sábado, 26 de marzo de 2011

SEÑALES III

“Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron. Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre”. (Juan 20:29-31)
En el caso de Tomás, se había impuesto una condición para creer. Su orgullo no podía soportar que otros hubieran visto al Señor resucitado y él no. Por lo tanto, decidió depender de evidencias que él mismo condicionó. Jesús tuvo compasión de su pobre discípulo y se reveló nuevamente, pero no dejó pasar la oportunidad para reprochar la incredulidad de éste.
El suave reproche del Maestro nos debería alcanzar a nosotros, puesto que también se nos pueden aplicar estas palabras: “Si no viereis señales y prodigios, no creeréis” (Juan 4:48).
La fe no se debería basar en otro incentivo que el emanado de la autoridad de la Palabra de Dios. Esto debería ser suficiente.
El mismo hecho de que alguien necesite evidencia sobrenatural para cambiar su actitud, habla a las claras de una experiencia espiritual deficiente. No obstante, nuestro Señor que conoce nuestra condición, sabe lo que necesitamos. Las señales también fueron dadas para fortalecer nuestra débil fe e impulsarnos a la acción.
Él no quiere que nos desalentemos y ha puesto indicadores, huellas de su transitar en la historia para que no digamos como el antiguo Israel cuando era llevado al exilio: “No vemos ya nuestras señales; No hay más profeta, Ni entre nosotros hay quien sepa hasta cuándo. ¿Hasta cuándo, oh Dios, nos afrentará el angustiador? ¿Ha de blasfemar el enemigo perpetuamente tu nombre?” (Salmos 74:9,10)
No necesitamos las señales para tener fe. Debemos tener fe para interpretar las señales.
Las credenciales del ministerio apostólico (prodigios, sanidades y el don de lenguas, por ejemplo), fueron en su momento muy significativas y se constituyeron en herramientas poderosas de la evangelización de un mundo no tecnificado.
Con dolor digo lo que sigue: las señales que seguirían a los creyentes han sido pervertidas por Satanás y se convirtieron en medios publicitarios o simple exaltación propia. El don de lenguas, los milagros y las profecías se utilizan para llamar la atención no hacia Dios sino hacia el hombre. La consigna parece ser: “¡Vengan, pasen a ver lo que yo hago!” cual si fuera un circo. Se ensalza al predicador que tiene el “poder”, los hombres corren a él  y Dios es olvidado, o relegado a segundo plano.
Muy diferente fue la actitud de Cristo, quién después de cada milagro decía a los beneficiados que no se lo dijeran a nadie. Esta falsificación satánica de los dones del Espíritu es muy corriente y tiende a desmerecer sus verdaderas manifestaciones, que las hay, y muchas.
Son nada menos que el cumplimiento de la profecía sobre el avance del espiritismo: “Y vi salir de la boca del dragón, y de la boca de la bestia, y de la boca del falso profeta, tres espíritus inmundos a manera de ranas; pues son espíritus de demonios, que hacen señales, y van a los reyes de la tierra en todo el mundo, para reunirlos a la batalla de aquel gran día del Dios Todopoderoso”. (Apocalipsis 16:13,14)
Las señales que predicen su venida, por otra parte, han estado activas desde hace varios siglos y pueden ser rastreadas fácilmente en la historia, tales como el día oscuro, la luna que se puso roja como sangre o la caída de las estrellas (ver Mateo 24:29).
Otras, las podemos ver delante de nuestros ojos: la degradación moral siempre creciente, la agitación política, las desigualdades sociales, el deterioro de la naturaleza, el aumento del crimen y la maldad, los cada vez más frecuentes y destructivos desastres naturales, el hambre y las pestes que golpean a una generación orgullosa de su progreso, pero que nada puede hacer para detenerlos.  
Finalmente, algunas señales apuntan al futuro. Nos hablan del triunfo final de la causa de Dios. Triunfo que será precedido por la acción desesperada de las fuerzas del mal.
Por eso debemos ser precavidos, como lo advierte la siguiente cita de sorprendente actualidad: “Quien haga de la operación de milagros la prueba de su fe, encontrará que Satanás puede, mediante una variedad de engaños, realizar maravillas que pasarán por milagros genuinos. . . Satanás es un obrero astuto, e introducirá engaños sutiles a fin de oscurecer y confundir la mente y desarraigar las doctrinas de la salvación. Aquellos que no acepten la Palabra de Dios literalmente, caerán en esa trampa. Habrá enfermos que sanarán delante de nosotros. Se realizarán milagros ante nuestra vista.
¿Estamos preparados para la prueba que nos aguarda cuando se manifiesten más plenamente los milagros mentirosos de Satanás? ¿No serán entrampadas y apresadas muchas almas? Al apartarse de los claros preceptos y mandamientos de Dios, y al prestar oído a las fábulas, la mente de muchos se está preparando para aceptar estos prodigios mentirosos. Todos debemos procurar armarnos ahora para la contienda en la cual pronto deberemos empeñarnos. La fe en la Palabra de Dios, estudiada con oración  y puesta en práctica, será nuestro escudo contra el poder de Satanás y nos hará vencedores por la sangre de Cristo”. ¡Maranata: El Señor Viene! Página 154
¿Cómo podremos distinguir los milagros mentirosos? Cristo nos dio su Palabra como defensa contra el enemigo. Hagamos de ella nuestra guía para no ser extraviados.
En las próximas entradas veremos cómo resistir a las falsas señales y cómo reconocer las verdaderas señales de su venida.

viernes, 25 de marzo de 2011

SEÑALES II

“Vinieron los fariseos y los saduceos para tentarle, y le pidieron que les mostrase señal del cielo. Mas él respondiendo, les dijo: Cuando anochece, decís: Buen tiempo; porque el cielo tiene arreboles. Y por la mañana: Hoy habrá tempestad; porque tiene arreboles el cielo nublado. ¡Hipócritas! que sabéis distinguir el aspecto del cielo, ¡mas las señales de los tiempos no podéis! La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás”. (Mateo 16:1-4)
Hace algunos años me paró un policía en la calle para avisarme que una de las luces traseras de guiño no funcionaba. El tablero indicaba que funcionaba, así que yo hubiera doblado tranquilamente, sin saber que ponía en peligro a quien venía detrás de mi.
Cuando las señales no funcionan, estamos en problemas.
Durante su ministerio, Jesús dio sobradas pruebas de que su mensaje venía de Dios. Sin embargo, los dirigentes religiosos no estaban dispuestos a rendirse ante la evidencia. Su obstinación y ceguera se evidenció cuando el Señor multiplicó los panes y los peces ante una gran multitud. “Le dijeron entonces: ¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos, y te creamos? ¿Qué obra haces?” (Juan 6:30)
¡Había dado de comer a una enorme concurrencia con apenas una merienda donada por un niño, y aún había sobrado! 
¿Qué más hacía falta?
Sin embargo, el registro bíblico muestra que repetidamente rechazaron la evidencia de la razón y la de los sentidos, porque su corazón orgulloso no quería ceder.
Vez tras vez, milagro tras milagro, señal tras señal, fueron endureciéndose al llamado del Espíritu. Desoír la voz del Espíritu Santo significa perder la vida eterna; sellar la propia perdición.
Incluso después de la resurrección de Lázaro, se registra que: “a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él”. (Juan 12:37)
Pero esto no era nada nuevo. Ya en ocasión de su nacimiento, los ángeles, los pastores y los sabios de oriente, habían anunciado la llegada del Mesías largo tiempo esperado, y toda la ciudad de Jerusalén se inquietó con la noticia.
¡Pero ninguno de ellos fue a ver al Salvador anunciado!
Ello demuestra a las claras que en el terreno espiritual no basta con saber. 
Lo que conocemos debe impactar nuestras vidas y producir una transformación. Si esto no sucede, somos meros hipócritas, como los fariseos.
Los creyentes tenemos el privilegio de conocer las señales de la venida de Cristo. Nada de lo que sucede debería causarnos temor; por el contrario, son una invitación a levantar nuestras cabezas en gloriosa expectación del cumplimiento de nuestra esperanza.
Pero las señales también prueban lo que hay en cada corazón, porque están dirigidas a él.
En el texto inicial figura el reproche que Cristo hizo a los líderes religiosos de su tiempo por desconocer las señales de los tiempos.
Los fariseos se sentían orgullosos de cumplir con todas las minucias legales que habían inventado para complicarle la vida a los demás y a sí mismos. Proclamaban a son de trompetas su fidelidad a la Ley. Pero, en el fondo, no querían prestar atención a las señales que revelarían su incredulidad.
La Biblia afirma que hay diferentes tipos de señales: “Así que, las lenguas son por señal, no a los creyentes, sino a los incrédulos; pero la profecía, no a los incrédulos, sino a los creyentes”. (1 Corintios 14:22)
Algunas de las señales tienen como objetivo despertar la conciencia de los pecadores; otras sirven para confirmar la fe de los hijos de Dios. Pero ninguna de ellas convencerá a quien se resista a creer.
¿En qué categoría nos ubicamos tú y yo?
Las señales de los tiempos hoy hablan a tu corazón: ¿te despiertan?, ¿te ayudan a creer?, ¿o tal vez te dejan indiferente?
Quiera el Señor despertarnos, fortalecer nuestra fe y ayudarnos a permanecer velando.

jueves, 24 de marzo de 2011

SEÑALES

“Entonces habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas; desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra; porque las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en una nube con poder y gran gloria. Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca”. (Lucas 21:25-28)
Los recientes acontecimientos, como los terremotos ocurridos en Haití, Chile y Japón; las revueltas en el mundo árabe o las acciones bélicas en Libia, han despertado el interés mundial. 
Desataron también una avalancha de mensajes que presentan dichos sucesos como señales del arrebatamiento o de la inminente segunda venida de Cristo. 
¿Necesitamos conocer las señales? Pues SÍ.
¿Deberíamos los cristianos mirar con avidez las noticias para estar al tanto de cada crimen o catástrofe, asustándonos y asustando a otros con estas “señales"? Un enfático NO.
La preparación para la venida del Señor es un asunto diario -una transformación que sucede en la mente y el corazón del creyente y se traslada a su experiencia diaria-, de manera independiente de los sucesos externos. 
La santificación -que es nuestro derecho al cielo-, es una obra progresiva, no compulsiva.
¿Deberíamos ignorarlas? TAMPOCO.
Quien ignora las advertencias es un insensato, y un cristiano no debería serlo. 
¿Todas estas cosas que están pasando son señales de la inminencia de su venida? SI y NO.
Sí en cuanto a que demuestran que a nuestro planeta le queda poco tiempo; sin embargo, la degradación de la naturaleza no hace más que acompañar la más aguda y más preocupante degradación moral. Los juicios de Dios ya están cayendo sobre la humanidad desde hace rato, encontrándonos ahora en medio del tiempo de angustia -que se irá agudizando- y que fue predicho en las profecías (ver Daniel 12:1-3).
No, en cuanto a que no sirven para fijar fechas, solamente nos dicen que el anhelado fin “está cerca, a las puertas” (Marcos 13:29).
A lo largo de esta serie de entradas, quisiera profundizar en estos tres aspectos.
  1. ¿Qué son las señales y para qué sirven?
  2. ¿Cómo deberíamos relacionarnos con ellas?
  3. ¿Cómo distinguir las señales verdaderas de las falsas?
Debemos ser muy cuidadosos con la manera en que interpretamos y presentamos las señales; para no aparecer ante el mundo como un montón de fanáticos con mensajes alarmistas, o como simples oportunistas que desean incrementar la membresía de la iglesia  por medio del temor. Tampoco necesitamos ser engañados por las "señales" de falsos predicadores de los cuales Jesús mismo dijo "Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad" (Mateo 7:23).
Las señales en las Escrituras, al igual que las señales de tránsito, tienen distintas funciones y cumplen distintos propósitos:
  • Recordatorios de un pacto. La circuncisión y el nazareato, por ejemplo, constituían señales visibles de un pacto concertado entre Dios y los hombres. Tenían el propósito de mantener a la vista del creyente la solemnidad del compromiso asumido.
  • Marcas identificatorias. La señal puesta sobre Caín,-que fue protegido para que no lo mataran- las piedras colocadas en medio del Jordán y la estela que colocaron al otro lado del río, pertenecían a esta clase de recordatorios de la protección divina.
  • Confirmación de una promesa o de un mensaje divinos. El arco iris puesto después del diluvio y la sombra del reloj que retrocedió diez grados para confirmar la sanidad del rey Ezequías, son un tremendo ejemplo de que las promesas del Señor son firmes y podemos confiar en ellas.
  • Límites a la acción humana. El diluvio, la destrucción de Sodoma y Gomorra, o el cautiverio babilónico, son señales que muestran que Dios no dejará avanzar el mal más allá de ciertos límites. Estos juicios constituyen una prueba de la intervención directa de Dios en la historia.
  • Elementos didácticos utilizados por los profetas. En los ministerios de Isaías, Ezequiel y Jeremías, se utilizaron diversas "señales" (un cinto podrido, rasurarse la barba, hacer un boquete en la pared, etc.), que tenían propósito didáctico, para despertar el interés de sus compatriotas en algún mensaje que darían a continuación.
  • Credenciales del ministerio. Jesús mismo utilizó los milagros y otro tipo de señales para confirmar la fe de los que le seguían. Dotó a los apóstoles y a su iglesia de dones especiales, que serían señal adicional de la autenticidad de su mensaje, pero también previno acerca del mal uso de las señales que harían algunos.
  • Medios para convencer al pecador. Muchos duermen en la falsa seguridad del pecado, y sólo despertarán cuando sus bienes o sus vidas se vean amenazadas. Así, las catástofes naturales y conmociones sociales actúan como señales de advertencia para aquellos que rechazan a Dios, a fin  de  llamarlos a la reflexión de que algo grande está por suceder.
Entonces: las señales están allí para confirmar que vamos por el buen camino, para advertirnos de riesgos, para ayudarnos en las dificultades, para despejar dudas, para guiarnos, o para brindarnos seguridad; pero tengamos presente que no son un fin en sí mismas. 
Agradezcamos al Señor por las señales que nos muestran, que Él está al mando de todo y que sus propósitos se cumplirán indefectiblemente. 
Pero no debemos ser ingenuos, no todas las cosas espectaculares que suceden prueban que algo venga de Dios.
Con mucha frecuencia, durante la larga enfermedad que padece mi hija, nos han invitado a visitar “sanadores” milagrosos, con el argumento de que lo que hacen viene de Dios, porque “oran”, o porque “hablan de Dios”; por lo tanto -dicen-, no puede ser algo malo.
Pero por experiencia, vimos que las señales que éstos hacen no siempre se corresponden con la clara orientación de la Palabra de Dios. Más bien sus credenciales provienen de la misma fuente que las de la pitonisa de Endor.
Recordemos que también Satanás -que fue un ángel- tiene poder para actuar por medio de señales engañosas que intentarán desviarnos del camino: “Y ejerce toda la autoridad de la primera bestia en presencia de ella, y hace que la tierra y los moradores de ella adoren a la primera bestia, cuya herida mortal fue sanada. También hace grandes señales, de tal manera que aun hace descender fuego del cielo a la tierra delante de los hombres. Y engaña a los moradores de la tierra con las señales que se le ha permitido hacer en presencia de la bestia, mandando a los moradores de la tierra que le hagan imagen a la bestia que tiene la herida de espada, y vivió”. (Apocalipsis 13:12-14 )
Entonces, si hay señales que vienen de Dios y otras son de origen diabólico, ¿cómo diferenciar unas de otras?
Seguimos en la próxima entrada

sábado, 19 de marzo de 2011

DESCONFIANZA 2

“Así ha dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová... Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no... dejará de dar fruto”. (Jeremías 17:5,7,8)
En la entrada anterior hablaba acerca de la necesidad de desconfiar de nosotros mismos. Es que la confianza en uno mismo y la confianza en Dios se excluyen mutuamente.
La autosuficiencia nos lleva a desconfiar del Señor, y en consecuencia nos induce también a desconfiar de nuestros hermanos (pero este es otro tema que luego desarrollaré).
Cuando ponemos nuestras expectativas en logros humanos dejamos de confiar en la dirección de Dios y nos apartamos de su voluntad. Esa actitud no nos puede conducir sino al fracaso, pues la falta de confianza en Dios es lisa y llanamente incredulidad.
Y esto puede suceder de dos maneras diferentes:
  • Cuando tenemos éxito en la obra del Señor, podemos llegar a pensar que lo hicimos gracias a nuestra propia capacidad y caer en el orgullo, como en el caso de Jehú.
  • Cuando nos va mal, podemos caer en el desaliento y la desconfianza intentando resolver las cosas por nuestra propia cuenta como lo hicieron repetidamente los israelitas.  
O sea que, en cualquier caso, siempre estaremos en peligro de dejar de lado al Señor
¡Qué complicación!
El remedio para esta situación es tan sencillo que resulta a la vez fácil de olvidar y difícil de practicar. Elena White lo dijo así: “Contempla a Jesús. No eches a perder tu registro cediendo ante el abatimiento y la desconfianza. Traza senderos rectos para tus pies, no sea que el cojo se aparte del camino. . . El hombre que está más cerca del Señor es el que espera en Él como quien espera la mañana, es el que desconfía de si mismo y pone toda su confianza en Dios, que puede salvar hasta lo sumo a los que se allegan a Él”. Alza tus Ojos Página 126  
Como parte de nuestra herencia pecaminosa, nos resulta más sencillo intentar arreglarnos por nuestra cuenta que volver los ojos a Dios.
Cual Adán, intentamos “hacer algo” para remediar nuestra condición, sin otro resultado que continuar en la mayor de las miserias. Porque las hojas de higuera de la justicia propia jamás podrán cubrir nuestra desnudez tan completamente como lo consigue el manto de justicia provisto por el Señor.
Por eso, debemos contemplarlo o morir en nuestros pecados.
¿Cómo hacerlo?
Se requieren tanto la gracia divina, como un constante esfuerzo de la voluntad, a fin de dirigir nuestra mirada hacia Aquel que debería ser en todo nuestra confianza.
La Biblia tiene además maravillosas promesas para alentarnos a buscar confiadamente su rostro:
  • Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo. Juan 16:33
  • Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro. Hebreos 4:16
  • “En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y este será su nombre con el cual le llamarán: Jehová, justicia nuestra”. Jeremías 23:6
El Salvador invicto, el poderoso y amante Rey Jesús es nuestro protector.
¿Necesitamos desconfiar de sus promesas?
¿Necesitamos temer que Dios no nos ayudará?
Por el contrario, cuando desconfiamos de nosotros mismos es cuando la fe ejerce su poder curativo sobre la naturaleza humana; mirar a Dios se vuelve entonces un acto natural, pletórico de gratitud y alabanza.
Notemos que: “El amor que Cristo infunde en todo nuestro ser es un poder vivificante. Da salud a cada una de las partes vitales: el cerebro, el corazón y los nervios. Por su medio las energías más potentes de nuestro ser despiertan y entran en actividad. Libra al alma de culpa y tristeza, de la ansiedad y congoja que agotan las fuerzas de la vida. Con él vienen la serenidad y la calma. Implanta en el alma un gozo que nada en la tierra puede destruir: el gozo que hay en el Espíritu Santo, un gozo que da salud y vida”. Ministerio de curación, pág. 78.
La Inspiración nos invita a exclamar con alegre seguridad este cántico:
“Oh Israel, confía en Jehová;
El es tu ayuda y tu escudo.
Casa de Aarón, confiad en Jehová;
El es vuestra ayuda y vuestro escudo.
Los que teméis a Jehová, confiad en Jehová;
El es vuestra ayuda y vuestro escudo.
Jehová se acordó de nosotros; nos bendecirá”.  Salmos 115:9-12
Mira hoy con fe al Dios de toda fidelidad y así experimentarás la bendición de una grandiosa renovación. 

viernes, 18 de marzo de 2011

DESCONFIANZA 1

“Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos”. (Isaías 26:4)
La Biblia es fuente de inspiración permanente y tiene verdades claramente expresadas; así también, contiene pasajes difíciles de entender. Pero es en ellos precisamente en donde encontramos las lecciones más valiosas para nuestro caminar diario con el Señor.
Veamos la siguiente historia, que puso fin al reinado del rey Joram:
“Mató entonces Jehú a todos los que habían quedado de la casa de Acab en Jezreel, a todos sus príncipes, a todos sus familiares, y a sus sacerdotes, hasta que no quedó ninguno. Yéndose luego de allí, se encontró con Jonadab hijo de Recab; y después que lo hubo saludado, le dijo: ¿Es recto tu corazón, como el mío es recto con el tuyo? Y Jonadab dijo: Lo es. Pues que lo es, dame la mano. Y él le dio la mano. Luego lo hizo subir consigo en el carro, y le dijo: Ven conmigo, y verás mi celo por Jehová. Lo pusieron, pues, en su carro. Y luego que Jehú hubo llegado a Samaria, mató a todos los que habían quedado de Acab en Samaria, hasta exterminarlos, conforme a la palabra de Jehová, que había hablado por Elías”. (2ª Reyes 10:11, 15-17)
¿Por qué llamó Dios a un hombre como este para que sea el ejecutor de sus juicios?
¿Qué lecciones podemos extraer de semejantes matanzas?
Recordemos que Jehú fue ungido por el profeta Eliseo para acabar con el resto de la dinastía de Acab y Jezabel. Un hombre común fue llamado a ser instrumento divino y advertido acerca de la importancia de su misión.
Podría figurar en la historia sagrada que Jehú se mantuvo humilde y desconfiado de sí mismo mientras cumplía su misión, pero tristemente no fue así. Él creyó que su corazón era recto por el solo hecho de estar haciendo una gran obra para Dios. 
Pensó que su llamamiento avalaba sus acciones sean las que fuesen.
Cuando el Señor llama a una persona a desempeñar un ministerio, esto lo convierte en un recipiente de su gracia,  un instrumento santo. Al llamarnos y capacitarnos para una tarea, espera de nosotros que la cumplamos con celo proporcional a la grandeza de nuestro cometido. 
Pero la habilitación del Espíritu Santo no convive jamás con la autosuficiencia humana y Jehú no puso su confianza en Dios, sino en sí mismo.
Encontrándose con un siervo de Dios, exhibió una terrible suficiencia propia al decir “Ven conmigo, y verás mi celo por Jehová”.
Que estemos en la verdad, que respondamos a un llamamiento santo dado por Dios mismo, no nos autoriza para hacer las cosas de acuerdo a nuestro criterio o voluntad. Por el contrario, cuando actuamos por nuestra cuenta, terminamos haciendo más mal que bien.
Tampoco, en ninguna etapa de nuestra experiencia cristiana podremos estar seguros de que estamos haciendo lo correcto, a menos que dejemos de confiar en nuestras capacidades y dependamos por entero del Señor.
Al tiempo en que hacemos todo lo que está en nuestras manos para hacer avanzar la obra de Dios, nuestro deber es reconocer que todo triunfo le pertenece al Señor. Necesitamos mantenernos humildes y sumisos ante el Todopoderoso, sabiendo que solo somos sus colaboradores y que la honra le pertenece a él.
Desconfiemos en primer lugar de nosotros mismos. 
No de nuestro llamado, ni de que podamos hacer la obra del Señor. No estoy diciendo que vivamos y actuemos como timoratos, con inseguridad y falta de confianza. 
No, de ninguna manera, pues somos agentes del Dios de los Ejércitos y debemos hablar como quienes tienen plena confianza en su poder.
Desconfiemos sí, de que en cualquier momento, caigamos en la tentación de soltarnos de su mano poderosa para actuar con la debilidad del brazo carnal.
Nuestra confianza se debe basar, tal como lo dice el texto de arriba, en Aquel que es “la fortaleza de los siglos” y puede sostenernos siempre.
Me encantó el consejo de esta cita y a todos nos viene bien: “Acuda a El tal como es, y póngase en sus manos. Crea que El lo acepta tal como ha prometido. No trate de hacer algo importante que lo recomiende a Dios, sino confíe en El ahora, en este momento. Rompa las cadenas de la duda y desconfianza con las que Satanás quisiera atarlo al castillo de la duda. Acuda con fe humilde a Aquel que nunca dijo a los necesitados y sufrientes: "Buscan mi rostro en vano". Sabemos que somos pecadores, que a menudo nos equivocamos y que frecuentemente somos vencidos en las tentaciones, pero esto no debiera conducirnos en nuestra gran necesidad a apartamos del Único que puede ayudarnos y salvarnos del poder de Satanás”. Alza tus Ojos Página 326
¿Tienes  celo por Dios?
Muéstralo desconfiando de tí mismo, y poniendo por completo tu confianza en el poder de Jesús.