jueves, 28 de octubre de 2010

MI CONVERSIÓN

“He aquí yo estoy contigo y te guardaré por dondequiera que fueres, y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho”. Génesis 28:15
En una entrada anterior hablé de cómo fui impulsado a escribir mi testimonio. Ahora que ya han pasado 21 años de esa ocasión y 40 desde el inicio de mi travesía espiritual, considero que tengo algo más para decir.
No estoy seguro de cuándo fue que se despertó en mí la convicción; pero sé que ocurrió bastante temprano en mi vida. Estaba en el 7º grado de primaria cuando comencé a leer la Biblia y otros libros religiosos.
Mi madre había recibido por ese entonces, en lo que era el comienzo de su propia búsqueda de Dios, a personas de diferentes denominaciones religiosas, y a todos ellos les compró literatura. Evangélicos, Testigos de Jehová, "Mormones" y Adventistas desfilaron por mi casa dejando sus publicaciones.
En lo que a mí respecta, los libros eran y siguen siendo un tesoro de valor inestimable. Los leía a todos y me parecía que éstos hablaban específicamente de mi caso. Como adolescente de aquella época, sin cable ni computadoras personales, las imágenes de los libros constituían una preciosa fuente de información y me animaron en la lectura de la Palabra de Dios.
Con seguridad, su buen Espíritu me estaba llamando, pero mi duro corazón se resistía.
Asistí un par de veces con mi madre a la iglesia Adventista, pero mi padre se opuso con firmeza a que siguiéramos ese camino y la relación se cortó. Posteriormente mi hermana mayor fue a estudiar a lo que entonces era el Colegio Adventista del Plata (hoy UAP), por lo que seguimos en contacto con esa denominación. Por entonces, repudié el adventismo; pero en mi interior, los principios de la Biblia habían calado muy hondo y comenzaron a realizar su obra maravillosa.
Sin darme cuenta de cómo sucedió, a los 14 años dejé el alcohol y el tabaco para siempre (aunque sólo bebía en reuniones sociales y fumaba a escondidas desde los 13). El siguiente paso fue convertirme en vegetariano, por influencia de las publicaciones cristianas. En los 6 años siguientes leí varios libros de una mujer llamada Elena de White, que marcaron a fuego mi vida.
Mis compañeros de colegio se burlaron, me probaron hasta el límite, y luego se resignaron a mi "chifladura", con algo de admiración encubierta.
Conocí entonces a varios de los que luego se convertirían en mis hermanos; personas comunes, con aciertos y errores como yo, aunque tenían algo de lo que yo carecía y eso se reflejaba en sus rostros.
Siendo sincero, por entonces me molestaban los discos religiosos, la gente que venía a orar con mi madre y por sobre todo, las caras siempre sonrientes de los misioneros. No advertía en ese tiempo que la paz y la felicidad que mostraban me confundían, por el simple hecho de que yo no las tenía.
En mi desesperación, empecé a orar a escondidas. Pedía a Dios que alguien me ayudara a entender qué camino tomar. En realidad, Cristo era quien faltaba en mi vida.
Cuando terminé el secundario, los acontecimientos se precipitaron. Mi padre falleció tras una larga agonía de un derrame cerebral; colocándome frente a grandes responsabilidades que no quería afrontar. Mis planes para el futuro se vieron frustrados porque tenía que trabajar en el negocio familiar.
A los 20 años comenzó mi etapa más contradictoria. Luchaba contra Dios y conmigo mismo. Me daba cuenta que sin él estaba completamente perdido pero me costaba tomar una decisión.
Fue enntonces que ocurrieron una serie de "milagros" en los que la providencia divina tomó el control de mi vida. Se iniciaron unas conferencias bíblicas en la ciudad, a las que mi madre y mi hermana menor asistieron con gran interés, en tanto que yo hacía grandes esfuerzos por esquivar toda invitación para asistir. Finalmente cedí ante la insistencia, justo el día en que ofrecían estudios bíblicos. Los acepté sin pensar.
De más está decir que escapaba también del instructor, que pacientemente venía a mi casa sólo para no encontrarme. Esto duró varias semanas hasta que finalmente tuve que tomar una decisión: o le decía que no viniera más, o completaba mis estudios.
Por la gracia de Dios, decidí ir más allá; me entregaría totalmente a Cristo.
Poco después fui bautizado, gozando la vivencia más sublime que el ser humano pueda experimentar. Mi felicidad, mi reciente fe y mi entusiasmo alcanzaron un soberbio clímax.
En mi ingenuidad, creí que mi conversión marcaría el fin de mis problemas. No fue así; éstos se hicieron cada vez más graves, sobrepasando mi capacidad humana, durante mis primeros meses de convertido. Lo bueno de esto fue que me mantuvo humilde y necesitado del auxilio divino. Los ataques de Satanás en vez de apartarme del camino, me hicieron ver con mayor claridad que Jesucristo es un poderoso Salvador.
Tampoco puedo decir que mi experiencia cristiana ha sido perfecta desde entonces. Conocí las vacilaciones motivadas por el egoísmo y la complacencia propia, en las que la carne reclama volver al camino ancho que antes parecía tan agradable. Sufrí las pasiones de la juventud y los desvaríos de la justicia propia.
Pero puedo decir con absoluta seguridad que el texto del principio lo he visto cumplido mil veces en mi vida. El Señor no me dejó cuando dudé, cuando fui débil o cobarde, no se apartó de mí en mis infidelidades, ni me descartó por mi pobre fe. Todavía sigue luchando conmigo para llevarme a su reino.
Sí; todavía lo hace...
Su promesa es fiel, así como él es fiel.
Puedo decir como Pablo: "estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo". Filipenses 1:6
Veo que comenzó una buena obra en mí, y por su gracia la acabará (incluso a pesar de mi ocasional resistencia). Sé que me ama de una forma que no puedo expresar, que me protege, me cuida y me abre caminos inesperados a cada paso.
De un joven inseguro y fantasioso, me convertí en un adulto relativamente dueño de sí mismo y cargado de responsabilidades. Yo, que no sabía que hacer con mi vida, me encontré dando consejo a otros. Descubrí el gozo del servicio y de la testificación.  Fui librado de pruebas gravísimas, y cada una de ellas me mostró más a las claras que Dios no me dejaría hasta completar su propósito en mí.
Pude ver almas sinceramente convertidas por medio de este pobre instrumento humano, y dolerme por aquellos amigos que abandonaron su esperanza. A lo largo de los años presencié el cumplimiento de las profecías que leí cuando niño y el avance de su obra que se acerca a una gloriosa culminación. Fui y soy testigo inmerecido de los milagros de su gracia inagotable.
Me ha dado el Señor mucho más de lo que podría haber esperado: una fiel y amorosa compañera, tres buenos hijos, un hogar cristiano y un trabajo en el que cada día puedo testificar libremente de mi maravilloso Dios. 
Toda cosa a la que pude haber renunciado fue compensada por algo superior; todas mis tristezas se opacan ante la esperanza que me mueve; hoy casi todos los lazos familiares rotos por causa de mi fe se han restablecido, y espero algún día tener también algún fruto entre mi familia de sangre.
Únicamente puedo decir al mirar hacia atrás: - ¡Alabado sea el Señor! -

sábado, 23 de octubre de 2010

DECLARACIONES CATEGÓRICAS

"Y los galaaditas tomaron los vados del Jordán a los de Efraín; y aconteció que cuando decían los fugitivos de Efraín: Quiero pasar, los de Galaad les preguntaban: ¿Eres tú efrateo? Si él respondía: No, entonces le decían: Ahora, pues, di Shibolet. Y él decía Sibolet; porque no podía pronunciarlo correctamente. Entonces le echaban mano, y le degollaban junto a los vados del Jordán. Y murieron entonces de los de Efraín cuarenta y dos mil". Jueces 12:5,6
En una de las tantas inútiles guerras fratricidas de los tiempos de los jueces, los soldados de Jefté vencieron a los efrainitas. En la masacre que generalmente seguía a la batalla al perseguir a los que huían, un sonido hizo la diferencia entre la vida y la muerte. Por hablar un dialecto diferente (aunque ambos venían de la tribu de José), los de Efraín no podían pronunciar bien la palabra shibolet ("corriente de agua"), y eran identificados como enemigos. 
Parece mentira que un detalle menor, como la pronunciación de una consonante, causara la perdición de cuarenta y dos mil fugitivos.
Pero esto también sucede en la vida espiritual de los que hoy esperan al Señor. No son los grandes pecados los que nos hacen caer, sinó las transgresiones menores, el apartarse de la voluntad de Dios en "pequeños detalles sin importancia". Son estas cosas, consideradas minucias, las que muestran con quién o qué nos identificamos. Son las que indican la dirección de la vida, la inclinación del corazón. 
Los que son muy puntillosos en cumplir la voluntad divina a veces (con tristeza lo digo), son llamados fanáticos por quienes debieran alentarlos en su fidelidad. Los que quieren obedecer la ley de Dios resultan "extremistas", "fundamentalistas", "estrechos de mente", o cualquier otro calificativo por el estilo, para los que se jactan de liberalismo. 
Podría alguien decir que lo necesario no es ser liberal ni fanático, sinó equilibrado. El problema reside en lo que definimos como equilibrio. Para los más, ser equilibrado significa no adoptar ninguna posición en absoluto. No ser ni frío ni caliente. Tal es el espíritu de Laodicea.
Sin embargo, el evangelio de Cristo es "desequilibrado" en su misma esencia. No admite compromisos ni medias tintas.
Vayan como ejemplo estas cinco declaraciones categóricas de las escrituras:
  • "El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama". Mateo 12:30
  • "El que no amare al Señor Jesucristo, sea anatema. El Señor viene". 1 Corintios 16:22
  • "Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él". Romanos 8:9
  • "Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto". Mateo 5:48
  • "Maldito el que hiciere indolentemente la obra de Jehová". Jeremías 48:10
Bastante fuerte, ¿verdad? Ahora analicemos estas cinco frases una por una.
* La primera de ellas demanda identificación plena con la causa y con los intereses de Cristo. Todo lo demás es desparramar. Es un asunto urgente pensar que estamos haciendo con nuestra vida, cual será el resultado de nuestros esfuerzos. Cualquier cosa que hagamos sin tener en cuenta a Dios nos coloca en oposición a él y resulta en pérdida eterna. Y son los pequeños detalles, no las grandes acciones las que determinan el resultado final. ¿Pensaste alguna vez en lo terrible de ser considerado enemigo de Dios? La Biblia afirma categóricamente: "¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios". Santiago 4:4
* La declaración siguiente pone el acento en las motivaciones. La suprema y más necesaria de todas las motivaciones del cristiano debe ser el amor.
Pero no el difuso sentimiento que hoy se considera amor; que se aproxima más a una blanda aceptación de cualquier clase de práctica o conducta que al principio que el cielo acepta como válido. El amor del que se habla es el amor abnegado y fiel que tiene al Señor Jesucristo como centro. Amar a Jesús involucra rendirle todo, tanto los afectos como la voluntad. Si nuestro amor no es de esa clase, es anatema ¡qué tremendo!
* El tercer versículo se relaciona con el motor de nuestras motivaciones. Sin el Espíritu, nada vale. Y esto es así de terminante porque sin su presencia no puede haber renovación de la vida. Sin un cambio interior, toda nuestra actividad religiosa es pura cáscara, árido formalismo, inútil trabajo y tiempo malgastado. Nicodemo recibió una solemne lección de boca de Jesús mismo, a la que haríamos bien en prestar atención: "De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios". Juan 3:5
* En cuarto lugar, Dios eleva la marca a un nivel inalcanzable por medios humanos.
¿Quién puede ser perfecto?
Pero la perfección de la que habla la Biblia es la que obtenemos de la diaria comunión con el Señor, dándolo todo y recibiendo todo en retribución. Quiero hacer notar que cuando hablo de dar y recibir todo, hay una enorme diferencia de grado entre lo que damos y lo que se nos otorga. En realidad no damos nada de valor y recibimos TODO a cambio.
Cuando le entregamos todo a Cristo, lo nuestro es pura escoria: nuestro corazón estropeado por el pecado, nuestra vida arruinada por malas decisiones; en fin un registro manchado, sin nada de perfección. Recibimos en su reemplazo el perdón de Jesús, su justicia, el don del Espíritu, poder moral y fuerza para resistir la tentación... Eso sin contar la promesa de la vida eterna y todo lo que trae aparejado...
* El último de los cinco textos apunta a nuestras acciones, que son consecuencia de todo lo antes dicho. Si nos hemos identificado completamente con su causa, si nuestras motivaciones son correctas, impulsadas y guiadas por el Espíritu divino, si hemos recibido la perfección que solo Cristo otorga, el resultado natural será dar testimonio de lo que hemos encontrado y recibido. La indolencia en la obra del Señor, por lo tanto, es una clara muestra de que no tenemos algo relevante para decir y nos coloca bajo maldición.
¿Cómo callar? ¿Callar cuando hemos recibido el perdón, la justificación, la paz del alma, el carácter y la mente de Cristo y además somos parte de la familia celestial con pleno derecho al árbol de la vida? Deberíamos considerarlo un acto criminal.
Las palabras que anteceden pueden resultar duras, pero en realidad, lo que hacen es mostrar que la salvación y la vida eterna no son cosas de poca monta, que el amor de Dios no puede ser menospreciado sin consecuencias, que alcanzar el cielo no es cuestión de broma.
Nuestro amoroso Dios puso en acción todos los recursos disponibles para que seamos salvos, por lo tanto espera que le concedamos toda nuestra atención a sus advertencias, para no errar por el camino. Es nuestro privilegio identificarnos plenamente con la causa del evangelio; cualquier costo que haya que pagar resulta demasiado barato en relación con lo que nos espera.
Finalizo con una bella promesa que es igual de categórica: "Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre". Juan 10:27-29

viernes, 22 de octubre de 2010

MIA Y LAS MIGAS DE PAN

"Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos. Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora". Mateo 15:26-28
Hace un par de años entró a nuestras vidas una simpática y cariñosa perrita, dueña de una sensibilidad muy especial; se convirtió en la sombra de mi hija y en la mimada de toda la familia. Le pusimos por nombre "Mía".
Aunque tratamos de educarla lo mejor posible, adquirió con el tiempo una costumbre singular; su inexplicable pasión por las migas de pan.
Y no es que pase hambre, o que le falte el alimento. Simplemente, cuando advierte que hay migajas, pierde todo interés por cualquier otro alimento que le demos. Espera con paciencia que terminemos de comer, para hacerse cargo con todo entusiasmo de las migas que caen cuando se sacude el mantel, e incluso come las que les lanzamos en el patio a los pajaritos. No presta la más mínima atención a la abundante comida en su plato; las migas son su deleite, su pasión.
Este hábito curioso de mi perrita me hizo recordar el incidente de la mujer sirofenisa que buscó con persistencia el auxilio de Jesús.
Elena White comenta: "La mujer presentaba su caso con instancia y creciente fervor, postrándose a los pies de Cristo y clamando: "Señor, socórreme." Jesús, aparentando todavía rechazar sus súplicas, según el prejuicio despiadado de los judíos, contestó: "No es bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos"... Esta respuesta habría desanimado completamente a una suplicante menos ferviente. Pero la mujer vio que había llegado su oportunidad. Bajo la aparente negativa de Jesús, vio una compasión que él no podía ocultar. "Sí, Señor  mas los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores." Mientras que los hijos de la casa comen en la mesa del padre, los perros mismos no quedan sin alimento. Tienen derecho a las migajas que caen de la mesa abundantemente surtida. Así que mientras muchas bendiciones se daban a Israel, ¿no había también alguna para ella? Si era considerada como perro, ¿no tenía, como tal, derecho a una migaja de su gracia?" El Deseado de Todas las Gentes pag. 401
De este relato de la Biblia podemos extraer varias lecciones.
La primera de ellas es que todos tenemos el mismo derecho a las abundantes bendiciones de Dios. Tanto los que conocen la verdad como los que buscan al Señor sin conocerla plenamente, tienen acceso a la misma fuente de gracia y plenitud.
El que no hace acepción de personas y hace salir el sol y caer la lluvia sobre buenos y malos, no escatima sus bondades a quien las solicita. "Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación". Santiago 1:17
No hay lugar, entonces, para el orgullo denominacional, tan caro para muchos. No existen los "adventistas de cuna" (en el sentido de tener algún privilegio por ello), ni debemos referirnos a los que no son de nuestra fe como "los de afuera".
Los discípulos no vieron en la mujer alguien digno de recibir nada del Salvador, pero Cristo la bendijo conforme a su fe. Cuidemos de parecernos a ellos, siendo exclusivistas.
Por otro lado, corremos el peligro de olvidar las abundantes bendiciones que el Señor tiene disponibles, para alimentarnos con "migajas".
No debemos conformarnos con:
  • Migajas de oración. Oramos poco y recibimos poco de las gracias celestiales que se alcanzan por la persistencia en la oración secreta, que es la llave que da acceso a todos los recursos del cielo. No seamos escasos en pedir, alabar y agradecer Recordemos la promesa: "y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. " Juan 14:13
  • Migajas de comunión. Para muchos, basta ir a la iglesia de vez en cuando; relacionarse con sus hermanos en la fe apenas un poco. Prefieren andar por la vida solos o en compañía de quienes no tienen su misma fe. Deberíamos imitar la actitud de David cuando dijo: "Vale más pasar un día en tus atrios que mil fuera de ellos; prefiero cuidar la entrada de la casa de mi Dios que habitar entre los impíos." Salmos 84:10
  • Migajas de su palabra. La lectura de la Biblia no tiene nada de mágico, pero es el medio dispuesto por el cielo para la nutrición espiritual. Que podamos decir con el profeta: "Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón" Jeremías 15:16
¿Qué resultados se obtienen de esta actitud descuidada y pobre? Solamente tendremos:
  • Migajas del Espíritu
  • Migajas de fe
  • Migajas de poder
Por último, Jesús alabó la fe de la mujer, que con una sorprendente humildad ignoró el rechazo de los discípulos y las palabras duras pronunciadas por los labios de Cristo.
Como el corredor que se aproxima a la meta, ella perdió de vista su ego y sus propios intereses en pos de la sanidad de su amada hija. Obtener la gracia estaba antes que su orgullo, y si no podía tenerlo todo, ansiaba al menos las migajas de la plenitud divina.
¿Te han tratado alguna vez de perro?
Jesús mismo había insultado a esta mujer, y sin embargo no hizo caso. Conozco muchas personas que cuando se sintieron maltratadas o insultadas por un hermano, se ofendieron y abandonaron la fe.
Cuando nuestro ego está por encima del deseo de alcanzar la gracia divina, nos encontramos en gravísimo peligro. Que su perseverante humildad, digna de un sincero y contrito hijo de Dios sea nuestro ejemplo a seguir.
¿Te conformas con migas habiendo un suculento banquete a tu disposición?
¿Es tu orgullo un obstáculo para recibir la plenitud del Espíritu?
No pierdas de vista que a pesar de lo que los hombres puedan hacer o decir, Él no ha cambiado. Todavía sigue siendo el mismo.
"Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús". 
Efesios 2:4-7

GRACIAS SEÑOR


Gracias Señor, por tu voz tan quieta
que se hace oír cuando el dolor aprieta
y es como ungüento de consuelo santo
que neutraliza mi cruel quebranto.

Gracias Señor, por tu amistad contínua
que me liberta de toda ruina
dándome fuerza para seguir
por el sendero del buen vivir.

Gracias Señor, porque tú existes
para los pobres, para los tristes,
para el humilde de corazón
que arrepentido busca el perdón.

En fin, Señor, gracias por todo
lo que eres, y por el modo
tan compasivo que hay en tí.
Yo soy tu hijo, ven, mora en mí. 

Autor anónimo

jueves, 21 de octubre de 2010

LA MAYOR EVIDENCIA DE CRISTIANISMO

"¡Cuán bueno y cuán agradable es que los hermanos convivan en armonía! Es como el buen aceite que, desde la cabeza, va descendiendo por la barba, por la barba de Aarón, hasta el borde de sus vestiduras. Es como el rocío de Hermón que va descendiendo sobre los montes de Sión. Donde se da esta armonía, el Señor concede bendición y vida eterna". Salmos 133:1-3 NVI
El plan original de Dios para su iglesia es que sea tanto una escuela en la que aprendamos a conocer a Dios y el modo de vida del cielo, como un hospital en el que los heridos por el pecado puedan ser restaurados a una plena salud espiritual. La materia de estudio y la medicina para cada uno de los que allí acuden se encuentra en la Palabra de Dios.
La Biblia es el medio designado por el Señor para que podamos comprender su voluntad y alcanzar la renovación del alma; pero la comunión con nuestros hermanos es la forma en que encontramos, en medio de las fatigas de la vida, la "bendición y vida eterna".
El sincero afecto de quienes creen como nosotros, su franca y leal amistad, el compartir nuestras cargas y pesares con los que pasan idénticas vicisitudes, poder disfrutar juntos de la adoración ferviente y sincera, son goces que anticipan la patria celestial.
Cuando nuestras cargas parezcan aplastarnos, la iglesia debería ser nuestra ciudad de refugio y nuestros hermanos el bálsamo que calme nuestro dolor y cubra nuestras heridas. En los momentos en que disfrutamos de la bendición del Señor, también deberíamos encontrar allí quienes se alegren con nosotros, sin rastros de envidia o menosprecio.
¡Cuánto necesitamos de la comunión de nuestros hermanos!
En un mundo dividido por el egoísmo, el odio y la maldad, el amor fraternal es la mayor evidencia en favor del cristianismo.
Que podamos apoyarnos unos a otros, convivir en paz, mostrar abnegación y desprendimiento, alegrarnos con los que se alegran y llorar con los que lloran; en suma, en ser una famila unida y feliz, resultan mejores argumentos que cualesquiera otros que podamos presentar. El mayor logro de la iglesia debería resultar en vidas transformadas que puedan vivir en paz consigo mismas y con las demás.
Lamentablemente, no siempre resulta así...
El aceite de la armonía ha dejado en muchos casos de descender sobre quienes profesan ser hijos de Dios. Un espíritu agitado de denuncia, rebelión, murmuración, quejas y descontento, se ha posado sobre la iglesia, empañando las relaciones y convirtiendo en un infierno lo que debería ser un anticipo del cielo.
Quisiera compartir una aleccionadora cita relacionada con la historia de David cuando era fugitivo de Saúl:
"Todo fracaso de los hijos de Dios se debe a la falta de fe. Cuando las sombras rodean el alma, necesitamos luz y dirección, debemos mirar hacia el cielo; hay luz mas allá de las tinieblas. David no debió de desconfiar un solo momento de Dios. Tenía motivos para confiar en él: era el ungido del Señor, y en medio de los peligros había sido protegido por los ángeles de Dios; se le había armado de valor para que hiciera cosas maravillosas; y si tan sólo hubiera apartado su atención de la situación angustiosa en que se encontraba, y hubiera pensado en el poder y la majestad de Dios, habría estado en paz aun en medio de las sombras de muerte... "
Cuando era un jovencito, en la relativa tranquilidad de su vida pastoril, sus hermanos y su familia le menospreciaban. Esto se vió cuando Samuel fue a ungirlo como rey y en el trato despectivo que le dieron en el incidente con Goliat. 
David se encontró más tarde en una situación precaria, sin más remedio que escapar de la ira del rey. Solo y desamparado, flaqueó en la fe. Pero al recibir a sus familiares en la cueva de Adulam, la luz brilló nuevamente en su alma. El apoyo de sus seres queridos afirmó y fortaleció su vacilante confianza.
La cita continúa así: "En las montañas de Judá, David buscó refugio de la persecución de Saúl... "Lo cual como oyeron sus hermanos y toda la casa de su padre, vinieron allí a él." En la cueva de Adulam, la familia se hallaba unida por la simpatía y el afecto. El hijo de Isaí podía producir melodías con la voz y con su arpa mientras cantaba: "!Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos igualmente en uno!" (Sal 133: 1.) Había probado las amarguras de la desconfianza de sus propios hermanos; y la armonía que había reemplazado la discordia llenaba de regocijo el corazón del desterrado". Patriarcas y Profetas Página 657, 658
No fueron simplemente de visita. En aquellos tiempos, cuando alguien caía en desgracia ante un rey, su familia también era exterminada. El peligro común unió entonces a David y sus hermanos. Cuando la casa de Isaí tuvo que compartir la suerte del héroe perseguido, enfrentando la persecución, la pérdida de sus bienes y el riesgo de perder la propia vida, sus lazos familiares se recompusieron y reinó entre ellos la armonía. Las diferencias pasaron a un segundo plano por la urgencia de la situación. Entonces la cueva se convirtió en un palacio.
¿Tendrá que pasarnos lo mismo?
¿Será que únicamente la persecución y la amenaza de muerte inminente nos unirán?
¿Necesitaremos perderlo todo para quedarnos con lo único importante?
¿Tendremos que estar mal para llevarnos bien?
¡Qué paradoja!
Aunque el tiempo de angustia que probará a cada alma está a las puertas, no debemos esperar a que llegue para amar a nuestros hermanos. No hay en el cielo lugar para los celos, la desunión, la desconfianza o las contiendas por el poder. No las deberíamos ver tampoco en la iglesia.
El mundo ya tiene bastante de eso. Es su espíritu, no el nuestro.
Jesús colocó el blanco de la testificación exitosa en el verdadero lugar cuando dijo: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros". Juan 13:35
Lograremos el éxito en nuestra misión cuando el amor, que es el "modus vivendi" del cielo reine en nuestros corazones. Convenceremos a los demás, no con el poder de sonoros argumentos, sino por la callada e irresistible fuerza del afecto fraternal.
Tenemos que aprender a convivir en paz y armoniosamente para recibir "bendición y vida eterna".
Necesitamos hacer hoy un esfuerzo especial en favor de la concordia entre quienes pretendemos habitar las mansiones eternas, porque no habrá para cada uno una nube diferente, sino una única ciudad en la que viviremos todos juntos. 
Llenemos de alegría el corazón de nuestro Padre Celestial cumpliendo su mandamiento más notable: amarnos unos a otros.
"¡Cuán bueno y cuán agradable es que los hermanos convivan en armonía! Es como el buen aceite que, desde la cabeza, va descendiendo por la barba, por la barba de Aarón, hasta el borde de sus vestiduras. Es como el rocío de Hermón que va descendiendo sobre los montes de Sión. Donde se da esta armonía, el Señor concede bendición y vida eterna". Salmos 133:1-3 NVI