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domingo, 1 de abril de 2012

RECORDACIÓN, CELEBRACIÓN Y ANTICIPO I

“Oyendo esto uno de los que estaban sentados con él a la mesa, le dijo: bienaventurado el que coma pan en el reino de Dios”. Lucas 14:15
Pocos incidentes de la vida de nuestro Señor Jesucristo estuvieron tan cargados de significado como la última cena de pascua que compartió con sus discípulos en el aposento alto.
Él mismo expresó su profundo interés en llegar a este momento. La Escritura nos dice que: “cuando era la hora, se sentó a la mesa, y con él los apóstoles. Y les dijo: ¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca! Porque os digo que no la comeré más, hasta que se cumpla en el reino de Dios. Y habiendo tomado la copa, dio gracias, y dijo: Tomad esto, y repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta que el reino de Dios venga. Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama”. Lucas 22:14-20
Esta sencilla cena pascual, pasó de ser una simple comida entre amigos a convertirse en un monumento de su pasión, muerte y resurrección. La llamamos hoy de variadas maneras: Santa Cena, Cena del Señor, Comunión o Eucaristía. Todos estos nombres indican su trascendental importancia.
El rito que Cristo instauró se convirtió así en recordación de su inmenso sacrificio por nosotros, en celebración de nuestra liberación del pecado y en gozoso anticipo de nuestra reunión con él en el reino de los cielos.
Todos los acontecimientos previos de aquella cena fueron meticulosamente preparados para imprimir en la mente de sus seguidores lecciones valiosísimas. El hombre con el cántaro al que debían seguir, la pregunta que debían hacer, un propietario dispuesto a ceder un aposento alto ya preparado con todo lo necesario, la falta de un sirviente que les lavara los pies; todos estos detalles hablan de una anticipada planificación.
¿En qué momento hizo Jesús estos arreglos? Nadie lo sabe, pero estas previsiones hablan de un firme propósito divino.
En aquel lugar, mientras comían la cena de pascua, Jesús les dio instrucciones, enseñanzas y promesas maravillosas como las que se hallan registradas en los capítulos 13 al 16 de Juan. Sin duda les dijo algunas otras cosas que no están registradas en la Biblia, pero se puede notar que aprovechó esa ocasión al máximo.
El clímax se alcanzó en el momento de disfrutar de la comida. El cordero de la pascua ya no importaba, porque el verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo estaba allí mismo con ellos. El pan sin levadura y el vino sin fermento se transformaron entonces en símbolos adecuados de su vida y sacrificio exentos de la contaminación del pecado.
Partir el pan y beber de la copa pasaron de ser una cuestión alimenticia a convertirse en recordación del más grande sacrificio que la humanidad haya presenciado “haced esto en memoria de mí”.
La asociación de esta ceremonia con la liberación de Egipto se volvió en conmemoración de una liberación mucho más abarcante y perfecta, “porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros”. 1ªCorintios 5:7
El antiguo pacto celebrado con Israel dio paso a un nuevo pacto. Los símbolos se encontraron con la realidad. La promesa de redención halló su más pleno cumplimiento. Así el plan de Dios para salvar al hombre quedó para siempre representado en el pan y en el jugo de la vid.
¡Qué grandiosa sencillez tiene la sabiduría divina!
Cuando los creyentes se reúnen en la iglesia o en cualquier otra parte para participar del rito de la comunión, están recordando algo que seguiremos recordando por la eternidad. En los símbolos visibles de la cena se hacen presentes las realidades del mundo invisible. El amor, la misericordia y el perdón de Dios dejan de ser conceptos teológicos y se vuelven algo concreto y real.
Recordar nos obliga a olvidar. Olvidar nuestro egoísmo, orgullo y vanidad; olvidar los agravios que rumiamos, las absurdas rencillas, o los feos desencuentros que hayamos tenido. No son nada, sino un estorbo, a la luz del extraordinario amor de Jesús.
Y ese amor envuelve a los participantes en el mismo espíritu del cielo. Resulta entonces sencillo y natural humillar nuestras almas, perdonar a nuestros hermanos y unirnos con lazos de afecto perdurable.
Pero aún hay más. La cena del Señor es además un momento de celebrar y anticipar. Aunque de eso hablaremos en las siguientes entradas.
En otra cena en que Jesús participó, un entusiasta comensal no se pudo contener: “Oyendo esto uno de los que estaban sentados con él a la mesa, le dijo: bienaventurado el que coma pan en el reino de Dios”. Lucas 14:15
¿Aprecias el magnífico sacrificio de Cristo? ¿Participas de su recordación? ¿Recibiste su beneficios? Entonces eres bienaventurado.
Que en esta semana santa, el inigualable don de Jesús crucificado y resucitado impresione tu mente, tu corazón y tus sentidos. Que ninguna otra cosa sea tan valiosa para ti como tu Salvador. Que su amor te lleve al pie de la cruz para hallar liberación y vida eterna, son los fervientes deseos de quien esto escribe.

viernes, 16 de marzo de 2012

EXPERTOS EN JESÚS


“Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado”. 1ª Corintios 2:1,2
De cuando daba mis primeros pasos en la fe cristiana, recuerdo a un muchacho de mi edad, que decía que las hijas del pastor eran “expertas en oraciones”. Siendo tan novato como yo, había quedado impresionado que dos niñitas oraran con tanta seguridad y fervor.
Conocí también a personas que tenían un admirable conocimiento de la Biblia y de los asuntos de la iglesia; pero pocas veces me topé con verdaderos “expertos” en Cristo; personas que en todas las facetas de su ser reflejaran al Señor.
Existen muchísimos licenciados en teología, otros con Master, con doctorados, y así para arriba... Pueden haber personas muy calificadas en casi cada rama del saber eclesiástico: idiomas bíblicos, eclesiología, escatología, cristología y otras logías varias; pero un título no habilita a nadie como cristiano. Esta es una tesis que no necesito defender; la historia y los hechos lo avalan.
Entonces, ¿qué lo hace a uno experto en Jesús?
De los discípulos se relata: “Y se congregaron allí todo un año con la iglesia, y enseñaron a mucha gente; y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía”. Hechos 11:26
Los llamaron así puesto que su tema de conversación era -una y otra vez-, nuestro Señor Jesucristo. Su vida, sus enseñanzas, sus milagros, su resurrección, su amor, su perdón libremente ofrecido, y por sobre todo, la promesa de su regreso, eran su recurrente tema. Deberían ser también el tema de supremo interés de quienes nos apellidamos de su nombre.
Como Pablo lo afirma en el versículo de cabecera, deberíamos subordinar todos nuestros intereses a Jesucristo y a este crucificado.
Tampoco basta con hablar de Jesús para ser cristianos. No alcanza con el solo conocimiento del amor de Dios manifestado en el don de su Hijo. En realidad, nunca podremos alcanzar a comprender plenamente este majestuoso tema.
“El amor de Cristo constituye nuestro cielo. Pero cuando procuramos hablar de este amor, el lenguaje nos falta. Pensamos en su vida sobre la tierra, en su sacrificio por nosotros; pensamos en su obra en los cielos como nuestro abogado, en las mansiones que está preparando para los que le aman; y no podemos menos que exclamar: “¡Qué altura y qué profundidad del amor de Cristo!” Al detenernos al pie de la cruz captamos una leve idea del amor de Dios, y decimos: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados”. 1 Juan 4:10.
Pero al contemplar a Jesús apenas estamos tocando el borde de un amor que es inmensurable. Su amor es como un vasto océano, sin fondo ni orillas”. The Review and Herald, 6 de mayo de 1902.
Es necesaria una experiencia de comunión diaria y constante con él. Tener una conexión viva y permanente con Cristo es lo que nos habilitará para ser idóneos y expertos en el Salvador.
Si bien la relación con Jesús está basada en su gracia -a la que nada podemos agregar ni quitar-, hay cuatro aspectos que resultan fundamentales en ella:
  • El estudio de las Sagradas Escrituras. Aunque el conocimiento no habilita, la falta de él ¡mucho menos! Un experto es aquel que “procura con diligencia presentar[se] a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad”. 2ª Timoteo 2:14
  • La oración se constituye al mismo tiempo en lugar de refugio y fuente de fortaleza para el creyente. De rodillas ante el Eterno recibimos todo lo necesario para enfrentar cada conflicto, cada tentación y cada necesidad.
  • La meditación. Es el arte de apropiarnos de los pensamientos de Dios. Es mantener en nuestra mente lo que hemos leído, escuchado o experimentado acerca de nuestro Señor. De esta forma, sus pensamientos llegan a ser los nuestros, sus intereses llegan a ser nuestros intereses y sus deseos se hacen nuestros; así es como llegamos a tener la mente de Cristo.
  • El testimonio. Si no tenemos nada que contar, es porque no hemos estado con Jesús. El resultado natural de la comunión será la comunicación. Al mismo tiempo, cuando hablamos a otros del gran motivo de nuestros afectos, estos crecerán y se afirmarán más y más en Cristo.
Dios necesita expertos ¿Quieres ser uno?

viernes, 17 de febrero de 2012

EL DIOS DE LAS MULTIPLICACIONES

“Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra; y el que da semilla al que siembra, y pan al que come, proveerá y multiplicará vuestra sementera, y aumentará los frutos de vuestra justicia”. 2ª Corintios 9:8,10
El diablo y sus adherentes se ocupan de restar y dividir, los cristianos estamos para sumar, pero solamente Dios puede multiplicar.
La palabra multiplicar y sus derivadas aparecen más de un centenar de veces en la Biblia, tanto en contextos positivos como negativos; casi siempre como acciones provenientes de Dios.
En la misma creación el Señor ordenó que las aves y los peces se multiplicaran, y luego extendió esa facultad a Eva y Adán (ver Génesis 1:22 y 28). Mas tarde, cuando establece su pacto con Noé y sus hijos, les renueva la promesa de multiplicar su descendencia.
Al patriarca Abrahán, a Isaac, Jacob y a las doce tribus que salieron de éste, se les prometió reiteradamente que serían multiplicados más que las estrellas del cielo y que la arena del mar.
Pero nuestro maravilloso Dios sabe multiplicar mucho más que gente. En el desierto realizó milagros portentosos de multiplicación en favor de su pueblo que salía de Egipto.
  • Multiplica sus provisiones:
Trata de calcular cuantas codornices envió sobre los israelitas, cuanto maná cayó durante casi cuarenta años de peregrinación, o cuantos litros de agua salieron de la roca para abastecer a esa muchedumbre. Recuerda que eran alrededor de 600.000 hombres, sin contar mujeres, niños y ancianos. Un cálculo moderado estima en alrededor de 2.000.000 de personas aquella multitud.
Veamos solamente el maná. Un gomer por cabeza (2,20 litros) multiplicado por dos millones, multiplicado por 365 días, multiplicado por 38 años; ¡Da algo así como 562.628.000.000 de litros!
¡Increíble en verdad!
Dios multiplicó los alimentos en varias otras ocasiones: “Vino entonces un hombre... el cual trajo al varón de Dios...veinte panes de cebada. Y él dijo: Da a la gente para que coma. Y respondió su sirviente: ¿Cómo pondré esto delante de cien hombres? Pero él volvió a decir: Da a la gente para que coma, porque así ha dicho Jehová: Comerán, y sobrará. Entonces lo puso delante de ellos, y comieron, y les sobró, conforme a la palabra de Jehová”. 2ª Reyes 4:42-44
Recordemos además que Jesús alimentó a una multitud con cinco panes y dos peces, repitiendo luego el milagro ante unos cuatro mil hombres. Su poder no tiene límites numéricos.
  • Multiplica también sus promesas y su misericordia.
En 2ª Pedro 1:4, se habla de de sus promesas como "preciosas y grandísimas".
Toma un tiempo para contar las que están registradas en la Biblia (y consérvalas luego en tu memoria) ¡Son muchísimas!
Hay promesas de Dios para cada ocasión y circunstancia. Cualquiera sea nuestra experiencia, con seguridad hay una de la cual aferrarnos. Están todas allí para que nos gocemos en reclamarlas y ver su cumplimiento, a fin de que se multipliquen las acciones de gracias de sus siervos. Cada una lleva en sí la seguridad de que el Rey del Universo escuchará y atenderá a quienes las reclaman, "porque todas las promesas del Señor Jesús son en él, sí, y en el, Amén" (2ª Corintios 1:20)
  • Por último, Dios multiplicó su amor en la persona de Cristo.
Todo lo bueno que existe en este mundo proviene del Señor. El multiplica las fuerzas al cansado, multiplica los recursos a quienes dan fielmente sus diezmos, y provee en forma superabundante para su causa por los medios mas inesperados.
Piensa en la ofrenda de la viuda que dio sus dos blancas. Tan pequeña cantidad se multiplicó hasta el infinito cuando Jesús la hizo notar y quedó registrada en las Escrituras. 
Es imposible calcular cuántas personas han dado liberalmente de su dinero, inspiradas por el ejemplo de esta humilde mujer.  
En Jesús, la Divinidad multiplicó sus dones, derramando por intermedio de él todos los recursos del cielo.  De todas las pruebas de amor que pudieran haberse dado, en la persona del Salvador que dio su vida por nosotros, Dios llega hasta lo impensable.
Cuando él vive su vida en nosotros, cuando buscamos reflejar su imagen y experimentar su poder, se multiplican también nuestras posibilidades en maneras que no alcanzaremos jamás a entender. Nuestro vida se ve multiplicada por ese amor y no podemos hacer otra cosa que maravillarnos y alabar al gran Dios de las multiplicaciones.
La Biblia dice que debemos rogar “para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén”. Efesios 3:17-21
¿Tiene Dios algo que multiplicar en tu vida?

miércoles, 8 de febrero de 2012

COMO RESOLVÍA JESÚS SUS CONFLICTOS III

“Y enseñaba cada día en el templo; pero los principales sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo procuraban matarle. Y no hallaban nada que pudieran hacerle, porque todo el pueblo estaba suspenso oyéndole”. Lucas 19:47,48
Mi yerno comenzó a estudiar la Biblia con unas personas que no creen en la divinidad de Cristo ni en la personalidad del Espíritu Santo.Cada vez que les presentaba un pasaje de las Escrituras, uno de estos hombres gritaba:
-¡Te refuto, te refuto...!
Demás está decir que no llegaron a ningún lado y que el estudio acabó.
Por su trato y costumbres libres de prejuicio, por lo singular de su mensaje y por sus innegables milagros, el Señor recibía incesantes críticas de sus opositores. Fue despreciado y condenado por los líderes de Israel, pero el común del pueblo le escuchaba de buena gana.
¿Por qué le escuchaban con tanto gusto? ¿Tal vez porque sus mensajes estaban destinados a cautivar los sentidos o a agradar a la audiencia?
Nada de eso. Jesús exponía la verdad sin disfraces; revelaba la “luz verdadera, que alumbra a todo hombre”; sin embargo, “a lo suyo vino, y los suyos no le recibieron”, porque su luz hería sus corazones egoístas y pecaminosos. (ver  Juan 1:9,11).
Aunque jamás se enojó u ofendió por los ataques de los que era objeto constante, supo contestar cada una de las objeciones de manera redentora.Nunca trató mal a ninguno de sus opositores, no los rebajó ni expuso abiertamente sus errores. 
Aunque expuso los engaños de Satanás y llamó al pecado por su nombre, siempre prefirió sanar corazones antes que escarmentar a sus acusadores.
Así definió él mismo su misión de misericordia: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel”. Isaías 61:1
Lo mismo se espera de nosotros. No que discutamos, contendamos, nos enojemos y que lancemos anatemas sobre los que no creen como nosotros.
Nos toca más bien predicar al mundo las maravillosas promesas de la gracia y la salvación en Cristo, hablar de las virtudes y el amor de nuestro Maestro y del glorioso momento de su retorno. Incluso estamos obligados a presentar los impopulares temas de la temperancia y del juicio venidero, de la caída de Babilonia y de su condenación, pero imitando a Jesús en sus métodos de presentar el mensaje.
Y el apóstol Pablo insistió, escribiendo a Timoteo lo siguiente: “recuérdales esto, exhortándoles delante del Señor a que no contiendan sobre palabras, lo cual para nada aprovecha, sino que es para perdición de los oyentes”. 2ª Timoteo 2:14
¿Cómo respondía Jesús a quienes le cuestionaban?
Como ya afirmé, el Señor hablaba con autoridad. No discutía ni argumentaba, ni intentaba dejar en ridículo a sus adversarios para sostener su posición. Nadie jamás alcanzó la salvación por esa vía, tan a gusto de los polemistas.
Veamos sus métodos para enfrentarse a los contenciosos y algunos pasajes bíblicos a modo de ejemplo.
Recomiendo a mis lectores leer los cuatro evangelios, tomando nota de las veces que Cristo tuvo que enfrentar oposición y que hizo en cada caso ¡Sin duda que el estudio valdrá la pena!
1- Citando las escrituras. El mismo era la Palabra de Dios encarnada. Sabía los pasajes de memoria y los relacionaba de manera que desarmaba y enternecía a sus oyentes.
  • La pregunta sobre el divorcio (Mateo 19:3-6).
Aquí remitió el asunto a la autoridad del relato de los orígenes (hoy tan cuestionado) para zanjar la cuestión. El hombre y la mujer fueron creados para ser una sola carne. No usó una larga cadena de textos para probar lo que decía, sino uno solo, presentado en forma positiva y con toda autoridad.
2- Actuando sin mediar palabra. Los hechos son mejores que las palabras y resultan más contundentes y definitivos. Además, las palabras se pueden desoír, retorcer o malinterpretar; las acciones no.
  • Pregunta de los discípulos de Juan el Bautista (Lucas 7:18-23).
Ante la duda de su siervo Juan, el Salvador no respondió directamente (en verdad, nunca lo hacía). Dedicó el resto del día a hacer milagros de sanidad, luego les dijo que se fueran de vuelta y contaran lo que habían visto ¡Qué respuesta extraordinaria!
3- Por medio de una lección objetiva.
  • La moneda del tributo (Mateo 22:15-21)
Buscando entrampar a Jesús le presentaron un dilema; él lo resolvió de manera práctica y sencilla utilizando una moneda. La lección así presentada se graba en la mente en forma indeleble, a través de la experiencia y mediante el refuerzo visual.
4- Mediante parábolas.
  • El buen samaritano (Lucas 10:25-37)
iPortentosa sabiduría del Maestro de los maestros! Una simple historia, que se convirtió en la impulsora de miles y millones de obras de misericordia hacia los necesitados. Esta y todas sus parábolas han sido estudiadas por siglos; tanto las mentes más brillantes como las más sencillas las han explorado sin alcanzar jamás su profundidad y, al mismo tiempo, todas fueron beneficiadas por su lectura.
5- Utilizando la lógica.
  • El paralítico en Capernaúm (Marcos 2:1-12)
En una sorprendente lectura de los corazones incrédulos que presenciaban el milagro, preguntó con impecable y lapidaria lógica: “¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda?” (vers. 9). De esta forma acalló a los quejosos, redimió al paralítico, honró la fe de sus amigos y dio un colosal testimonio del amor de Dios a todos los presentes. 
Este es nuestro Salvador. Toda gloria, alabanza y honor sean dados a su nombre. 
En todo aspecto de su lucha contra el mal, Jesús se mostró como un  “misericordioso y fiel sumo sacerdote”, soportándolo todo por amor a nosotros, siendo paciente, bondadoso y compasivo. Agradezcamos a Dios que “en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:17,18).

martes, 7 de febrero de 2012

COMO RESOLVÍA JESÚS SUS CONFLICTOS II

“Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente”. 1ª Pedro 2:21-23
Recuerdo que algunos años atrás me tocó dirigir un programa juvenil en la iglesia y las personas que tenían parte en él no cumplieron. Cuando le pedí a alguien ayuda, me contestó ofendido:
-Yo no soy un “tapa agujeros”.
Todo lo que pude hacer fue decirle que yo sí, que estaba dispuesto a hacer lo que fuera por la iglesia. Vale mencionar a su favor, que de todas maneras hizo lo que le pedí.
Hay tres cosas que Jesús nunca hizo: nunca discutió, nunca argumentó y nunca hizo “valer sus derechos”.
Si bien el tenía toda autoridad en el cielo y en la tierra, jamás permitió que su poder fuera impuesto a los demás. Su fortaleza está revestida de humildad y mansedumbre.
Forma parte indispensable del plan de Dios que sus mandatos sean obedecidos voluntaria y libremente.
En la entrada anterior mencioné que el Señor fue cuestionado a cada paso de su carrera. La preocupación de los líderes de Israel era que alguien con un carácter tan atrayente, que realizaba grandes milagros y enseñaba con tanta autoridad, les arrebatara su dominio sobre el pueblo.
En nuestro mundo, el poder es deseado y procurado por la gente. Tiene un poder casi hipnótico sobre las personas, de tal manera que es capaz de cambiar (¿o de revelar?) los corazones. Se dice que basta darle poder a alguien para conocerlo en verdad.
  • Basta un ascenso para que el antes amigable compañero de trabajo se convierta en un despótico canalla.
  • Basta que sea elegido para que el político sonriente que nos saludaba efusivamente se olvide por completo de nosotros.
  • Basta que ese humilde hermano tenga un cargo en la iglesia, para que el orgullo y las contiendas salgan a relucir.
El poder cambia a las personas. Y para mal.
Y la popularidad de Cristo, como no podía ser de otra manera, despertó los celos de los dirigentes que buscaron desacreditarlo poniendo en duda su autoridad.
“Cuando vino al templo, los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se acercaron a él mientras enseñaba, y le dijeron: ¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿y quién te dio esta autoridad?” Mateo 21:23.
Con sabiduría de lo alto, Jesús les devolvió pregunta por pregunta:
-¿De donde venía la autoridad de Juan el Bautista?
Ante su incapacidad de responder sin condenarse ellos mismos, se retiraron derrotados.
¡Qué maravilloso Salvador tenemos! Sin ofenderse ni contraatacar (tal como solemos hacer nosotros), buscó llegar a esos endurecidos corazones por medio de una lógica imposible de refutar. Aunque Cristo tenía enemigos, se diferenciaba de ellos y de nosotros, en que los amaba.
¡Cuántos cristianos necesitan hoy aprender de Aquel que es manso y humilde de corazón, teniendo misericordia de sus hermanos!
¡Cuánto orgullo, egoísmo, suficiencia propia y vanidad saltan a la vista en las contiendas entre los que se dicen cristianos! Para sostener su propia posición, no vacilan en acusar, agredir, insultar y rebajar a aquellos por los cuales el Señor dio su sangre preciosa.
Vergüenza debería darles.
Otro incidente muestra a las claras como debemos proceder cuando se nos cuestiona. “Cuando llegaron a Capernaum, vinieron a Pedro los que cobraban las dos dracmas, y le dijeron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas? El dijo: Sí. Y al entrar él en casa, Jesús le habló primero, diciendo: ¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran los tributos o los impuestos? ¿De sus hijos, o de los extraños? Pedro le respondió: De los extraños. Jesús le dijo: Luego los hijos están exentos. Sin embargo, para no ofenderles, ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por mí y por ti”. Mateo 17:24-27
La imprudencia y apresuramiento de Pedro para responder, dieron paso a una lección objetiva de Jesús. Todo lo que él hacía demostraba respeto y consideración hacia los demás; todas sus acciones tenían en cuenta el bienestar y la salvación de aquellos que había venido a rescatar.
Cristo era un verdadero “tapa agujeros”, y deberíamos imitar su ejemplo.
No necesitaba rebajarse, pero lo hizo; no le correspondía servir, pero fue el sirviente modelo; no había nadie mayor que él, pero jamás hombre alguno descendió a las profundidades de la humillación que Cristo soportó.
Finalmente, a sus mismos discípulos que competían por el poder, les dejó una lección de suma importancia acerca de la verdadera grandeza. Haríamos bien en aprovecharla.
“Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor. Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve”. Lucas 22:24-26
¿Quieres dominar, o eres el que sirve?

viernes, 3 de febrero de 2012

COMO RESOLVÍA JESÚS SUS CONFLICTOS I

“He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones. No gritará, ni alzará su voz, ni la hará oír en las calles. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare; por medio de la verdad traerá justicia”. Isaías 42:1-3
¿Alguien en tu iglesia intentó matarte alguna vez? Espero que no.
Pero vivimos en un mundo conflictivo. En algún momento, y por causa de nuestra fe, nos tocará ser perseguidos, enfrentar oposición, recibir críticas y soportar cuestionamientos de personas con muy malas intenciones.
¿Cómo tratar con ellas?
Jesucristo es nuestro modelo en todo, y muy especialmente en cómo trataba  con las personas. En esta serie, quisiera examinar la manera en que el Señor enfrentaba y resolvía sus conflictos.
Él tuvo que enfrentarse a distintas clases de personas: gente tosca y de pocas luces interesadas sólo en lo material, fariseos legalistas, escribas tramposos, saduceos escépticos, funcionarios corruptos, compoblanos incrédulos, discípulos inseguros, ¡Incluso a los mismos demonios!
En todos los casos salió siempre vencedor de la contienda; siendo firme pero cortés, directo sin dejar de ser prudente y veraz sin dejar de ser amable. No pronunció jamás una sola palabra que pudiera herir, confundir o desanimar a las almas sinceras que le rodeaban.
Fue cuestionado por sus oponentes en cinco aspectos principales:
  • En su mismo origen
  • Por el uso de su autoridad
  • Por su trato y costumbres sin prejuicios
  • Por lo singular de su mensaje
  • Por sus milagros
Veamos el primero de ellos:
“Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos; A predicar el año agradable del Señor”. Lucas 4:16-19.
Notemos su mensaje; altamente positivo, lleno de esperanza y de bendición. Sus interlocutores, sin embargo, pasada la primera buena impresión se llenaron de celos y de incredulidad. No era acaso éste su vecino, su conocido, el hijo de un humilde trabajador ¿Cómo podría ser el Mesías?
Y esa misma actitud la tuvieron los demás judíos con él. Se burlaron de su nacimiento milagroso llamándolo indirectamente "hijo de fornicación". 
Ellos que vivían de la apariencia, no podían entender que la esperanza de su pueblo tuviera una apariencia tan humilde. Cegados por el propio orgullo, no concebían que alguien estuviera desprovisto de ese diabólico sentimiento.
“Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros. Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No es éste el hijo de José? Él les dijo: Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate a ti mismo; de tantas cosas que hemos oído que se han hecho en Capernaum, haz también aquí en tu tierra”. Lucas 4:20-23.
Aunque no podían negar su testimonio, resistieron la profunda convicción proveniente del Espíritu Santo y se enojaron todavía más cuando él añadió: "De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra. Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en toda la tierra; pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio”. Lucas 4:24-27.
-¿Pero, quién se creía este?- Ofendía su orgullo nacional al recordar la incredulidad de Israel y el favorecimiento de paganos. Les mostraba además que leía sus corazones. Esto fue demasiado para los habitantes de Nazaret y entonces “al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira; y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle. Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue”. Lucas 4:28-30.
Vuelvo a la pregunta inicial: ¿Cómo reaccionarías si alguno de tus amigos y vecinos, miembros de tu iglesia de  toda la vida intentara matarte?
Por mucho menos que eso, incontable cantidad de personas ha abandonado su fe y tomado la decisión de jamás pisar una iglesia.
Recuerdo el caso de un hermano, recién nombrado diácono, que dejó la congregación a la que asistía porque le habían sugerido “que asistiera con corbata”. Se ofendió tanto que abandonó la iglesia sólo para regresar al mundo de pecado del que había salido.
Manchan el registro de los elegidos de Dios las contiendas entre sus servidores, en las que el orgullo prevalece sobre el amor fraternal. MUY DOLOROSO.
Sin embargo con Cristo no fue así. No sería él quien quebraría la caña cascada de un corazón quebrantado, ni apagaría la vacilante llamita de esperanza aún del más malvado de los pecadores.
Aunque su mensaje estaba destinado a despertar sus conciencias, ellos se endurecieron más y más, resistiendo al Espíritu Santo. Habían sido testigos de su vida sin mancha y de su conducta siempre bondadosa y fiel; su misma pureza era un reproche para ellos. Pero estos testimonios de nada sirvieron y buscaron acabar con su vida.
Lo lógico es que Jesús se defendiera ante la agresión. Sin embargo, no lo hizo; solo se retiró de allí por un tiempo.
Lo lógico también es que los abandonara a su suerte, pero lo más extraordinario es que el Señor volvió otra vez a aquel lugar en donde lo habían maltratado, para tratar de salvar aunque sea unos pocos.
Que nuestra vida sea un reflejo de la misericordiosa actitud del Señor, que con su ejemplo mostró cómo revelar el amor del Padre a un mundo egoísta y malvado.