martes, 8 de marzo de 2011

PEQUEÑECES

“De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos”. (Mateo 5:19)
Lot había ido progresivamente acercándose a Sodoma, hasta que se quedó a vivir allí.
Aunque no aprobaba la maldad del lugar en que vivía, poco a poco se fue acostumbrando a su modo de vida idólatra y mundano. Las comodidades de la impía ciudad superaban en mucho a la sacrificada vida rural que antes llevaba.
Cuando los ángeles aparecieron con su mensaje, dudó en dejar su casa y sus posesiones. Su vacilación casi le cuesta su vida y la de los suyos. Los ángeles tuvieron que llevarlos arrastrando para poder salvar la vida del patriarca y su familia.
“Y cuando los hubieron llevado fuera, dijeron: Escapa por tu vida; no mires tras ti, ni pares en toda esta llanura; escapa al monte, no sea que perezcas. Pero Lot les dijo: No, yo os ruego, señores míos. He aquí ahora ha hallado vuestro siervo gracia en vuestros ojos, y habéis engrandecido vuestra misericordia que habéis hecho conmigo dándome la vida; mas yo no podré escapar al monte, no sea que me alcance el mal, y muera. He aquí ahora esta ciudad está cerca para huir allá, la cual es pequeña; dejadme escapar ahora allá (¿no es ella pequeña?), y salvaré mi vida”. (Génesis 19:17-20)
La seducción del pecado es tal que hasta nos cuesta abandonar un modo de vida que nos está destruyendo. Hipnotizados por sus encantos, miles resisten la invitación de Cristo a escapar por sus vidas de la malignidad del pecado.
También como en el caso de Lot, clasificamos los mandatos de Dios en grandes y pequeños.
Cuando él finalmente estuvo dispuesto a escapar de Sodoma, negoció con el Señor para ir a una ciudad más pequeña (allí los pecados ¿serían mas pequeños?).
Le parecía que aún podría obtener lo mejor de dos mundos. Alcanzar la salvación sin dejar de gozar de las comodidades y placeres a los que se había acostumbrado. Este es un triste error que muchos cometen.
Tendemos a clasificar las cosas en orden de importancia y eso está bien. Pero en cuanto a los mandatos de Dios no existen cosas grandes y pequeñas.
Por lo general, la mayoría de los cristianos no caemos en el pecado grosero y repudiable en que caen los mundanos. Pero somos atrapados con frecuencia por las cosas pequeñas, por los pecados “chiquititos” que solemos resguardar en el ámbito privado.
¡Y cuidado que alguien diga algo respecto a ellos! Enseguida lo tildamos de fanático legalista.
Los cristianos que son escrupulosos tienden a ser vistos por los demás como personas ingenuas, débiles o faltas de experiencia. Se ven estos a sí mismos como “más equilibrados” al descartar lo que consideran simples detalles sin importancia.
Aunque todos repudien la conducta de un violador, son pocos los que tienen reparos en mirar las mismas obscenidades en la la pantalla del televisor.
Razonamos que está mal cometer un robo seguido de asesinato y condenamos al que los comete; pero participamos de chismes, robando el honor y matando la reputación de nuestros hermanos.
¿Ha escuchado alguna vez?:
  • ¿Qué tiene de malo hacer ...?
  • ¿Por qué no se puede...?
  • No hay que ser tan fanático en algo sin importancia...
  • Lo hice solamente una vez...
Estos argumentos son los argumentos de Lot.
Demuestran que estamos tan familiarizados con el pecado que despreciamos las órdenes directas de Dios. Le dicen a los demás (y al universo entero), que no estamos en verdad dispuestos a dejarlo todo por Jesús.
Lo peor es que nos engañamos a nosotros mismos con ellos. Quedamos satisfechos con obedecer parcialmente los mandatos divinos, y nos hacemos pequeños en el reino de los cielos.
Cuando alguien sin experiencia se pierde en la selva, su temor principal es ser atacado por grandes fieras como los tigres. Pero en realidad corre más peligro -mucho más real y concreto- de ser atacado por pequeños animales (mosquitos, moscas, arañas, hormigas, etc.) que pueden acabar con su vida tan ciertamente como los grandes felinos.
Deberíamos temer las cosas pequeñas.
Los pecados “menores”, las pequeñas transgresiones, ceder a un pequeño defecto de carácter, a los vicios pequeños, o las pequeñas concesiones que hacemos al mal.
Apartarnos en lo más mínimo de la voluntad divina es muy peligroso. No nos toca a nosotros seleccionar que hemos de obedecer y que no.
Sigamos el ejemplo de Samuel, de quién la Biblia dice:
“Y Samuel creció, y Jehová estaba con él, y no dejó caer a tierra ninguna de sus palabras” (1 Samuel 3:19)

lunes, 7 de marzo de 2011

LÍDERES CONSAGRADOS

Una de las grandes carencias de la iglesia en la actualidad es la falta de dirigentes que ejerzan un liderazgo consagrado.
En los días apóstólicos -y aún antes-, los líderes eran elegidos por el testimonio que daba el Espíritu Santo. Hombres en quienes se veía la obra interna de la gracia, y que eran ejemplos de humildad y consagración. Se los elegía mediante ferviente oración y ayuno y con el concurso de toda la congregación.
Avanzando el tiempo, a la muerte de los apóstoles, los que eran movidos por el Espíritu fueron reemplazados por los “profesionales de la religión”, y la iglesia entró en su edad más triste.
La apostasía ganó terreno, y progresivamente, los líderes dejaron de ser nombrados por su consagración y lo fueron en base a su preparación teológica, su prestigio social o incluso por su fortuna.
No quiero decir con esto que esté mal tener conocimientos de teología; no me malentiendan. No digo que se deje de preparar a nuestros pastores. Hacen falta líderes bien capacitados para enfrentar los retos de esta época moderna. No debe haber improvisados liderando la iglesia, ni podemos dar al mundo la impresión de que somos un grupo de ignorantes dirigidos por otros ignorantes.
Simplemente describo una realidad palpable.
Tenemos seminarios, colegios y universidades que conceden grados y posgrados teológicos; se puede alcanzar en ellos un elevado grado de conocimiento, tal como nunca se dio en la historia de la iglesia.
Pero tenemos pocos Elías, Pablos o Bernabés. No se ofrecen entre las carreras teológicas doctorados “del Espíritu” ni vemos graduados “summa cum laude” de Humildad, Entrega o Consagración.
Los resultados están a la vista.
Corremos mucho y no llegamos a la meta. Se trabaja demasiado, al límite de las fuerzas, pero no se alcanzan a cubrir las necesidades de la gente. Muchos dirigentes están trabajando hasta el agotamiento para llevar adelante programas espectaculares, costosos y abarcantes a nivel mundial, pero los frutos, los verdaderos frutos, son escasos y efímeros.
¿Por qué esto es así?
Porque es muy fácil ocuparse de lo tangencial y olvidarse de lo esencial, del Poder que otorga sus verdaderas credenciales a los ministros del evangelio:
“El transcurso del tiempo no ha cambiado en nada la promesa de despedida de Cristo de enviar el Espíritu Santo como su representante. No es por causa de alguna restricción de parte de Dios por lo que las riquezas de su gracia no fluyen a los hombres sobre la tierra. Si la promesa no se cumple como debiera, se debe a que no es apreciada debidamente. Si todos lo quisieran, todos serían llenados del Espíritu. Dondequiera la necesidad del Espíritu Santo sea un asunto en el cual se piense poco, se ve sequía espiritual, obscuridad espiritual, decadencia y muerte espirituales. Cuandoquiera los asuntos menores ocupen la atención, el poder divino que se necesita para el crecimiento y la prosperidad de la iglesia, y que traería todas las demás bendiciones en su estela, falta, aunque se ofrece en infinita plenitud”. Hechos de los Apóstoles pág. 50
Vendría bien examinar un ejemplo bíblico de líder consagrado.
Al llegar a ser rey, Ezequías encabezó una profunda reforma en Israel, restaurando el servicio del templo, haciendo volver a sus labores a los levitas y eliminando los ídolos y la idolatría de Israel.
Como en cada ocasión en que ocurre un reavivamiento, Satanás está atento para causar dificultades. Las noticias de la inminente invasión asiria parecían asestar un golpe mortal al despertar espiritual de los judíos, que no estaban en condiciones de resistir a tan poderoso enemigo.
El registro sagrado dice entonces lo siguiente acerca de las acciones del consagrado rey:
“Después de estas cosas y de esta fidelidad, vino Senaquerib rey de los asirios e invadió a Judá, y acampó contra las ciudades fortificadas, con la intención de conquistarlas. Viendo, pues, Ezequías la venida de Senaquerib, y su intención de combatir a Jerusalén, tuvo consejo con sus príncipes y con sus hombres valientes, para cegar las fuentes de agua que estaban fuera de la ciudad; y ellos le apoyaron. Entonces se reunió mucho pueblo, y cegaron todas las fuentes, y el arroyo que corría a través del territorio, diciendo: ¿Por qué han de hallar los reyes de Asiria muchas aguas cuando vengan? Después con ánimo resuelto edificó Ezequías todos los muros caídos, e hizo alzar las torres, y otro muro por fuera; fortificó además a Milo en la ciudad de David, y también hizo muchas espadas y escudos. Y puso capitanes de guerra sobre el pueblo, y los hizo reunir en la plaza de la puerta de la ciudad, y habló al corazón de ellos, diciendo: Esforzaos y animaos; no temáis, ni tengáis miedo del rey de Asiria, ni de toda la multitud que con él viene; porque más hay con nosotros que con él. Con él está el brazo de carne, mas con nosotros está Jehová nuestro Dios para ayudarnos y pelear nuestras batallas. Y el pueblo tuvo confianza en las palabras de Ezequías rey de Judá”. (2ª Crónicas 32:1-8)
Aparecen en este relato las características que debiera tener un líder movido por el Espíritu Santo:
  • Busca el consejo de hombres de probada experiencia y valor
  • Consigue el apoyo de los demás, no trabaja solo
  • Da el ejemplo, trabajando junto a sus seguidores
  • Muestra una voluntad resuelta
  • Es diligente en tomar las precauciones necesarias
  • Capacita y prepara a los demás
  • Alienta y motiva a su gente
  • Reconoce la necesidad de confiar en Dios
  • Da evidencias de que se apoya en el poder divino
  • Gana la confianza de los suyos
Necesitamos más líderes como Ezequías, Elías o Juan el Bautista; nos hacen falta urgente Pablos y Pedros; y no los conseguiremos en los clasificados del periódico o por la sola acumulación de grados universitarios.
La iglesia languidece hoy por falta de esa clase de liderazgo. Líderes, en fin, que muevan al pueblo a pelear las batallas del Señor, con la inquebrantable confianza de que “con nosotros está Jehová nuestro Dios para ayudarnos y pelear nuestras batallas”.

domingo, 6 de marzo de 2011

FIDELIDAD EXTREMA (10 de 10)

Sadrac, Mesac y Abed-nego

“Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” (Mateo 28:20)
El profesor de música me miró y me dijo:
- Si usted no puede venir ese día es asunto suyo. Los ensayos de coro son los sábados, y si no viene, no aprobará la materia.
Me hallaba cursando el último año de mi carrera docente -que comencé bien tarde- y en ese momento estaba sin trabajo y con muchas pruebas. Ya había cambiado al turno de la tarde para evitar los viernes de noche. Me retiraba antes de la puesta de sol ese día -¡en horario de ese mismo profesor!- y ahora me enfrentaba a una situación complicada.
¿Qué haría?
Como creo en la vigencia del mandamiento que ordena reposar el sábado, entendí que no necesitaba hacer otra cosa que obedecer a mi conciencia y dejar los resultados a Dios.
¿Cómo resolvería mi Dios esta angustiosa situación?
Con una maravillosa cadena de circunstancias a mi favor.
Lo cierto es que terminé la carrera con las mejores notas de mi promoción ¡y con un 9,66 de promedio en Música! 
También desarrollé con el tiempo una relación de amistad y mutuo respeto con aquel profesor. Mi Señor Jesús no me abandonó y pude salir adelante.
Aunque deba decir que tuve que esforzarme más que el resto, asistiendo a prácticas en otros cursos para compensar, no me otorgo crédito. Fue mi Dios quien allanó el camino; puesto que, en lo relativo a cantar, tengo mala voz y peor oído.
Esta pequeña experiencia fue para mí el cumplimiento de Su promesa. Lo mismo ha hecho y hará siempre por cada uno de sus hijos que desean ser fieles.
¿Por qué finalizar esta serie con los tres jóvenes hebreos que fueron echados en el horno de fuego? (ver Daniel 3)
Porque son un tipo de la experiencia de los fieles que vivirán en el tiempo final.
Al ser confrontados con la opción de someterse o morir, Sadrac y sus compañeros resolvieron simplemente lo que siempre habían resuelto: serían leales al Señor sin importar las consecuencias.
La respuesta que ofrecieron al rey Nabucodonosor contenía tres palabras extraordinarias, carentes de toda duda: “y si no” (ver Daniel 3:17,18).
Pase lo que pase, decida lo que decida, cueste lo que cueste -afirmaron-, no lo negaremos.
No había tozudez, fanatismo ni presunción en su respuesta. Solamente fe, fe heroica, gloriosa y sin fisuras.
Su determinación se agiganta cuando pensamos que en aquella llanura, frente al colosal ídolo, se encontraban muchos de sus compatriotas.
¿Que pasó con el resto de los judíos que estaba presente? ¿Por qué solo estos tres estaban de pie?
La mayoría había claudicado y estaba de rodillas.
Así será también en el tiempo del fin. La mayoría de los cristianos preferirá adorar a la “imagen de la bestia” (Apocalipsis 13:14 -17), prefiriendo renunciar a sus principios antes que soportar aflicciones.
Pero por difícil que sea la situación no necesitamos desesperar, pues como dice en esta cita: “Como en los días de Sadrach, Mesach y Abed-nego, en el período final de la historia de esta tierra, el Señor obrará poderosamente en favor de aquellos que se mantengan firmemente por lo recto. El que anduvo con los notables hebreos en el horno de fuego acompañará a sus seguidores dondequiera que estén. Su presencia constante los consolará y sostendrá. En medio del tiempo de angustia cual nunca hubo desde que fue nación, sus escogidos permanecerán inconmovibles. Satanás, con toda la hueste del mal, no puede destruir al más débil de los santos de Dios. Los protegerán ángeles excelsos en fortaleza, y Jehová se revelará en su favor como "Dios de dioses," que puede salvar hasta lo sumo a los que ponen su confianza en él”.  (Profetas y Reyes Página 513)
Sadrac, Mesac y Abed-nego no eran fanáticos desequilibrados; sino hombres de lealtad indivisa, que supieron ver la diferencia entre el bien y el mal, decidiendo antes morir por su fe que transigir. La misma fe, valentía y determinación de aquellos jovencitos tendrá que ser nuestra. El mismo Dios que los sostuvo nos sostendrá también.
Tengamos presente que: “El tiempo de angustia que espera al pueblo de Dios requerirá una fe inquebrantable. Sus hijos deberán dejar manifiesto que él es el único objeto de su adoración, y que por ninguna consideración, ni siquiera de la vida misma, pueden ser inducidos a hacer la menor concesión a un culto falso. Para el corazón leal, los mandamientos de hombres pecaminosos y finitos son insignificantes frente a la Palabra del Dios eterno. Obedecerán a la verdad aunque el resultado haya de ser encarcelamiento, destierro o muerte”. (Profetas y Reyes Página 512)
El resultado no se dejó esperar. La poderosa intervención divina fue un testimonio espectacular de que es “poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:18), y el Señor mismo se manifestó entre ellos: “Y estos tres varones, Sadrac, Mesac y Abed-nego, cayeron atados dentro del horno de fuego ardiendo. Entonces el rey Nabucodonosor se espantó, y se levantó apresuradamente y dijo a los de su consejo: ¿No echaron a tres varones atados dentro del fuego? Ellos respondieron al rey: Es verdad, oh rey. Y él dijo: He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses”. (Daniel 3:23-25)
Dios honró la fe de estos muchachos; honrará también la nuestra, si decidimos hoy que nada nos apartará de Aquel que no se aparta de sus hijos fieles.

viernes, 4 de marzo de 2011

FIDELIDAD EXTREMA (9 de 10)

PABLO SUPO ELEGIR:
“Sin embargo, todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo y encontrarme unido a él. No quiero mi propia justicia que procede de la ley, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe”.  (Filipenses 3:7-10) NVI
-No estoy seguro de que lo consiga...
- Me parece muy difícil dejar de lado lo que siempre creí...
-Nunca podré dejar de...
Me he encontrado muy seguido con personas que al estudiar la Biblia llegaron a convencerse de sus verdades pero que no se animaron a obedecerlas; ya sea por miedo a la opinión de sus familiares, o por la posibilidad de perder el trabajo, o porque no podían abandonar algún vicio, o por alguna otra causa similar.
La elección de Pablo es notabilísima. Su caso se constituyó en un poderoso ejemplo de entrega incondicional a un objetivo superior.
Desde que el pecado entró en el mundo, la gente le teme al compromiso. Muchos titubean en seguir a Cristo porque les parece un sacrificio demasiado grande, o por ver sus demandas como demasiado exigentes.
Él, sin embargo, hizo un balance de pérdidas y ganancias y resolvió que el “incomparable valor de conocer a Cristo” era más importante que cualquier otra cosa.
Habiendo sido un judío ferviente, legalista consumado como todo fariseo, con un porvenir brillante. Teniendo a la vista poder, fama, riquezas y honores, lo abandonó todo y calificó sus antiguos privilegios de “estiércol” o “basura” en comparación con el conocimiento de Cristo.
¿Congeniaría Pablo con los que hoy predican el "evangelio de la prosperidad"? Seguro que no.
Completamente dominado por el nuevo propósito que encontró camino a Damasco, no vaciló en sacrificar todo lo que tenía y en dejar atrás su antigua vida.
No le importó ser incomprendido, ridiculizado, odiado y perseguido por los que antes habían sido sus amigos, compañeros o admiradores. Únicamente le interesaba la aceptación del Señor.
Tan completa fue su entrega que llegó a considerar un privilegio sufrir por Jesús. Cuando lo azotaban o apedreaban, cantaba; cuando lo echaban a la cárcel, convertía gente; si pasaba hambre o tenía que soportar incomodidades, lo hacía con gozo. De tal manera se había perdido de vista a sí mismo y a su antigua vida, que todo lo que veía era a Cristo.
Para él compartir el evangelio no era una opción sino una obligación. Veía en cada persona con quien se relacionaba un candidato para el reino de los cielos. Por eso le toco llevar el mensaje de salvación a donde ningún otro podría haber llegado.
¿Cómo llegó a tomar una decisión tan extrema?
Para tomar una resolución de este tipo no sirven las motivaciones baratas del estilo de: “el poder está en tí”, o “puedes ser lo que quieras con tan solo proponértelo”. No nos engañemos, hace falta mucho más que eso para llegar a ser como el apóstol.
Porque su compromiso solo puede calificarse con palabras como completo, drástico, absoluto, inapelable y contundente. Nada de medias tintas.
Pero -dirán algunos-, yo no soy así, no voy a poder hacerlo; traté muchas veces y siempre fracasé...
La cita siguiente puede ayudar a quienes piensan que les falta fuerza de voluntad para abandonar alguna cosa o relación que les aparta del Señor:
“Todas las cosas dependen de la correcta acción de la voluntad. Dios ha dado a los hombres el poder de elegir; depende de ellos el ejercerlo. No podéis cambiar vuestro corazón, ni dar por vosotros mismos sus afectos a Dios; pero podéis elegir servirle. Podéis darle vuestra voluntad, para que él obre en vosotros, tanto el querer como el hacer, según su voluntad. De ese modo vuestra naturaleza entera estará bajo el dominio del Espíritu de Cristo, vuestros afectos se concentrarán en él y vuestros pensamientos se pondrán en armonía con él”. (El Camino a Cristo pág. 47)
No se trata entonces de falta de fuerza de voluntad sino de falta de decisión.
De hecho, desde que Adán cayó, todos hemos perdido la capacidad de buscar a Dios o de responder a su llamado. No existen en nosotros tendencias hacia el bien sino hacia el mal, lo que nos hace completamente impotentes para tomar resoluciones firmes. Para cambiar necesitamos ayuda de lo alto; pero para recibirla, debemos elegir someternos a la guía del Espíritu. Cuando al igual que Pablo juguemos nuestra suerte con el Señor, encontraremos el poder necesario para vencer, tal como afirma lo que transcribo a continuación:
“Mediante el debido uso de la voluntad, cambiará enteramente la conducta. Al someter nuestra voluntad a Cristo, nos aliamos con el poder divino. Recibimos fuerza de lo alto para mantenernos firmes. Una vida pura y noble, de victoria sobre nuestros apetitos y pasiones, es posible para todo el que une su débil y vacilante voluntad a la omnipotente e invariable voluntad de Dios” (El Ministerio de Curación, pág. 132).
El plan divino es sencillo: unir nuestra debilidad a su fortaleza, nuestra impotencia a su poder, nuestra incapacidad a su victoria, nuestra inconstancia a su fidelidad. Si deseamos ser vencedores, recordemos que se espera de nosotros la misma decisión que se requirió de Pablo; el cual al testificar acerca de su llamado, afirmó: “no fui rebelde a la visión celestial” (Hechos 26:19).
¿Qué eliges?

martes, 1 de marzo de 2011

FIDELIDAD EXTREMA (8 de 10)

Daniel el incorruptible:
"Entonces los gobernadores y sátrapas buscaban ocasión para acusar a Daniel en lo relacionado al reino; mas no podían hallar ocasión alguna o falta, porque él era fiel, y ningún vicio ni falta fue hallado en él" (Daniel 6:4).
Tengo un recuerdo imborrable de Jorge en los días de mi adolescencia.
Él vivía cerca de casa y aunque no era compañero de colegio, jugábamos juntos al básquet. Para nosotros hablaba “raro” porque venía de otra provincia, pero lo que más nos llamaba la atención de él era que no decía malas palabras como otros muchachos de su edad.
A causa de una mal entendida picardía juvenil, intentábamos por todos los medios hacerle decir palabrotas, pero por más que tratábamos, nunca logramos nuestro objetivo. Simplemente no estaba en él pronunciarlas.
Al igual que Jorge, la Biblia menciona a un joven incorruptible. Daniel fue llevado a Babilonia alrededor del año 605 a. de C. junto a otros tres muchachitos de su edad y cientos de cautivos más. Al llegar fue seleccionado para ser educado como futuro funcionario de la corte del rey Nabucodonosor. En ese momento, tomó una soberbia decisión que mantendría a lo largo de su vida, y que lo convirtió en un personaje descollante de la galería de héroes de la fe. “Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía; pidió, por tanto, al jefe de los eunucos que no se le obligase a contaminarse”. (Daniel 1:8)
Una de las características distintivas de los hombres fieles de Dios es la determinación. La firmeza de propósito necesaria para:
  • Elegir lo correcto y mantenerse en ello
  • No transigir con sus principios
  • Tomar partido por la verdad y no renunciar a ella pase lo que pase
  • Proponerse un blanco elevado y no rendirse hasta alcanzarlo
Esto es lo que hace a un vencedor. Y Daniel lo fue sobradamente.
En las crisis que se le presentaron, el profeta del exilio se mantuvo leal al Dios del cielo durante toda su vida, y no tuvo temor de confrontar al mayor monarca de sus tiempos con mensajes de reprensión y advertencia. Reveló con humildad sus sueños al rey, sin omitir la verdad por temor al castigo. Rechazó los regalos de Belsasar y predijo sin vacilar su inminente condenación.
No se dejó corromper por los honores o los placeres que le brindaba su alto cargo en la corte. Mantuvo siempre su integridad, que fue reconocida por amigos y enemigos. Sobrevivió al mandato de varios reyes y a la caída de un imperio.
Cuando el rey Darío quiso ponerlo sobre todos sus ministros, fue víctima de una conspiración para matarlo. Pero no encontraron de que culparlo porque en todo había servido con fidelidad.
La única cosa que pudieron hallar para acusarlo fue lo referente a su religión. Aún así, no dejó de orar ni a riesgo de su vida.
De tan sublime acto de fe, la Escritura dice con simpleza que al conocer el complot, abrió las ventanas de su cuarto y oró “como lo solía hacer antes” (Daniel 6:10)
¡Que un hombre sirva en el más alto cargo político sin mancha de corrupción propia o ajena, es sin duda un tremendo milagro!
Pero que su integridad le sea más valiosa que la vida, es simplemente una maravilla de la gracia divina
¡Con razón los ángeles dijeron que en el cielo él era “muy amado”! (Daniel 9:23; 10:11)
La larga vida de rectitud del profeta Daniel permanece como recordatorio de que cuando alguien se propone de corazón ser fiel a Dios, le es posible alcanzar las alturas más extraordinarias.