miércoles, 26 de mayo de 2010

DESAPRENDER

Tiempo atrás, cuando estaba cursando la secundaria tuve que aprender muchas cosas de memoria. Entre ellas recuerdo haber recitado en mis poco agradables clases de Física el siguiente concepto: "masa es la cantidad de materia que tiene un cuerpo".
Pero muchos años después compré un libro en el que decía que esta definición estaba perimida y que la masa se relacionaba con la inercia.
¿Para qué me sirvió entonces aquello que había aprendido en el colegio?
Y ésta es apenas una de las cosas que a lo largo de los años tuve que reconocer que no eran como yo pensaba.
La vida cristiana es un aprendizaje. En la Palabra de Dios encontramos a cada paso instrucciones preciosas tanto para la vida espiritual como para cada aspecto de la vida práctica. Como nuestro Señor sabe cuánto nos ha alejado el pecado del ideal que Él tiene para nosotros, consignó en la Escritura todo lo necesario "a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra". 2ª Timoteo 3:17
Sin dudas tenemos mucho que aprender, nuevos conceptos, nuevo estilo de vida, nuevo lenguaje, nuevas actividades y nuevas maneras de relacionarnos. Siempre habrá algo nuevo para aprender.
Pero la vida cristiana consiste también en desaprender. Nuestros antiguos conceptos, hábitos y modos de vida deben ser abandonados. Quizá todo lo que aprendimos y practicamos a lo largo de nuestra existencia esté viciado de nulidad y deba dejarse de lado.
Esto no es fácil, puesto que nuestros hábitos son extremadamente dificiles de desarraigar. Justamente por eso, lo aprendido aparte de la voluntad del Señor resulta un gran impedimento para avanzar en la fe.
El caso de Moisés es ilustrativo. Pasó cuarenta años aprendiendo en la corte del Faraón un estilo de vida centrado en sus propias posibilidades y llegó a ser un hombre de éxito, con más que brillantes perspectivas mundanas. Pero todo su saber y poderío adquirido en Egipto no hicieron otra cosa que aumentar su orgullo y su confianza propia.
Fue así que, al actuar por cuenta propia, recibió una dura lección. Tuvo que escapar y pasar otros cuarenta años en el desierto, ejerciendo una profesión despreciada por los egipcios, para que su yo fuera reducido a polvo.
Esteban, el mártir, lo expresó así: "Y fue enseñado Moisés en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras. Cuando hubo cumplido la edad de cuarenta años, le vino al corazón el visitar a sus hermanos, los hijos de Israel. Y al ver a uno que era maltratado, lo defendió, e hiriendo al egipcio, vengó al oprimido. Pero él pensaba que sus hermanos comprendían que Dios les daría libertad por mano suya; mas ellos no lo habían entendido así. Y al día siguiente, se presentó a unos de ellos que reñían, y los ponía en paz, diciendo: Varones, hermanos sois, ¿por qué os maltratáis el uno al otro? Entonces el que maltrataba a su prójimo le rechazó, diciendo: ¿Quién te ha puesto por gobernante y juez sobre nosotros? ¿Quieres tú matarme, como mataste ayer al egipcio? Al oír esta palabra, Moisés huyó, y vivió como extranjero en tierra de Madián, donde engendró dos hijos. Pasados cuarenta años, un ángel se le apareció en el desierto del monte Sinaí, en la llama de fuego de una zarza". Hechos 7:22-30
Desaprender es amargo y humillante porque va en contra del orgullo humano. A todos nos gusta ser maestros y nos molesta estar equivocados.
Es también muy duro pues provoca inseguridad y temor. ¿Si lo que creía no era cierto, qué cosa lo es? Es una fea sensación dudar de lo establecido y de nuestra propia capacidad.
No obstante, desaprender es parte de la experiencia cristiana. Desde que nacimos aprendimos los modos del mundo, ahora debemos desaprenderlos porque constituyen un obstáculo temible si hemos de aprender a vivir para la eternidad.
En realidad, el ego es nuestro peor enemigo, puesto que tiende a crecer indefinidamente, desplazando a Dios del trono del alma.
En muchas ocasiones he visto cómo los preconceptos impidieron en otros y en mí el progreso espiritual. Aprendí tristes lecciones de aquellos que, como Esaú, sacrificaron el cielo por algún hábito arraigado.
Pero las más amargas las aprendí en mí mismo cuando tuve que desaprender mis propios hábitos adquiridos y acariciados desde la infancia. Me costó y aún me cuesta desaprender cosas que antes de conocer al Señor me parecían deseables y legítimas, pero que en realidad quitan el gusto por Cristo y la verdad.
Esto tambíen es cierto en cuanto a la iglesia. Hay mucho que tenemos que desaprender para convivir en armonía. Me resultó particularmente atrayente esta cita: "Es necesario que nuestra unidad sea hoy de un carácter tal que soporte la prueba... Tenemos muchas lecciones que aprender, y muchísimas que desaprender. Sólo Dios y el cielo son infalibles. Se chasquearán los que creen que nunca tendrán que abandonar una opinión acariciada, que nunca se les presentará la ocasión de cambiar su punto de vista. Mientras sigamos aferrados a nuestras propias ideas y opiniones con empecinada porfía, no podemos gozar de la unidad por la cual Cristo oró". La Iglesia Remanente Página 38
Tal vez en esta vida no podamos aprender todo aquello que el Señor quiere revelarnos, pero igual se nos dará entrada en la ciudad celestial.
En cambio si no desaprendemos las lecciones que Satanás, el mundo y la carne nos enseñaron, no habrá lugar en la Nueva Jerusalén para nosotros.
Imitemos por la fe la actitud que tuvo Pablo cuando dijo: "sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado". 1 Corintios 9:26-27
Desaprendamos hoy.

martes, 25 de mayo de 2010

JAMÁS HE VISTO A DIOS








Jamás he visto a Dios, pero presiento
su mano bienhechora en mi existencia.
Cuando en la noche de mi vida siento
su clara luz brillar en mi conciencia.

Jamás he visto a Dios, pero en los astros
que resplandecen en la noche oscura,
contemplo absorto sus divinos rastros
y su estela inefable que fulgura.

¿Quién es ese que dice que no existe?
¿Quién es aquel que niega su evidencia?
¿Dudas acaso porque no le viste…?
¿O porque el necio niega su existencia…?

Me habla de Dios la brisa mañanera;
me habla de Dios el sol con sus fulgures;
me habla de Dios la dulce primavera;
me habla de Dios el valle con sus flores.

Me hablan de Dios el átomo y la célula;
me hablan de Dios el mar y la tormenta;
me hablan de Dios la hormiga y la libélula
y el pétalo de lirio que revienta.

Me hablan de Dios los gélidos rocíos;
las selvas, los volcanes, los nevados,
el grito atormentado de los ríos,
y todos los peñascos y collados.

Los valles, los desiertos y tibundos,
las bestias de los montes y los mares
me cuentan de que Dios hizo los mundos
y todas las regiones estelares.

Cuando en las tardes de ópalo y topacio
contemplo yo los vastos horizontes,
hallo su nombre escrito en el espacio
Y en la frente rugosa de los montes.

La alondra con su canto melodioso
y el ruiseñor con su inefable trino,
me hablan del Santo, Eterno, Poderoso,
del que al relámpago trazó camino.

Su luz brilla en los soles del vacío.
las pléyades se visten con su gloria;
y en la corriente límpida del río
las linfas cantan su inmortal victoria.

Todo enmudece y calla en la presencia
de Aquel que todo lo hizo de la nada,
y que muestra su gran omnipotencia
en el trueno, en el mar, y en la cascada.

No se ve a Dios, pero su luz fulgura
en la noche abismal de la conciencia;
y desde allá nos habla con dulzura,
nos da su amor y su inefable ciencia.

Autor desconocido

lunes, 24 de mayo de 2010

FELICIDAD

Ayer me invitaron a un programa en una radio secular de mi ciudad, en el cual el tema a tratar era nada menos que la felicidad.
Quien conducía el panel me preguntó como introducción: ¿la felicidad existe?
Luego, cada uno de los panelistas aportó su visión de que era y comó se obtenía la felicidad. Fue en este punto en donde las convicciones que expresé como creyente en Cristo no coincidieron con las de los demás (me preguntaron especialmente acerca de mi fe).
No había ido allí a discutir, así que, en oración pedí ayuda para permitir que la verdad brillara por sí misma. No solamente me permitieron hablar bastante, sino que también aprendí algunas cosas de los que participaron, y principalmente de la síntesis que al fin de cada bloque hizo el conductor del programa.
Posteriormente surgieron estos temas:
  • ¿Es lo mismo ser feliz que estar feliz?
  • ¿Cuál es la diferencia entre felicidad y satisfacción?
  • ¿La felicidad viene de adentro o de afuera? (había una maestra de yoga en el panel).
  • ¿Se puede ser feliz todo el tiempo?
Había comenzado yo diciendo que "felicidad se escribe con fe", como una manera de enfocar la atención hacia el mensaje de la Biblia. Para mi sorpresa, el resto del diálogo giró alrededor de lo espiritual. Fue una experiencia provechosa en la que pude testificar de mi esperanza en la Segunda Venida de Cristo como el medio divino para que la felicidad sea universal. 
Pero dejemos lo mío y vayamos al punto. 
En el Sermón del Monte, el Maestro divino expresó los principios de su reino en forma de "bienaventuranzas", haciendo claro que la felicidad se encuentra en una vida centrada en Cristo y dedicada a su servicio. Hay una enorme diferencia en esto.
"He visto que quienes viven con un propósito, buscando beneficiar y bendecir a sus congéneres, y honrar y glorificar a su Redentor, son personas verdaderamente felices en la tierra; mientras que el hombre que es inquieto, que está descontento, que busca esto y prueba aquello, esperando encontrar felicidad, sólo encuentra desengaño. Siempre está en necesidad, nunca está satisfecho, porque vive únicamente para él mismo. Que vuestro blanco sea hacer el bien y realizar vuestra parte fielmente en la vida".­ Nuestra Elevada Vocación pag. 244
Queda claro para cualquiera que la alegría en esta vida no será duradera. Son más los momentos de dolor y sufrimiento que los de gozo. Y suelen ser los cristianos quienes más pesares sufren por causa del enemigo, que cual león rugiente los ataca sin cesar.
Sin embargo, la vida en Dios no debe presentarse como una triste carga. De ninguna manera.
La esperanza en el Señor no es un lastre, sino una ayuda eficaz en cada instante de la vida. Realza cada momento de legítimo placer, al tiempo que suaviza con su amor los momentos de tribulación.
Alguien lo expresó mejor que yo, en palabras que cité en la audición: "La religión de Cristo no borra ni siquiera debilita una sola facultad. No incapacita al individuo para gozar de la verdadera felicidad; no ha sido designada para disminuir vuestro interés en la vida o para haceros indiferentes a las demandas de los amigos y la sociedad. No cubre la vida de cilicio; no se la expresa en profundos suspiros y gemidos. No, no; aquellos para quienes Dios es lo primero, lo último y lo mejor, son las personas más felices del mundo. No se borran de su rostro las sonrisas y la luminosidad. La religión no hace tosco, desprolijo y descortés al que la acepta; al contrario, lo eleva y ennoblece, refina sus gustos, santifica su criterio, y lo hace apto para estar en la sociedad de los ángeles celestiales y para el hogar que Jesús ha ido a preparar" (el subrayado es mío). Mensajes para los jóvenes pag. 35
Si la religión de la Biblia no produce gratitud y gozo abundante, manifestados en alegre servicio, algo falla en nosotros. Un rostro radiante de felicidad es una de las mejores cartas de presentación del evangelio.
Tenemos la obligación de ser felices, incluso en medio de las pruebas más severas, puesto que nuestro redentor Jesús no nos abandonará nunca, ni enviará una prueba que no podamos resistir mediante su gracia.
Para el creyente, no obstante, la perfecta y duradera felicidad no se alcanzará en este mundo; se encuentra todavía en el futuro. En aquel precioso día en que el Señor hará "un cielo nuevo y una tierra nueva" (Apoc. 21:1).
Bienaventurados los que habitan en tu casa;
Perpetuamente te alabarán. Selah
Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas,
En cuyo corazón están tus caminos.
Atravesando el valle de lágrimas lo cambian en fuente,
Cuando la lluvia llena los estanques.
Irán de poder en poder;
Verán a Dios en Sion.
Salmos 84:4-7

domingo, 23 de mayo de 2010

AUTOEXAMEN

Hace ya algún tiempo fui a ver a un doctor para hacerme un chequeo. Parecería una cosa sin importancia, a no ser por lo que sucedió después.
El Señor me ha bendecido con buena salud, y soy bastante reacio a ir al médico o a medicarme, pero por esos días estaba trabajando demasiado y bajo mucho estrés. El facultativo, después de controlarme, me dió unos días de licencia y me recetó un sedante. Lo tomé y fui a dormir... al menos eso creía...
Al despertarme por la mañana, entré al baño y para mi sorpresa...  ¡catástrofe! 
El lavatorio estaba roto y sus pedazos esparcidos por el suelo. Cuando pregunté qué había pasado, mi  hijo me miró con cara de pena y me contó que me había quedado dormido frente al espejo, arrastrándolo todo en mi caída y de no haber sido que él  estaba cerca y me sostuvo, hubiera terminado  en  el piso, tal vez recibiendo un fuerte golpe con los artefactos sanitarios. Al principio no lo podía creer, me parecía que estaba bromeando, pero tuve que rendirme finalmente a la evidencia.
Es feo quedarse dormido cuando se supone que uno debería estar consciente.
Este incidente de mi vida me hizo pensar que no solamente era culpable del destrozo en el baño, sino de las causas de él, al ser intemperante, abusando de mis fuerzas y mis nervios (confieso que al principio le echaba la culpa a la pastilla que tomé).
En la vida espiritual, sucede lo mismo. Podemos creer que estamos despiertos cuando en realidad estamos dormidos. ¿Será que al despertar veremos con sorpresa que hemos destrozado sin remedio nuestras posibilidades de vida eterna?
Elena de White escribió: "¿Qué diré para despertar al pueblo remanente de Dios?. . . Insto a todos los que profesan el nombre de Cristo a que se examinen, y hagan una plena y cabal confesión de todos sus yerros, para que vayan delante de ellos al juicio, y el ángel registrador escriba el perdón frente a sus nombres. Hermanos míos, si no aprovecháis estos preciosos momentos de misericordia, quedaréis sin excusa. Si no hacéis un esfuerzo especial para despertaros, si no manifestáis celo para arrepentiros, estos momentos áureos pasarán pronto, y seréis pesados en la balanza y hallados faltos". ¡Maranatha: El Señor Viene! Página 55
Tenemos una imperiosa necesidad de estar despiertos. La oscura noche de este mundo está avanzada y se acerca velozmente el día en que el Señor vendrá. Muchos se ocupan y se preocupan por examinar la condición espiritual de la iglesia, -de los otros- pero es necesario dejar esa tarea al Testigo fiel y analizarnos mas bien a nosotros mismos.
Es hora de un autoexamen riguroso para ver en qué podemos estar fallando. La cita anterior continúa así: "Al exhortarnos a vigilar y orar, Jesús nos señala la única conducta segura. Necesitamos vigilar. Nuestros corazones son engañosos; estamos rodeados por las debilidades y fragilidades de la humanidad, y el propósito de Satanás es destruirnos. Aunque nosotros bajemos la guardia, nuestro adversario jamás estará ocioso. Puesto que estamos informados acerca de su incansable vigilancia, no durmamos, como los demás, sino "velemos y seamos sobrios". Tenemos que enfrentar el espíritu y la influencia del mundo, pero no debemos permitir que tome posesión de nuestra mente y nuestro corazón. Examinad escrupulosamente vuestro corazón a la luz de la eternidad. No escondáis nada. Examinadlo, ¡oh, sí! examinadlo como si en ello os fuera la vida, y condenaos, dictad sentencia sobre vosotros, y entonces, por fe, pedid que la sangre purificadora de Cristo elimine toda mancha de vuestro carácter cristiano. No os aduléis ni os excuséis. Tratad lealmente con vuestra propia alma. Entonces, al veros pecadores caed quebrantados a los pies de la cruz. Jesús os recibirá, tan contaminados como estáis, y os lavará con su sangre, y limpiará de vosotros toda contaminación, y os hará idóneos para participar de la compañía de los ángeles celestiales, en un cielo puro y armonioso. No hay contiendas ni discordias allí. Todo es salud, felicidad y gozo".  Ibid. Página 55 
Se nos anima aquí a realizar un "control de calidad" de nuestra experiencia en Cristo; debe ser emprendido con toda rapidez y con honestidad.
El tiempo lo exige y la Biblia confirma estos solemnes pensamientos al decir: "Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?" 2 Corintios 13:5
¿Pasaremos el exámen o seguiremos dormidos?

viernes, 21 de mayo de 2010

EL VERDUGO


Sumiso, cual cordero que acompañan
Camino de su propio matadero,
Avanza entre la turba sin entrañas
el hombre más sublime y verdadero.

Cargado con la cruz, no retrocede,
Soporta con heroica valentía
Las burlas que continuas se suceden
Haciendo interminable su agonía.

Lo azotan, y sus labios no maldicen.
Lo insultan, y sus ojos no condenan.
Sus manos doloridas, aún bendicen
A aquellos que por El lloran de pena.

Y asciende hasta la cumbre del Calvario
Cual mártir, sin quejídos ni lamentos.
Envuelven al Señor como un sudario
La sangre y el dolor de sus tormentos.

Lo clavan en la cruz y no se queja…
Levantan el madero y sufre horrores…
Su cuerpo se desgarra, mas El deja
Que el hombre le descargue sus furores.

¿Pero es posible, oh Dios, tanta ceguera?…
¿No ven que aquel ser puro es inocente?…
No pueden acusarlo tan siquiera
De ser ante el dolor indiferente.

Con tanta enfermedad como sanaste,
¿no hay nadie que con pecho agradecido
defienda tu inocencia? ¡Que contraste…!
Hoy todos con temor se han escondido.

Los mismos que horas antes prometían
Su causa defender, lo abandonaron,
Y ocultan su vergüenza y cobardía
No lejos del que sufre el desamparo.

Y sigue allá en la cruz: mientras la gente
Le injuria sin piedad, hieren y afrentan.
El ruega con amor al Dios Potente
Que aquel pecado atroz no tenga en cuenta.

¡Con cuánta abnegación sufre el martirio…!
¡Que amor tan sin medida está mostrando!…
Soporta aquel satánico delirio
Y aún ruega por los que le están matando.

Su cuerpo está bañado en sangre pura,
De sangre inmaculada, redentora.
Rebosa ya su copa de amargura
Pero El aguanta firme aquella hora.

Contemplo aquella escena horrorizado,
Al ver la crueldad de aquel proceso.
No entiendo por qué el odio han desatado,
Ni por qué le traicionan con un beso.

Tratando de entender, sigo las huellas
De sangre que deja el Nazareno,
Y encuentro alrededor rostros de piedra
Miradas ponzoñosas de veneno.

Verdugos con las caras impasibles.
Soldados con coraza en los sentidos.
Escribas, fariseos, insensibles
Con alma y corazón empedernidos.

Me acerco y en mi ser siento el impulso
Rabioso de escupir a aquella escoria.
Allí están, los infames que yo acuso
Del crimen más horrendo de la historia.

Les miro y mi sorpresa es pavorosa.
Los seres que yo encuentro allí delante,
Me miran con sonrisa maliciosa
Y en todos se refleja mi semblante.

Mi cara, mi expresión, mis movimientos,
Lo mismo que un espejo reflejaban.
Y ahora, igual que yo, todos a un tiempo
con gesto retadores me acusaban.

¡Señor…! ¿Qué significa?…¿por que un yugo
me une en semejanza tan terrible?
Resulta, que yo soy el cruel verdugo
Que esta crucificándote… ¡¡Es horrible…!!

Me siento avergonzado, confundido,
Al ver con realidad lo revelado.
El principal verdugo, sólo ha sido
La furia criminal de mi pecado.

Mis vicios, mis pasiones y rencores,
El odio, envidia, orgullo y vanidad,
Cual lanza y clavo fueron los autores
Que dieron muerte a Cristo en realidad.

No quiero yo acusar con osadía
Ni a Herodes, ni Pilatos, ni a Caifás.
Si Cristo padeció, la culpa es mía.
No es noble que me excuse en los demás.

¿Por qué te irrita, oh mundo, el ver a veces
la imagen de Jesús crucificado?
Tú mismo que al mirarlo te enterneces,
también por culpa tuya fue clavado.

Quien puso a Jesucristo en el madero
No fueron ni judíos ni romanos.
Ha sido tu maldad, el verdadero
Verdugo de aquel crimen tan villano.

Murió por el mortal que no merece
Ni amor ni compasión por su extravío,
Y gracias a su cruz, hoy nos ofrece
Perdón para el pecado tuyo y mío.

¿Que harás ante la gracia Redentora?
Acude con el alma arrepentida,
Que Cristo el Salvador te espera ahora
Dispuesto a darte amor y eterna vida.
Anónimo