista durante su vida en el desierto aprendió de Dios. Estudiaba las revelaciones de Dios en la naturaleza. Bajo la dirección del Espíritu divino, estudiaba los rollos de los profetas. De día y noche estudiaba a Cristo; él era su meditación; hasta que su mente, su corazón y su alma estaban llenos de la gloriosa visión. Contemplaba al Rey en su hermosura, y perdía de vista al yo. Consideraba la majestad de la santidad, y reconocía su incapacidad e indignidad. Debía anunciar el mensaje de Dios. Debía permanecer de pie con el poder y la justicia de Dios. Estaba listo para salir como mensajero del Cielo, impávido frente a los hombres, porque había contemplado al Divino. Podía comparecer sin temor frente a los monarcas terrenales, porque se había inclinado tembloroso ante el Rey de reyes". ¡Maranata: El Señor Viene! Pag.114
Necesitamos beber de la misma fuente de la que bebía el Bautista, alimentarnos de la misma visión hasta perder de vista el yo, hasta que Él lo llene todo y de nosotros no quede nada. Esta es la única manera en que alcanzaremos una adecuada comprensión de su gloria y se produzca en nosotros un temor reverente que mueva a la acción.
Debemos orar fervientemente cada día, meditar constantemente en Él y afirmarnos con firmeza en la Palabra de Dios. Entonces el temor del hombre no motivará nuestras acciones ni frenará nuestro caminar en el Señor, sino que lo hará su ley escrita en nuestros corazones.
"Escúchenme, ustedes que conocen lo que es recto; pueblo que lleva mi ley en su corazón: No teman el reproche de los hombres, ni se desalienten por sus insultos". Isaías 51,7 NVI
Sin embargo, la experiencia personal y la evidencia bíblica nos dicen en forma categórica que somos remisos a cambiar. No lo hemos hecho en los últimos seis mil años y no lo haremos en ningún futuro próximo. La humanidad en general fue hallada desprevenida ante los acontecimientos culminantes de la historia de la salvación, aunque fueran anticipados por el Señor. Valgan como ejemplo el Diluvio en los días de Noé, la destrucción de Sodoma, el cautiverio de Israel en Babilonia y el nacimiento de Cristo, que, aunque anunciados, hallaron a la mayoría de los hombres sin preparación para afrontarlos. Generalmente estos sucesos cayeron sobre sus protagonistas con la fuerza de una sorpresa abrumadora, como "ladrón en la noche".
¿Cómo despertaremos a esta realidad? No lo haremos solos, porque las inteligencias celestiales están trabajando con todos los medios a su disposición para despertar las conciencias y en tanto cooperemos con ellas, estaremos despiertos. Nada, ni voces o lazos terrenales, ni influencias humanas o angélicas, ni acontecimientos históricos ni la conmoción de los elementos naturales se escatiman a fin de despertarnos.
Pero si esto no sucede, si seguimos en la indolencia, "Dios despertará a sus hijos; si otros medios fracasan, se levantarán herejías entre ellos, que los zarandearán, separando el tamo del trigo. El Señor invita a todos los que creen su Palabra a que despierten. Ha llegado una luz preciosa, apropiada para este tiempo. . . Los creyentes no han de confiar en suposiciones e ideas mal definidas de lo que constituye la verdad. Su fe debe estar firmemente basada en la Palabra de Dios, de manera que cuando llegue el tiempo de prueba, y sean llevados ante concilios para responder por su fe, puedan dar razón de la esperanza que hay en ellos, con mansedumbre y temor". ¡Maranata: El Señor Viene! Pag. 43
Si no nos despertamos, Dios lo hará, pero si no nos preparamos personalmente, nada ni nadie podrá compensar nuestra falta de preparación.
¿Cuál es entonces nuestra tarea para hoy?
Es hora de levantarnos del sueño. Y los que queremos estar despiertos, debemos cumplir el sagrado cometido de ayudar a otros a despertar. y estár listos. "Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero; y Jehová escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre. Y serán para mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos, en el día en que yo actúe; y los perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le sirve. Entonces os volveréis, y discerniréis la diferencia entre el justo y el malo, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve". Malaquías 3:16-18
Cuando el Señor sacuda a su pueblo para despertarlo, se dará el certero y definitivo toque de trompeta, anunciando el fin; ya no habrá dudas, descuidos ni vacilaciones para proclamarlo, porque el temor de Dios será una experiencia viva entre sus verdaderos hijos.
El evento de los siglos será entonces una realidad gozosa para quienes lo esperan. Pronto se cumplirá con poder y gloria incontenibles lo que está escrito: "Vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo, diciendo a gran voz: Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas". Apocalipsis 14:6,7

sábado, 12 de septiembre de 2009

Una de las peores historias de la Biblia

Hay algunas historias que a criterio humano, no deberían formar parte del libro sagrado. Historias terriblemente sórdidas, sangrientas y desgraciadas, de una maldad increíble o de un desenfreno total. Al leerlas, uno se pregunta: -¿y esto por qué figura en la Escritura?-
Sin embargo están allí para enseñarnos lecciones valiosas. Ninguna carece de sentido o fue puesta para hacernos dudar del amor de Dios.
Comparto entonces lo que me resulta una de las peores historias de la Biblia, no por derramamiento de sangre o perversidad sexual, sino por ser una muestra de la total pérdida de referencias espirituales.
"En la región montañosa de Efraín había un hombre llamado Micaías, quien le dijo a su madre: —Con respecto a las mil cien monedas de plata que te robaron y sobre las cuales te oí pronunciar una maldición, yo tengo esa plata; yo te la robé. Su madre le dijo: —¡Que el Señor te bendiga, hijo mío! Cuando Micaías le devolvió a su madre las mil cien monedas de plata, ella dijo: —Solemnemente consagro mi plata al Señor para que mi hijo haga una imagen tallada y un ídolo de fundición. Ahora pues, te la devuelvo. Cuando él le devolvió la plata a su madre, ella tomó doscientas monedas de plata y se las dio a un platero, quien hizo con ellas una imagen tallada y un ídolo de fundición, que fueron puestos en la casa de Micaías. Este Micaías tenía un santuario. Hizo un efod y algunos ídolos domésticos, y consagró a uno de sus hijos como sacerdote. En aquella época no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía mejor. Un joven levita de Belén de Judá, que era forastero y de la tribu de Judá,salió de aquella ciudad en busca de algún otro lugar donde vivir.
En el curso de su viaje llegó a la casa de Micaías en la región
montañosa de Efraín
—¿De dónde vienes? —le preguntó Micaías. —Soy levita, de Belén de Judá —contestó él—, y estoy buscando un lugar donde vivir. —Vive conmigo —le propuso Micaías—, y sé mi padre y sacerdote; yo te daré diez monedas de plata al año, además de ropa y comida. El joven levita aceptó quedarse a vivir con él, y fue para Micaías como uno de sus hijos. Luego Micaías invistió al levita, y así el joven se convirtió en su sacerdote y vivió en su casa. Y Micaías dijo: 'Ahora sé que el Señor me hará prosperar, porque tengo a un levita como sacerdote'. ". Jueces 17:1-12 NVI
Pero la historia no acaba aquí. Un grupo armado de la tribu de Dan, compuesto por más de 600 hombres que buscaba un lugar "más fácil" para conquistar que el que se les había asignado, pasó por allí y viendo el santuario de Micaías y su sacerdote resolvieron despojarlo.
"Entrando, pues, aquéllos en la casa de Micaía, tomaron la imagen de talla, el efod, los terafines y la imagen de fundición. Y el sacerdote les dijo: ¿Qué hacéis vosotros? Y ellos le respondieron: Calla... y vente con nosotros, para que seas nuestro padre y sacerdote. ¿Es mejor que seas tú sacerdote en casa de un solo hombre, que de una tribu y familia de Israel? Y se alegró el corazón del sacerdote, el cual tomó el efod y los terafines y la imagen, y se fue en medio del pueblo".
Jueces 18:18-20
¡Hasta qué punto se puede perder la brújula moral!
Repetidamente el libro de Jueces repite que "cada uno hacía lo que le parecía mejor"; lo cual resultaba siempre en "mejorar" en el pecado, en mayor degradación y mayor apostasía.
Resumiendo:
  • Micaías le roba a su madre.
  • Devuelve lo robado porque era para un "buen" propósito.
  • Su madre lo bendice y fabrica con el dinero ídolos e imágenes.
  • Micaías le agrega elementos de culto y funda su propio santuario y consagra su propio sacerdote.
  • Recibe a un levita vagabundo que había abandonado su ciudad asignada y lo hace sacerdote.
  • Este se vende por unas monedas, ropa y comida.
  • ¡Entonces Micaías cree que Dios lo bendecirá por eso!
  • Un grupo de danitas planea apoderarse de Lais, una ciudad indefensa.
  • Piensan que sería bueno para ello contar con "respaldo religioso".
  • Los hombres de Dan roban sin culpa ni vergüenza lo que había en la casa de Micaías.
  • El sacerdote desagradecido "se alegra" de pasar a formar parte de una banda de ladrones.
Nadie pensó en hacer lo correcto, nadie buscó hacer lo bueno ni cuestionó el mal; no hay parámetros morales en ninguna parte del relato.
Solo contaban la conveniencia personal y la comodidad egoísta.
Ojo que estos, no hay que olvidarlo, eran el pueblo de Dios.
Cuando las tribus se establecieron en la tierra prometida, dejaron de depender del poder divino y se atuvieron a sus propios esfuerzos, fracasando por completo y cayendo en una espiral de indolencia, idolatría y mundanalidad que los llevó al borde de la aniquilación como nación.
¿Qué los llevó a esta condición? Porque es grave y casi sin esperanza.
La respuesta es simple. Olvidando a Dios.
¿Nos puede estar pasando lo mismo?
Cuando en nuestros planes Él no figura, cuando el yo es preponderante y únicamente buscamos la satisfacción de nuestros deseos, cuando el esfuerzo humano se halla en la base de lo que hacemos, por más que argumentemos y adornemos nuestras palabras, el resultado será nefasto e irá siempre en curva descendente hacia la destrucción.
Cuando tomamos nuestras decisiones sin tenerlo en cuenta, aunque creamos que estamos a su servicio, solo nos alejamos de Él. Y lo peor es que cuando lo hacemos, buscando insensatamente "cobertura espiritual", ¡hasta le pedimos que nos bendiga en nuestras empresas!
La senda de la perdición no se recorre a saltos, se avanza en ella dando un pequeño paso a la vez. Cuando adelantamos un solo pie en la dirección incorrecta, toda nuestra vida toma ese rumbo. Y a la elección sigue el inevitable resultado (ver Gálatas 6:7).
Debemos ser cuidadosos en lo que escogemos. Frecuentemente se oye decir entre el pueblo de Dios -¿qué importancia tiene esto o aquello?- sin advertir el relativismo moral que implica la afirmación, ni la dirección en que nos llevarán nuestras decisiones.
Me resulta también sin sentido la afirmación de algunos que dicen: "yo soy adventista/cristiano de cuna"; porque entiendo que llegamos a ser hijos de Dios por medio de una elección consciente, constante y madura en respuesta al llamado del Espíritu del Señor y no por abolengo.
Por nuestra propia seguridad no debemos confiar en lo que ya logramos ni llegar a ser una iglesia de tradiciones, más bien tenemos que ser una iglesia que revise constantemente su brújula espiritual y busque decididamente rendirse a Dios de corazón.
Cada generación del pueblo de Dios que se levanta debe revalidar sus credenciales. Cada joven, niño o adulto debe a cada paso decidir a quien servir individualmente para que el conjunto lo haga con éxito. Nuestro Salvador espera ansiosamente por ello.
Respondamos hoy afirmativamente a las palabras del himno:

¿Quién está por Cristo? ¿Quién le servirá?
A salvar a otros ¿quién le ayudará?
¿Quién dejando el mundo, contra el error
luchará por siempre al lado del Señor?

(Himnario Adventista Nº 363)