viernes, 12 de marzo de 2010

CRISTO COMO JUEZ

"Vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo, diciendo a gran voz: Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas." Apocalipsis 14:6,7
Revisando las entradas anteriores del blog, encontré que una de ellas (ver http://willygrossklaus.blogspot.com/2009/10/los-tres-tronos-del-juicio.html) todavía esperaba continuación y quiero volver sobre el tema.
La declaración bíblica inicial nos llama a prestar atención al evangelio eterno y a adorar al creador en el contexto del juicio de Dios.
Yo sé que el juicio no es un tema agradable para muchos, que prefieren hablar únicamente del amor divino manifestado en Jesús que vino a morir por los pecadores.
Pero ver a Jesús sólo como quién murió por nuestros pecados es limitar el alcance del plan de redención. 
La Biblia menciona que Cristo es también nuestro Creador, Sustentador, Garante, Sustituto, Justicia de Dios, Propiciación por el pecado, Abogado, Intercesor y Juez. Su obra en nuestro favor es necesariamente compleja y abarcante pues debe dar una respuesta definitiva a los interrogantes que el pecado introdujo sobre el carácter de Dios.
El juicio en verdad no trata tanto sobre nosotros, sino sobre Dios mismo, que es acusado por Satanás de ser un tirano duro y arbitrario que somete el libre albedrío de los seres que creó por medio de una ley injusta y limitante. Su justicia debe ser vindicada ante el universo entero.
No obstante, cada actor del drama tiene una responsabilidad por la cual dar cuenta, por ello el juicio nos incluye. Y aunque somos salvados por gracia por medio de la fe, seremos juzgados por nuestras obras (que son la respuesta humana a la gracia de Dios).
La norma del juicio será su ley (los 10 mandamientos) como expresión de Su carácter.
Respecto a quién nos juzgará, hay algunas declaraciones bíblicas que suenan aparentemente contradictorias:
  • "Al que oye mis palabras, y no las guarda, yo no le juzgo; porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo". Juan 12:47
  • "Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo". Juan 5:22
  • "Y Jesús les dijo: De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros... os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel". Mateo 19:28
Al final: ¿nos juzgará el Padre, el Hijo, o lo haremos nosotros mismos?
Todas estas afirmaciones son correctas. Sólo que en tiempos diferentes.
Primero, la Escritura afirma que lo hará Jesús: "por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos". Hechos 17:31
Será nuestro Juez porque primero ha sido nuestro Redentor en el Calvario y nuestro Sumo Sacerdote intercesor en el Santuario del cielo. Tiene todo el derecho, adquirido en la cruz, de dar a cada uno el pago conforme a la aceptación o el rechazo de su gracia.
Los justos deben ser examinados primero, (ver Hebreos 9:27-28 ) y luego los impíos, como lo afirma este pasaje: "Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios? Y: Si el justo con dificultad se salva, ¿En dónde aparecerá el impío y el pecador?" 1 Pedro 4: 17,18
Ese juicio es previo al advenimiento de Cristo, como profetizó Daniel: "Estuve mirando hasta que fueron puestos tronos, y se sentó un Anciano de días... millares de millares le servían, y millones de millones asistían delante de él; el Juez se sentó, y los libros fueron abiertos... Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido". Daniel 7:9-14
En segundo lugar, dice que lo haremos nosotros: "¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois indignos de juzgar cosas muy pequeñas? ¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles?" 1 Corintios 6:2,3
La parte del juicio que nos toca es simplemente comprobar que el Señor ha obrado con equidad en su trato con el mal (ver Dan. 7:22; Apoc. 20:4). Durante los mil años posteriores a su venida, que pasaremos en el cielo, podremos revisar los registros divinos y desechar por completo las dudas que podríamos tener sobre su justicia.
Finalmente, también nos juzgará el Padre: "Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras." Apocalipsis 20:11,12
Cuando toda duda quede aclarada y toda objeción haya sido resuelta para satisfacción de cada criatura que puebla el cosmos, Él se sentará para dictar la sentencia final, aniquilando a los rebeldes (tanto los hombres como Satanás y sus ángeles) y restableciendo la armonía del universo para toda la eternidad venidera.
¿Te imaginas un mundo libre de toda clase de mal, sin tristeza, injusticia, mentira, dolor y sufrimiento? Ya viene. El juicio lo hará realidad.
Anhelemos ese día cuando "en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre". Filipenses 2:10,11

Nota final:
Ver también los siguientes pasajes referidos al tema: Eclesiastés 12:13-14  - Juan 12:48 - Romanos 14:10 - Apocalipsis 11:18 - Mateo 25:31

martes, 9 de marzo de 2010

HERIDAS DE GUERRA

Todos llevamos cicatrices. Algunas son visibles y otras invisibles pues se hallan en lo más profundo de nuestras almas. Las cicatrices evidentes pueden en algunos casos ser motivo de verguenza y tratamos de cubrirlas, pero hay otras de las que nos enorgullecemos. Los soldados muestran sus heridas de guerra con manifiesta satisfacción como prueba de su valor en combate y les agrada contar como las recibieron. Los mayores gozan en mostrar las huellas de su trabajo y son fuente de repetidas e inagotables historias para sus hijos y nietos.
Las heridas emocionales son otra cosa, pues sin excepción tratamos de ocultarlas de la vista de los demás.
Cada hijo e hija de Adán ha sido herido, mutilado y desgarrado por el pecado, que nos ha golpeado por fuera y por dentro con una terrible furia proveniente del Maligno y clamamos como el salmista:"Mi corazón está dolorido dentro de mí, y terrores de muerte sobre mí han caído. Temor y temblor vinieron sobre mí, y  terror me ha cubierto. Y dije: ¡Quién me diese alas como de paloma! Volaría yo, y descansaría. Ciertamente huiría lejos; moraría en el desierto. Me apresuraría a escapar del viento borrascoso, de la tempestad." Salmos 55:4-8
Familias desgarradas por hijos rebeldes, divorcios y contiendas, la enfermedad, la pobreza, las calamidades, la violencia irracional, la guerra y un sinnúmero de otras desgracias acosan a la humanidad con saña creciente haciendo que el siguiente abismo de maldad que nos espera sea más insondable que el anterior.
Sin embargo hay esperanza en las heridas. Las manos y pies lacerados de Cristo que Tomás deseaba tocar abrieron para nosotros el camino de la salvación. Las heridas de guerra de nuestro Salvador, que fue varón de dolores y experimentado en quebranto, son la garantía de nuestra paz eterna. "Y le preguntarán: ¿Qué heridas son estas en tus manos? Y él responderá: Con ellas fui herido en casa de mis amigos". Zacarías 13:6
Los estigmas causados por nuestros pecados y transgresiones en su cuerpo bendito nos han reconciliado con el Padre, nos han abierto las puertas del Paraíso de Dios y dado acceso al árbol de la vida.
Las marcas imborrables de los clavos que Jesús llevó al cielo nos dicen que nuestras propias heridas un día desaparecerán. Tanto las cicatrices externas como las que llevamos grabadas a fuego en nuestro ser más íntimo, serán borradas cuando acabe el conflicto y seamos tranformados en un instante al recibir cuerpos inmortales y perfectos.
"Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra han pasado" (Apoc. 21: 1, VM). El fuego que consume a los impíos purifica la tierra. Desaparece todo rastro de maldición. . .     Sólo queda un recuerdo: Nuestro Redentor llevará siempre las señales de su crucifixión. En su cabeza herida, en su costado, en sus manos y en sus pies se ven las únicas huellas de la obra cruel efectuada por el pecado. . . En sus manos y su costado heridos, de donde manó la corriente purpurina que reconcilió al hombre con Dios, allí está la gloria del Salvador, "allí mismo está el escondedero de su poder". "Poderoso para salvar" por el sacrificio de la redención, fue por consiguiente fuerte para ejecutar la justicia para con aquellos que despreciaron la misericordia de Dios. Y las marcas de su humillación son su mayor honor; a través de las edades eternas, las llagas del Calvario proclamarán su alabanza y declararán su poder. 
    La cruz de Cristo será la ciencia y el canto de los redimidos durante toda la eternidad. En el Cristo glorificado contemplarán al Cristo crucificado.... Cuando las naciones de los salvos miren a su Redentor y vean la gloria eterna del Padre brillar en su rostro; cuando contemplen su trono, que es desde la eternidad hasta la eternidad, y sepan que su reino no tendrá fin, entonces prorrumpirán en un cántico de júbilo: "¡Digno, digno es el Cordero que fue inmolado, y nos ha redimido para Dios con su propia preciosísima sangre!" ¡Maranata: El Señor Viene! Página 360

sábado, 6 de marzo de 2010

DIOS GUIARÁ A SU PUEBLO

Reproduzco esta meditación que me gustó mucho, tal cual como aparece:
"Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti". (Isa. 43: 2).

"Dios tiene una iglesia en la tierra, que es su pueblo escogido, que guarda sus mandamientos. Él está conduciendo, no ramas extraviadas, no uno aquí y otro allá, sino un pueblo.
No hay motivo para dudar, ni temer que la obra fracase. Dios está al frente de ella y dirigirá todas las cosas. Si hay asuntos que necesitan enmienda en la dirección de la obra, Dios atenderá eso y corregirá los errores. Tengamos fe en que Dios conducirá el noble barco que lleva su pueblo hasta el puerto de seguridad.
Mientras viajaba de Portland a Boston hace muchos años (fines del siglo XIX), se levantó una tormenta y las inmensas olas nos azotaban sin piedad. Los candelabros cayeron y los baúles rodaban de un lado a otro como pelotas. Los pasajeros estaban atemorizados y muchos gritaban temiendo perecer.
Después de un rato el piloto subió a bordo. Mientras tomaba el timón, el capitán se puso en pie junto a él y expresó su temor en cuanto al rumbo del barco. "¿Quiere tomar el timón?" le preguntó el piloto. El capitán no estaba dispuesto a hacerlo porque sabía que le faltaba experiencia. Luego algunos pasajeros se pusieron nerviosos y expresaron su temor de que el piloto los iba a estrellar contra las rocas. "¿Quieren tomar el timón?" les preguntó el piloto. Pero ellos sabían que no podían hacerlo. Cuando penséis que la obra está en peligro, rogad: "Señor, toma el timón. Condúcenos a través de las perplejidades. Llévanos a salvo hasta el puerto". ¿No tenemos acaso razones para creer que el Señor nos conducirá triunfalmente? . . .   Con vuestra mente finita no podéis entender todas las providencias de Dios. Permitid que él dirija su obra".
¡Maranata: El Señor Viene! Pág. 127

sábado, 27 de febrero de 2010

INVULNERABLES

Cuenta  la mitología nórdica, que el héroe Sigfrido forjó de nuevo la espada de su padre y con ella atravesó el corazón del dragón, en cuya sangre se bañó para hacerse invulnerable. Sólo un lugar de su espalda —donde cayó una hoja de tilo— no fue cubierta por la sangre. El paralelismo con el héroe Aquiles de la mitología griega es asombroso: Aquiles se hizo también invulnerable cuando su madre lo bañó en la laguna Estigia, y sólo en el talón (de donde le sujetaba) era mortal. Ambos personajes murieron al ser heridos en el único lugar vulnerable que tenían.
Los hijos de Dios también son invitados a colocarse una armadura (Efesios 6:10-17), que los hace inmunes a "los dardos encendidos del maligno".
La exhortación a revestirse toda la armadura celestial para poder resistir al diablo, no es casual. Si carecemos de alguna parte de ella, correremos sin duda la suerte de Sigfrido y Aquiles.
"Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno.  Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios."
En nuestra lucha contra el enemigo de las almas, necesitamos este bagaje espiritual para poder estar firmes, es decir para alcanzar la victoria. Sin la verdad, la justicia, el evangelio, la fe, la salvación y la Palabra de Dios nadie podrá resisitir con éxito. Nos fueron dados por el Señor con un propósito.
Con dolor he visto, sin embargo, a muchos que parecían buenos cristianos renunciar a alguna parte de la armadura, por entender que "no es necesaria para su relación con Jesús".
El marcado énfasis relacional de la experiencia cristiana, que es bueno en sí mismo, puede también conducir a los engañados al error de dejar fuera la obediencia a la verdad, revestirse con su propia justicia, olvidar el evangelio y dejar de confiar en la eficiencia de las armas sagradas.
Vez tras vez he visto a amigos queridos abandonar el evangelio con el autoengaño de que "hago esto o aquello pero no me aparto de Jesús"; o bien, "ya no voy a la iglesia, pero mi fe está firme".
Confunden la absoluta consagración y pureza del alma que Dios demanda con simples requerimientos humanos o como algo que la iglesia impone pero que no es relevante para la salvación.
El demonio reviste a muchos de una falsa seguridad de que pueden seguir unidos a Cristo mientras dejan de lado las cosas que creen accesorias de la fe. Pero ciertamente, la verdad de Dios no tiene requerimientos descartables. No hay tal cosa como mandamientos sin importancia o pasados de moda.
Cuando empezamos a pensar que apartarse de ciertas compañías, modas y prácticas, -tal como lo aconseja la Biblia- en lugar de ser una necesidad, constituye una desventaja impuesta por personas que desean controlarnos o engañarnos, caminamos por el mortal territorio del maligno.
"No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente... Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso". 2ª Corintios 6:14-18
Ceñirse con el cinto de la verdad implica sujetar todos nuestros deseos, intereses y pensamientos al desarrollo de la voluntad de Dios en nuestra vida. En ella hallaremos libertad para obedecer sus mandamientos. "Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (Juan 8:32). La verdad sólo alcanza su eficacia cuando forma parte de nuestro ser más íntimo.
Por otro lado, no podemos pretender recibir la justicia de Cristo como un manto para tapar la deformidad de nuestro corazón pecaminoso. Necesitamos revestirnos de ella: "En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos,  y renovaos en el espíritu de vuestra mente,  y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad". Efesios 4:22-24
Nuestros deseos, viciados y engañosos como son, no pueden jamás constituirse en norma de justicia.
Tampoco podemos vivir simplemente una vida "de iglesia", sin compartir el evangelio. Debemos llegar a los perdidos y alcanzar sus corazones como lo hacía Jesús, renunciando a lo que sea necesario para que puedan ser salvos.
La Biblia, y la Biblia sola debe marcar el rumbo de nuestras vidas y determinar nuestros blancos. Recibir el poder para vivir en santidad debe ser lo más importante para cada uno de los que nos decimos cristianos: "Por lo cual también nosotros sin cesar damos gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes". 1ª Tesalonicenses 2:13
¿Estás vestido de toda la invulnerable armadura de Dios?
La invitación del Señor es que lo hagamos sin demora porque: "La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz". Romanos 13:12

miércoles, 24 de febrero de 2010

CLAMORES

"Salva, oh Jehová, porque se acabaron los piadosos; Porque han desaparecido los fieles de entre los hijos de los hombres". Salmos 12:1
¡Yo clamaba por esto...!
Esto decía una vecina, muy amiga de usar  expresiones bíblicas en la vida diaria, lo que hace muy pintoresco su hablar. No estaría mal en verdad, si no fuera que vivimos en una zona en que se habla un singular castellano (¿o argentino?) con tintes de guaraní.
Por aquí ya no se usa en forma corriente la palabra clamor, que tiene un significado de pedir, llamar, quejarse o solicitar algo de modo imperioso.
En la Escritura aparece muchas veces y con variados matices esta expresión, pero quiero enfocarme en el clamor por la salvación.
Cuando el pecado hace sentir todo su rigor, cuando el desastre, la aflicción o la maldad nos acechan, suplicamos por ayuda. A veces solamente queremos librarnos de un problema inmediato, pero en el fondo, todos deseamos que nuestros males tengan una solución definitiva. Multitudes acuden a sus líderes políticos, civiles o religiosos para que den respuesta a sus clamores. Sin embargo, buscar respuestas en el hombre nos acarreará únicamente chascos e insatisfacción. Es que el ser humano no está capacitado para solucionar sus propios males de fondo (el sufrimiento, la enfermedad, la muerte, etc.).
En la hambruna que siguió al sitio de Samaria por los sirios en tiempos de Eliseo, el impío rey respondió así al clamor de una mujer desesperada: "Y él dijo: Si no te salva Jehová, ¿de dónde te puedo salvar yo? ¿Del granero, o del lagar?" 2 Reyes 6:27
No, en el hombre no hay salvación. La única salida está en Jesús.
 La Biblia confirma que "en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos". (Hechos 4:12)
En la historia de Pedro caminando sobre las aguas hay lecciones valiosas que podemos considerar. "Entonces le respondió Pedro, y dijo: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas. Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame! Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento".  Mateo 14:28-32
Los críticos de turno cargarán las tintas sobre el discípulo de "poca fe"; pero casi nadie piensa en los otros once que se quedaron en la relativa seguridad de lo conocido (el bote), antes que aventurarse a caminar sobre las aguas.
Lo cierto es que Pedro tuvo fe; escasa, pero fe al fin. Reclamó el poder del Salvador y buscó imitarlo, lo que no es poco. Necesitamos entre los creyentes más Pedros arrebatados y menos "sensatos" que no arriesgan.
Pero la historia continúa y el discípulo temerario no llegó a Jesús. Por el camino, dejó de fijar la vista en su Salvador y la terrible tormenta ocupó toda su atención. Como resultado, comenzó a hundirse y en su desesperación clamó: ¡Señor, sálvame! 
Nuestro maravilloso Redentor jamás desoye este tipo de clamores, cuando surgen de un corazón deseoso de su ayuda y de su presencia. Para nuestra felicidad, Él no nos niega su ayuda en nuestras flaquezas y dificultades, aún cuando fueren resultado de nuestra poca fe o falta de ella.
Pedro obtuvo el auxilio que solicitaba de inmediato, pues Jesús se goza en tender su mano al suplicante, librarle del mal y calmar los vientos tormentosos que envuelven su alma.
Podemos estar seguros que atenderá nuestro clamor.
Digamos con el salmista: "Mas yo a Jehová miraré, esperaré al Dios de mi salvación; el Dios mío me oirá". Miqueas 7:7