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sábado, 28 de abril de 2012

DIOS MIRA, OYE Y RESPONDE

“Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina”. 2ª Pedro 1:3,4
Nada como las "preciosas y grandísimas promesas" de la Biblia para llevar aliento al corazón.
Ellas nos proveen la certeza de un Dios cercano, que responde a cada necesidad. Como Agar, podemos decir con alegría: “tu eres Dios que ve” (Génesis 16:13).
Nos brindan la seguridad de que cada circunstancia de la vida; cada problema, tristeza o adversidad; cada conflicto con los poderes del mal, tienen remedio en Jesús. Como David, podemos cantar “el Señor es mi Pastor, nada me faltará” (Salmos 23:1).
Transforman la experiencia, pues permiten vislumbrar a los ejércitos celestiales rodeando a los fieles para protegerles y auxiliarles en todo momento. Sabiendo que Dios está de nuestro lado podemos marchar con la plena convicción de la victoria. Somos hermanos de aquellos “que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones” (Hebreos 11:33).
Son además el anticipo del goce de los bienes venideros. Sus promesas nos dicen que pronto el mal y el pecado serán derrotados, y podremos disfrutar de la eternidad sin fin en su santa compañía. Nos adelantamos con Juan a ver “una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos” (Apocalipsis 7:9).
Pero por sobre todo, nos dicen que contamos con un amoroso Padre Celestial que nos mira, que oye y que responde siempre a nuestros clamores. Podemos descansar con plena certidumbre de fe en sus maravillosas promesas.
Aquí van algunos pocos ejemplos:
  • “Con mi voz clamé a Jehová, y él me respondió desde su monte santo”. Salmos 3:4
  • “Sabed, pues, que Jehová ha escogido al piadoso para sí; Jehová oirá cuando yo a él clamare”. Salmos 4:3
  • “En paz me acostaré, y asimismo dormiré; porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado”. Salmos 4:8
  • “Oh Jehová, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré delante de ti, y esperaré”. Salmos 5:3
  • “Jehová ha oído mi ruego; ha recibido Jehová mi oración”. Salmos 6:9
  • “El deseo de los humildes oíste, oh Jehová; tú dispones su corazón, y haces atento tu oído, para juzgar al huérfano y al oprimido”. Salmos 10:17
  • “Jehová está en su santo templo; Jehová tiene en el cielo su trono; sus ojos ven, sus párpados examinan a los hijos de los hombres”. Salmos 11:4
¿No son alentadoras estas promesas?
Canta hoy conmigo este hermoso himno:


Todas las promesas del Señor Jesús
son apoyo poderoso de mi fe.
Mientras luche aquí buscando yo su luz,
siempre en sus promesas confiaré.

Grandes, fieles,
todas las promesas que el Señor ha dado;
grandes, fieles,
en ellas yo por siempre confiaré.


Nuevo Himnario Adventista Nº 412


Dios te mira, oye y responde. No dudes, sino cree en sus promesas.

sábado, 7 de abril de 2012

PRESTAR ATENCIÓN


Suele ocurrir que con frecuencia me pierdo detalles de alguna conversación. Sea por mi hipoacusia, sea por distraído o porque esté pensando en alguna otra cosa.
Es una sensación muy fea darse cuenta que hemos perdido el hilo, pero es todavía peor cuando nos encontramos desprevenidos ante una situación a la que debimos haber prestado atención en su momento.
Y cuando las circunstancias nos golpean en la cara, nos preguntamos: ¿cómo pudo pasar esto...?
En la última reunión de Jesús con sus discípulos sucedió algo similar. El relato de las Escrituras menciona que en cierto momento de la última cena “Jesús se conmovió en espíritu, y declaró y dijo: De cierto, de cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar. Entonces los discípulos se miraban unos a otros, dudando de quién hablaba. Y uno de sus discípulos, al cual Jesús amaba, estaba recostado al lado de Jesús. A éste, pues, hizo señas Simón Pedro, para que preguntase quién era aquel de quien hablaba. El entonces, recostado cerca del pecho de Jesús, le dijo: Señor, ¿quién es? Respondió Jesús: A quien yo diere el pan mojado, aquél es. Y mojando el pan, lo dio a Judas Iscariote hijo de Simón. Y después del bocado, Satanás entró en él. Entonces Jesús le dijo: Lo que vas a hacer, hazlo más pronto”. Juan 13:22-27
Los siguientes comentarios que agrego arrojan luz sobre aquel momento crucial:
“Aun entonces los discípulos no sospecharon de Judas. Pero vieron que Cristo parecía muy afligido. Una nube se posó sobre todos ellos, un presentimiento de alguna terrible calamidad cuya naturaleza no comprendían. Mientras comían en silencio, Jesús dijo: “De cierto os digo, que uno de vosotros me ha de entregar.” Al oír estas palabras, el asombro y la consternación se apoderaron de ellos. No podían comprender cómo cualquiera de ellos pudiese traicionar a su divino Maestro. ¿Por qué causa podría traicionarle? ¿Y ante quién? ¿En el corazón de quién podría nacer tal designio? ¡Por cierto que no sería en el de ninguno de los doce favorecidos, que, sobre todos los demás, habían tenido el privilegio de oír sus enseñanzas, que habían compartido su admirable amor, y hacia quienes había manifestado tan grande consideración al ponerlos en íntima comunión con él!” {DTG pag. 610}
En un ambiente tenso y cargado de expectativa, los discípulos -uno tras otro-, le habían preguntado al Señor “¿soy yo?”. Fue entonces Juan el encargado de hacer más directo el interrogante: 
- “Señor, ¿quién es?"
 Lo llamativo es que, ante la pregunta, Jesús dio una señal directa que fue pasada por alto por todos los presentes. Tomó pan, lo mojó y se lo ofreció al traidor. Judas comió lo que el Señor le ofreció sin mostrar emoción alguna. Luego salió para entrar definitivamente en la noche de la perdición. “Hasta que hubo dado este paso, Judas no había traspasado la posibilidad de arrepentirse. Pero cuando abandonó la presencia de su Señor y de sus condiscípulos, había hecho la decisión final. Había cruzado el límite”. {DTG 611}
¿Es que ninguno prestó atención a sus palabras?
En reiteradas ocasiones el Salvador les había advertido de su arresto, tormento y muerte, pero sus oídos parecían cerrados a estas palabras, su mente parecía rechazar todo pensamiento de esa naturaleza. 
Es que sus intereses y esperanzas estaban en otra parte.
¿Podría estar pasándonos lo mismo a nosotros? 
¿Habrá también algo que nuble nuestra comprensión de los sucesos actuales?
Debemos considerar lo que sucedió aquella noche y aprovechar las lecciones de las Escrituras para que no caigamos en el mismo error.
Pero aún hay otro elemento que impide que prestemos la debida atención. Se encuentra en la continuación del relato: “Le dijo Simón Pedro: Señor, ¿a dónde vas? Jesús le respondió: A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; mas me seguirás después. Le dijo Pedro: Señor, ¿por qué no te puedo seguir ahora? Mi vida pondré por ti. Jesús le respondió: ¿Tu vida pondrás por mí? De cierto, de cierto te digo: No cantará el gallo, sin que me hayas negado tres veces”. Juan 13:36-38
¡Pobre Pedro! Tenía tanta confianza en sí mismo que se creyó capaz de soportar la presión de los acontecimientos que vendrían. La presunción adormeció al apóstol en una falsa seguridad. Creyó que su amor por Cristo era tan fuerte que no podría caer, y así despreció la advertencia de su Maestro. Su despertar fue terriblemente doloroso; se encontró negando a su Señor y tuvo que derramar amargas lágrimas.
Y no carguemos las tintas con Pedro, pues los demás discípulos compartieron la misma suerte; el arresto de Jesús los tomó desprevenidos y salieron corriendo a esconderse.
La distracción y la auto confianza son dos de los factores que impiden que prestemos atención. Ambas tienen su origen en nuestro yo orgulloso y egoísta, que nos lleva a centrarnos en nosotros mismos y a confiar desmedidamente en nuestra fuerza y capacidad. 
Necesitamos orar y vigilar nuestros pasos para que el Espíritu nos ayude a mantenernos sumisos y atentos a toda indicación divina.
 “Mi mano hizo todas estas cosas, y así todas estas cosas fueron, dice Jehová; pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra”. Isaías 66:2
¿Prestarás atención?

viernes, 6 de abril de 2012

RECORDACIÓN, CELEBRACIÓN Y ANTICIPO III


“El Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga”. 1ª Corintios 11:23-26
Aquella memorable cena de Pascua fue la ocasión elegida por el Señor Jesús para instaurar un mandato (haced esto... en memoria de mí) que serviría como recuerdo de su maravilloso sacrificio, a la vez que daría ocasión a una celebración solemne de la redención que nos fue concedida.
Al finalizar esta serie veremos el tercer aspecto vinculado a la Santa Cena: el anticipo de su venida en gloria y majestad.
En los propósitos divinos, ese último convite fue especialmente diseñado para impresionar nuestros sentidos, quebrantar nuestro corazón e iluminar la razón con profundas convicciones. Cada vez que comemos el pan y tomamos la copa, estamos anunciando la muerte de Cristo y anticipando su segundo advenimiento.
Anticipamos la victoria del amor de Dios, el fin del pecado y sus consecuencias, la justa destrucción de los enemigos de su causa (Satanás, sus ángeles y sus seguidores humanos), y por último, anticipamos una vida sin fin en compañía de nuestro Salvador.
Nuestra mente se transporta así desde aquel aposento alto de los tiempos bíblicos, hacia otro lugar maravilloso preparado por Dios. Allí no habrá una humilde mesa preparada solo para trece personas, no habrá en el menú cordero asado con hierbas amargas, ni escasez de sirvientes. Infinitamente más abundante y más gloriosa, aquella será una cena con los redimidos de todas las edades, junto a Jesús y sus ángeles. “Vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos”. Mateo 8:11
¿Pero qué lugar podría contener tan incontable multitud?
Juan el revelador escribió: “Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero”. Apocalipsis 19:9
En los dos últimos capítulos de este libro se presenta la Nueva Jerusalén con sus calles de oro, murallas de piedras preciosas, puertas de perlas y un mar de vidrio. Esta ciudad de proporciones gigantescas será nuestro hogar, y el escenario de la cena triunfal que con gozo Jesús preparará para nosotros. Y se nos dirá en aquel día: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.” Mateo 25:21
El prometió que no tomaría más del jugo de la vid hasta el momento en que volvería a reunirse con su pueblo. Pero no comeremos solamente pan y jugo de uva. Habrá más, mucho más.
Elena de White escribió de aquel banquete: “Vi una mesa de plata pura, de muchos kilómetros de longitud, y sin embargo nuestra vista la abarcaba toda. Vi el fruto del árbol de la vida, el maná, almendras, higos, granadas, uvas y muchas otras especies de frutas”. Primeros Escritos, pags. 18-19
¡Qué extraordinario! Sentados en una mesa larguísima y abundante, junto a nuestros amados y a los héroes de los que leíste en tu Biblia. Los ángeles nos servirán y Jesús estará a la cabecera de la mesa.¿Ya te imaginas allí?
¿Qué es necesario para estar en ese maravilloso lugar? ¿que hace falta ser invitado a las bodas?
Lo grandioso de esto es que ¡Ya estas invitado! 
La gracia de Jesús, su sangre derramada por nosotros, su cuerpo quebrantado, su intercesión en los cielos, todo habla del ferviente deseo de nuestro Señor de recibirnos en las mansiones celestiales y de servirnos aquella fabulosa cena de bienvenida.
Todo está preparado y todos estamos invitados, pero...
Como en las parábolas que Jesús contó, la mayoría ignora la invitación, en tanto que otros parecen aceptar y van, pero sin estar vestidos de boda.
Estar vestidos de bodas significa estar revestidos con aquel manto de justicia, tejido en el telar del cielo sin un solo hilo de méritos humanos. Significa haber recibido por fe la justificación y vivir una vida enteramente consagrada al servicio y para la gloria de Dios. Significa que nuestros pensamientos, palabras y acciones gritan que hemos puesto en primer lugar el reino y su justicia. Nos convertimos en luz del mundo y sal de la tierra.
El cielo está esperando ansioso a sus invitados para la mayor cena de todos los tiempos. Espera que tu y yo estemos presentes, porque “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento. Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir” 2ª Pedro 3:9-11
¿Recuerdas a cada instante que Jesús dio su vida por ti?
¿Deseas experimentar el gozo del reencuentro?
¿Ya anticipas ese día glorioso? 
Pronto comeremos con él.

miércoles, 4 de abril de 2012

RECORDACIÓN, CELEBRACIÓN Y ANTICIPO II

“Y el ángel me dijo: Escribe: Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero. Y me dijo: Estas son palabras verdaderas de Dios”. Apocalipsis 19:9
Casamientos, celebraciones, cumpleaños, aniversarios, bautismos, inauguraciones...
En todas estas ocasiones el denominador común es el festejo, la alegría, el gozo. Y todas son seguidas (casi invariablemente) de una abundante comida.
A todos nos gusta celebrar, reunirnos y comer bien. Por ello, la recordación de la cena pascual fue colocada por Dios como una ocasión de reunir a la familia y comer juntos en un ambiente signado por la felicidad.
Pero, en aquella Pascua en particular, Jesús estaba con ánimo triste. No solamente por la cercanía de su muerte, sino por las desavenencias entre sus discípulos. El deseo de grandeza mundanal, el orgullo, el egoísmo, la vanidad, ocupaban todavía mucho espacio en sus corazones.
Fue así que el Salvador realizó una acción destinada a borrar esos malos sentimientos.
Quizás la ausencia del siervo que lavara los pies fue deliberada, para que la lección fuera más eficaz. El hecho es que los apóstoles se quedaron mirando unos a otros, algo molestos, pero sin tomar la iniciativa y sin la menor intención de ocupar el lugar de sirvientes.
Entonces Jesús “se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido. Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies? Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo. Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza”. Juan 13:4-9
El lavamiento se alza aquí como un faro para alumbrar una gran verdad espiritual.
Esta es una figura recurrente en la Biblia; que indica que necesitamos:
  • Limpieza del pecado: “Y los limpiaré de toda su maldad con que pecaron contra mí; y perdonaré todos sus pecados con que contra mí pecaron, y con que contra mí se rebelaron”. Jeremías 33:8
  • Limpieza de la idolatría: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré”. Ezequiel 36:25
  • Limpieza para ser su pueblo: “Ni se contaminarán ya más con sus ídolos, con sus abominaciones y con todas sus rebeliones; y los salvaré de todas sus rebeliones con las cuales pecaron, y los limpiaré; y me serán por pueblo, y yo a ellos por Dios”. Ezequiel 37:23
Para poder participar de su reino hace falta mas que pulcritud física; resulta indispensable la limpieza del corazón. El cielo es para aquellos que han sido purificados mediante la sangre preciosa de Cristo Jesús.
Aquel lavamiento realizado por Cristo era necesario para que pudieran estar listos para lo que seguía. Cuando Pedro vio lo que Jesús estaba haciendo, deseó una limpieza mayor y más profunda porque estaba consciente de su pecaminosidad, su impotencia y su necesidad de la gracia divina. Y esa actitud es precisamente la que el Señor buscaba, porque es la condición necesaria para alcanzar el perdón.
No obstante, la comprensión de la magnitud del acto de Cristo sería algo que llegaría con el tiempo. No la entendieron plenamente en ese momento, por lo que les aclaró cual era el propósito de su humillante servicio: “Así que, después que les hubo lavado los pies, tomó su manto, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (vers. 12-15).
De esta forma, el rito de la humildad quedó para siempre incorporado a la celebración de la Cena del Señor. A fin de celebrar debidamente, es necesario estar limpios de toda contaminación de pecado.
Para ello, es necesaria una preparación previa. La reconciliación se vuelve entonces obligatoria. Toda división entre hermanos debe ser dejada de lado, toda disputa zanjada y todo mal perdonado. El amor fraternal debe reinar supremo entre los creyentes.
Solo corazones quebrantados y contritos son dignos de participar de los emblemas de su cuerpo y sangre. Únicamente quienes comprenden el amor manifestado en su sacrificio y están dispuestos a entregarle todo, pueden comer del pan y del vino sin fermento. Los que abrigan algún pecado en su corazón, no están en condiciones de participar.
El lavamiento de los pies es un adecuado símbolo de la obra de la gracia que cubre todas nuestras faltas; el acto de limpiar los pies purifica también el corazón.
Y cuando el corazón está limpio, se convierte en un canal adecuado para el gozo que da la morada del Espíritu en nosotros, para alegrarnos en la seguridad de la victoria y para entonar la más genuina alabanza.
Como afirmé en la entrada anterior, recordar nos obliga a olvidar; en tanto que celebrar la victoria de Jesús sobre el pecado, nos obliga a estar limpios. Y no es necesario esperar a una Santa Cena para ello. Hoy mismo se encuentra disponible esa bendición.
Los que recibimos por fe los beneficios de su sacrificio, debemos eterna gratitud a “Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre”. Apocalipsis 1:5
¿Por qué no alabarle ahora mismo?

miércoles, 28 de marzo de 2012

ANHELOS DE ETERNIDAD

 





“Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin”. Eclesiastés 3:11

Una vueltita más...
una vueltita más...
que no paren el mundo, no me quiero bajar.
Una vueltita más...
una vueltita más...
que no deje ni un segundo de girar y girar.

Una vueltita más...
una vueltita más...
no escondan la sortija porque quiero ganar.
Una vueltita más...
una vueltita más...
déjenme que yo elija cuando quiera bajar.
(Una vueltita más - Letra de Carlos Funes y Alberto Cortés).


Esta hermosa canción refleja el sentimiento de muchos. Compara al mundo con una calesita (tiovivo) a la cual subimos sabiendo que en algún momento tendremos que bajar, nos guste o no.
Muy dentro del corazón existe en cada persona anhelos de eternidad. Quisiéramos que la calesita nunca deje de girar. Seamos creyentes o agnósticos, seamos ateos o deístas, algo dentro de nosotros clama por vivir para siempre. Es que fuimos creados para eso.
Sin embargo, la vida eterna es por el momento sólo una promesa de la Biblia. Fuerte y segura promesa, pero promesa al fin.
Algunos intentan burlar al tiempo por medio de dietas, ejercicio, cirugías, cosméticos, toda clase de medicinas y raros tratamientos. Pero sobradamente sabemos que sus esfuerzos no tendrán un final feliz, pues la tumba siempre gana la partida.
La muerte, realidad cotidiana e ineludible compañera de nuestra existencia, no distingue entre los vivientes -sean plantas, animales o personas-; llevándose por igual fuertes y débiles, jóvenes y ancianos, ricos y pobres, malos y buenos.
Esta penosa realidad que nos rodea arranca lágrimas y clamores de dolor a los que esperan ser librados de la calamidad. Ante la creciente marea de maldad; los desastres en aire, mar y tierra; ante la agitación de los elementos naturales, todos sin excepción nos preguntamos: ¿Cuándo acabará esto?
Muchos suspiran como el salmista, diciendo: “¡Quién me diese alas como de paloma! Volaría yo, y descansaría. Ciertamente huiría lejos; moraría en el desierto. Me apresuraría a escapar del viento borrascoso, de la tempestad”. Salmos 55:6-8
Pero no podemos escapar de esta sufriente morada terrenal. No, todavía no.
Nos toca ahora sufrir dolores, tristezas, enfermedades, desilusiones, conflictos y tribulación, muchas veces debido a la maldad ajena (y a la propia también).
Para los que creen, estos problemas resultan beneficiosa escuela en la que nos preparamos para la eternidad. Para los que están muertos en delitos y pecados, los sufrimientos son la voz que llama a despertar de su fatal condición y buscar al Cordero de Dios que puede quitar sus pecados. No debemos entonces desanimarnos cuando acontecen.
La esperanza del cristiano es un faro en la oscuridad de este mundo, anticipando el momento en que la naturaleza toda, y los seres humanos seremos librados de este flagelo.
Nos dice que la muerte, junto con todos los males que el pecado trajo a nuestro desdichado planeta, pronto encontrarán su fin.
Con gozosos aires de triunfo, el apóstol Pablo escribió: “Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios... Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo”. Romanos 8:18,19,22,23
La creación aguarda su liberación. Ni los animales, ni las plantas, ni los elementos inanimados son pecadores. Ellos no tienen la culpa de nuestras malas elecciones, pero sufren los efectos de nuestros pecados, y real o simbólicamente gimen esperando ser rescatados. Esperan que tu y yo seamos liberados, pues nuestra liberación será su descanso.
¿Qué de nosotros?
Si nos apropiamos de las promesas de la Biblia, si creemos en ellas, nuestro anhelo de eternidad estará satisfecho, porque ya mismo comenzaremos a vivir el anticipo de la vida eterna. Pase lo que pase, estaremos felices y en paz, sabiendo que nos espera un futuro más que brillante y una eternidad en compañía de nuestro Salvador.
Podremos decir como el apóstol respecto de nuestros problemas aquí: “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger. Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros”. Filipenses 1:21-24
Pronto, muy pronto, estaremos sentados ante una mesa de plata de varios kilómetros de longitud, comiendo con el Señor, los ángeles y el resto de los salvados en la cena de las bodas del Cordero. Tendremos acceso al árbol de la vida y nuestro anhelo de eternidad estará más que satisfecho. Apabullados por la gloria del reino de los cielos, no podremos recordar los males que aquí pasamos. Todos nuestros afectos, deseos e intereses estarán centrados en dar gloria al maravilloso Redentor que nos rescató.
¿Sientes anhelos de eternidad o estás demasiado a gusto en este mundo?