domingo, 4 de julio de 2010

NUESTRO AYUDADOR

Demasiado a menudo olvidamos que sin la presencia de Dios en nuestra vida no somos nada. Andamos por la vida con la confianza puesta en nuestras "habilidades" innatas o adquiridas, creyendo que existen situaciones en las que nos podemos manejar solos.
Si alguien interfiere en nuestras labores habituales con consejos, es un pesado. Nos molesta también por ejemplo, que nos den indicaciones sobre cosas que ya sabemos, o que quieran enseñarnos algo que ya damos por conocido.
Pongo por caso el atarse los zapatos. Con frecuencia los alumnos más pequeños acuden, sin asomo de vergüenza, pidiendo ayuda en esa tarea que para ellos resulta complicada. Pero si nos ofreciéramos a hacerlo a un niño de 6º grado, o peor aún, a un adulto, se ofenderían sin remedio.
Probablemente protestarían diciendo: -¡yo puedo solo!
Tal vez alguien piense que es un ejemplo muy tonto. Lo malo de esto es que esta misma actitud la trasladamos al ámbito espiritual. Creemos que podemos enfrentar solos las trampas que el Diablo pondrá en nuestro camino y por ello fracasamos sin remedio.
Olvidamos que hacemos frente a un experto en poner trampas “caza bobos”, como las que ponían los soldados en la guerra para hacer caer a los desprevenidos.
Precisamente por eso el Señor permite que pasemos por penosas situaciones en las que nos podamos desencantar de nosotros mismos y así aprender lecciones de dependencia.
David tuvo que pasar buena parte de sus mejores años como fugitivo. Su constante zozobra e inseguridad le llevaron a buscar repetidamente la dirección divina y a reconocer su fragilidad.
Así lo expresó en este hermoso salmo:
“A no haber estado Jehová por nosotros,
Diga ahora Israel;
A no haber estado Jehová por nosotros,
Cuando se levantaron contra nosotros los hombres,
Vivos nos habrían tragado entonces,
Cuando se encendió su furor contra nosotros.
Entonces nos habrían inundado las aguas;
Sobre nuestra alma hubiera pasado el torrente;
Hubieran entonces pasado sobre nuestra alma las aguas impetuosas.
Bendito sea Jehová,
Que no nos dio por presa a los dientes de ellos.
Nuestra alma escapó cual ave del lazo de los cazadores;
Se rompió el lazo, y escapamos nosotros.
Nuestro socorro está en el nombre de Jehová,
Que hizo el cielo y la tierra”
. Salmos 124
¿No deberíamos también nosotros reconocer esto?
Sin la constante protección que nuestro amante Dios nos proporciona, caeríamos presa de nuestro hábil enemigo. Seríamos como aves incautas, tan indefensos para contener su avance como quien intenta contener una inundación.
Cuando entremos en nuestra morada celestial y podamos conversar con nuestros ángeles enterándonos de los peligros de los cuales nos libraron, ¡qué sorpresas habrá!
Brotarán de nuestras bocas canciones de alabanza por la gran liberación que Dios realizó.
Pero no tenemos que esperar al futuro para hacerlo. Necesitamos hoy ese humilde reconocimiento de nuestra total y absoluta incapacidad para hacer frente al pecado. Deberíamos deshacernos de la confianza propia y ser como niños; sencillos y dependientes.
Comienza hoy el día reconociendo que:
“Nuestro socorro está en el nombre de Jehová,
Que hizo el cielo y la tierra”.

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