viernes, 20 de mayo de 2011

UNA MALA IDEA II

“¿Descubrirás tú los secretos de Dios? ¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso?” Job 11:7

Después de haber escrito la entrada anterior, alguien me reprendió porque “presentaba dudas sobre la Palabra de Dios”.
No era mi propósito sembrar inquietud ni hacer que alguien pierda la fe en la Biblia. El mismo hecho de que existan cosas que no podemos entender en las Escrituras debería llevarnos a orar en busca de luz, a humillar nuestro corazón y a buscar consejo en el Señor.
Cuando recién me convertí, escuchaba maravillado a los predicadores que exponían el mensaje con tanta seguridad, leía los estudios de los eruditos y los comentarios de la Biblia, creyendo en mi inocencia que todo ya estaba descubierto y explicado con total autoridad.  
Con el tiempo fui comenzando a diferenciar las enseñanzas correctas de las meras especulaciones y las suposiciones de los seres humanos. Mucho de lo que leí o escuche, hoy me doy cuenta que eran simples productos de mentes tan limitadas como la mía o la suya.
Algunas doctrinas que se presentaban como verdad en algunos círculos religiosos hace apenas algunas décadas, ya no se enseñan hoy.  Algunas opiniones (sobre las profecías especialmente), cayeron bajo el peso de los hechos.
Y eso no es que esté mal. Necesitamos colocarnos más como alumnos y menos como maestros; debemos ser como niños, dispuestos a aprender y abandonar nuestras ideas preconcebidas sin remordimientos cuando nos percatemos que no son la verdad.
Mi autora preferida escribió lo siguiente, que considero verdadero: “Como el carácter de su Autor divino, la Palabra de Dios presenta misterios que no podrán nunca ser plenamente comprendidos por los seres finitos. Dirige nuestra mente al Creador,  "que habita en luz inaccesible." (1 Tim. 6:16.) Nos presenta sus propósitos, que abarcan todas las edades de la historia humana, y cuyo cumplimiento se alcanzará únicamente en los siglos sin fin de la eternidad. Llama nuestra atención a temas de infinita profundidad e importancia concernientes al gobierno de Dios y el destino del hombre. La entrada del pecado en el mundo, la encarnación de Cristo, la regeneración, la resurrección y muchos otros temas presentados en la Biblia, son misterios demasiado profundos para que los explique la mente humana, o siquiera los comprenda plenamente. Pero Dios nos ha dado en las Escrituras suficientes evidencias de su carácter divino, y no debemos dudar su Palabra porque no podamos comprender todos los misterios de su providencia”. Joyas de los Testimonios Tomo 2 pags. 303,304
En la historia que presenté en la entrada anterior, registrada en los libros 2ª de Samuel 24 y 1ª Crónicas 21 aparecen algunas discrepancias que prometí aclarar en lo posible.
¿Por qué hay relatos en la Biblia que tienen diferencias? ¿Se trata de errores de copiado o cosas por el estilo?
Tenemos que ser cuidadosos aquí, para no quitarle autoridad a la Palabra.
En primer lugar, no existen los originales de la Biblia, por lo que los eruditos comparan entre sí los manuscritos disponibles, dando preferencia a los más antiguos -casi todos con pequeñas variaciones en el texto-, a fin de establecer cual es el texto más probable. La traducción a nuestro idioma también hace que haya múltiples versiones en castellano, pues cada traductor plasma con palabras diferentes la misma idea. Esto, en vez de ser un problema, ha enriquecido nuestra comprensión de las Escrituras, pues al consultar las diferentes versiones, tenemos una visión más amplia de lo que el texto significa.
En segundo lugar, los relatos como el que cito, o algún otro (podría haber tomado, por ejemplo los diferentes relatos del o los endemoniados de Gadara); tienen detalles que difieren, pero que pueden explicarse conociendo un poco más el contexto, las características de la cultura bíblica y el pensamiento oriental, o algo de historia y geografía.
Lo que antecede no constituye en modo alguno una disculpa de mi ignorancia, sino un intento de que el árbol no nos impida ver el bosque.
Ahora; lo prometido.
En la historia del censo que encargó David y que resultó en una masiva mortandad del pueblo, pueden verse dos registros que no son idénticos. Esto es bueno, pues se trata de dos testimonios diferentes.
Si se tratara de un caso judicial, el que dos testigos declaren exactamente lo mismo, hace sospechar que se han puesto de acuerdo en mentir. Se espera que distintos testigos aporten elementos diferentes.
¿Por qué no esperar lo mismo de la Biblia?
Entiendo que las divergencias se deben, además, a lo siguiente:
  • En el caso de si el instigador fue Dios o Satanás, sucede lo mismo que en el libro de Job. Satanás es el causante del mal, pero es el Señor quien debe permitir que lo cause. El enemigo no tiene más poder ni más esfera de acción que la que la Deidad le confiere.
  • La cantidad de censados varía en este caso dependiendo de que tribus fueran censadas y si se trataba de fuerzas regulares o de reservas. El largo tiempo que demandó el censo demuestra que se hizo cabalmente; no obstante, en aquellos tiempos el reino de David incluía bajo su dominio a otros pueblos que no eran israelitas, pero formaban parte del ejército del rey.
  • El tiempo del castigo del hambre puede entenderse como una variante literal y una poética del mismo asunto.
  • El nombre del dueño no es en realidad una dificultad, pues con mucha frecuencia aparecen personajes llamados por más de un nombre. Ver para el caso el nombre de Mateo, que aparece como Leví en los relatos paralelos. O el de Pedro, que es llamado Simón (su nombre original) y también en su equivalente hebreo Cefas.
  • El diferente precio pagado dependería de si se considera el lugar donde se trillaba el trigo (la era), o de todo el campo.
Si no les satisfacen las razones presentadas, no me enojo. Estoy dispuesto a escuchar mejores razones. Pero si las pequeñas cosas que aparecen en la Biblia nos hacen perder la confianza en su inspiración, deberíamos considerar lo siguiente:
“Son bendecidos con la luz más clara los que están dispuestos a aceptar los oráculos vivientes por la autoridad de Dios. Si se les pide que expliquen ciertas declaraciones sólo pueden contestar: "Así se presenta el asunto en las Escrituras." Están obligados a reconocer que no pueden explicar la operación del poder divino ni la manifestación de la sabiduría divina. Es como el Señor se propuso que fuera, que nos hallemos obligados a aceptar algunas cosas solamente por la fe. Reconocer esto es admitir que la mente finita es inadecuada para comprende lo infinito; que el hombre, con su conocimiento limitado humano, no puede comprender los propósitos de la Omnisciencia”. Idem pag. 305
Finalmente, cierro este comentario con la idea que se le escapó a David. Él no aceptó consejos y se tuvo que enfrentar a las consecuencias de su obstinación.
Para todo lo que la iglesia tiene que enfrentar, no basta con la sabiduría de un solo hombre o mujer. Deberíamos reconocer que nuestra comprensión tiene sus límites y ser humildes al buscar ayuda en las siguientes fuentes:
  • Consejos de hombres de fe y experiencia. “Donde no hay dirección sabia, caerá el pueblo; Mas en la multitud de consejeros hay seguridad”. (Proverbios 11:14)
  • Consejos del cuerpo de la iglesia. “Entonces los doce convocaron a la multitud de los discípulos, y dijeron: No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios, para servir a las mesas. Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo” (Hechos 6:2,3)
  • Consejos del Espíritu Santo. “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias” (Hechos 15:28)
Fue la soberbia y el orgullo de los fariseos lo que les impidió ver la verdad con claridad y terminaron crucificando al Señor. No lo perdamos de vista ni lo crucifiquemos de vuelta en el altar de nuestras propias opiniones; más bien busquemos tener la sabiduría de lo alto en cada decisión que tomemos.
Esa si es una buena idea.

lunes, 16 de mayo de 2011

UNA MALA IDEA

“Volvió a encenderse la ira de Jehová contra Israel, e incitó a David contra ellos a que dijese: Ve, haz un censo de Israel y de Judá. Y dijo el rey a Joab, general del ejército que estaba con él: recorre ahora todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Beerseba, y haz un censo del pueblo, para que yo sepa el número de la gente. Joab respondió al rey: Añada Jehová tu Dios al pueblo cien veces tanto como son, y que lo vea mi señor el rey; mas ¿por qué se complace en esto mi señor el rey?”. 2ª Samuel 24:1-3
¿Tuviste alguna vez una idea que al principio pareció buena, pero después te diste cuenta que era una muy mala idea?
En la vida nos toca decidir a cada instante sobre lo que vamos a hacer o dejar de hacer, a comprar o vender, a comer o a ponernos. A veces los resultados de tales decisiones son de escasa importancia. Pero hay algunas que sabemos que serán trascendentes, que traerán bendición o terminarán en catástrofe,  y el criterio con que las encaramos hace toda la diferencia. 
Y si eso es cierto en el ámbito secular, es todavía más cierto en el ámbito espiritual. El enemigo lo sabe, por lo tanto procura que no decidamos correctamente y que nos dejemos llevar por pensamientos equivocados.
En la historia bíblica que encabeza esta entrada, el rey David, ya anciano, decide hacer un censo militar en Israel. Le pareció una buena idea reforzar su poderío bélico y para eso era necesario hacer un relevamiento de posibles combatientes. 
Incluso su general en jefe -que no era un hombre muy espiritual que digamos- se dio cuenta de que David procedía mal; sin embargo, el rey porfió y siguió adelante con su propósito de censar militarmente al pueblo.
¿Orgullo, ambición, soberbia, exceso de confianza en lo terrenal? Sí, y mucho más que eso. Porque olvidaba que era el Señor quien peleaba sus batallas y quien decidía el resultado de ellas.
Los resultados de tal decisión fueron terribles. El Señor lo castigó duramente; no solamente a él, sinó a todo el pueblo; que, evidentemente, compartía sus sentimientos de gloria mundanal.
El relato es una prueba concreta que aún los líderes más espirituales y consagrados pueden perder el rumbo. Seguir su propio criterio le costó a David mucho sufrimiento y causó una terrible mortandad entre los israelitas.
Tuvo que sufrir personalmente un consejo que él mismo había dado: “Mejor es el muchacho pobre y sabio, que el rey viejo y necio que no admite consejos” (Eclesiastés 4:13).
Y tú: ¿Cómo consideras tu propio juicio? ¿Te crees infalible o escuchas consejos?
Pide a Dios la sabiduría de oír y aceptar las opiniones juiciosas de los demás.
Ahora bien, este relato es singular también por tener dos versiones, que difieren en varios detalles no menores. La reflexión sobre estas divergencias nos puede ayudar a ver con mayor claridad la importancia de buscar consejo en Dios y en sus hijos de experiencia, y confiar un poco menos en nosotros mismos.
Como paréntesis, les invito a leer por ustedes mismos la historia y además dejo un cuadro con las diferencias entre ambos relatos registrados en las Escrituras, esperando sus comentarios al respecto. Luego publicaré algunas consideraciones sobre estas variaciones. 

Capítulo / Diferencias
2ª Samuel 24
1ª Crónicas 21
¿Jehová o Satanás?
1 Volvió a encenderse la ira de Jehová contra Israel, e incitó a David contra ellos a que dijese: Ve, haz un censo de Israel y de Judá.
1 Pero Satanás se levantó contra Israel, e incitó a David a que hiciese censo de Israel.
 Cuántos eran los censados
9 Y Joab dio el censo del pueblo al rey; y fueron los de Israel ochocientos mil hombres fuertes que sacaban espada, y los de Judá quinientos mil hombres. (1.300.000)
5,6 Y había en todo Israel un millón cien mil que sacaban espada, y de Judá cuatrocientos setenta mil hombres que sacaban espada.  Entre éstos no fueron contados los levitas, ni los hijos de Benjamín. (1.570.000)
Tiempo del castigo
 13 Vino, pues, Gad a David, y se lo hizo saber, y le dijo: ¿Quieres que te vengan siete años de hambre en tu tierra? ¿o que huyas tres meses delante de tus enemigos y que ellos te persigan? ¿o que tres días haya peste en tu tierra?
12 Escoge para ti: o tres años de hambre, o por tres meses ser derrotado delante de tus enemigos con la espada de tus adversarios, o por tres días la espada de Jehová, esto es, la peste en la tierra
Nombre del dueño
   18 Sube, y levanta un altar a Jehová en la era de Arauna jebuseo.
18 Y el ángel de Jehová ordenó a Gad que dijese a David que subiese y construyese un altar a Jehová en la era de Ornán jebuseo.
Precio pagado
  24  Entonces David compró la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata.
25 Y dio David a Ornán por aquel lugar el peso de seiscientos siclos de oro.

Tal vez les cause perplejidad encontrar estas disparidades entre versiones del mismo relato en la Biblia. Pero, aunque no sean fáciles de explicar, no deberían hacernos dudar de la inspiración de los mismos. Dios es el autor de los pasajes más claros y comprensibles de su Palabra, y también de aquellos que no son tan sencillos de comprender.
Seguiremos con el tema pronto...
Bendiciones.

viernes, 13 de mayo de 2011

¿TODO ISRAEL SERÁ SALVO? Parte II

“Por tanto, Jehová el Dios de Israel dice: Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí perpetuamente; mas ahora ha dicho Jehová: Nunca yo tal haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco”. 1 Samuel 2:30
-”¡Usted tiene un doble mensaje!” - me acusó aquel padre muy enojado cuando le avisé que su niño sería castigado. Había ido a la dirección de la escuela a fin de año con la esperanza de recibir una felicitación por su hijo y se encontró con una sanción. Lo que había sucedido, era que el muchacho (muy despierto y colaborador por otra parte),  había incurrido ese día en una falta grave. No se trataba de que él no mereciera encomio, sino que sus últimos actos habían opacado completamente las buenas acciones ocasionales.
Algo similar ocurrió con el antiguo Israel. En la entrada anterior, hablábamos de las consecuencias de su fracaso como nación elegida por Dios.
El Señor no tiene un doble mensaje. Honra a los que le honran y desecha a quienes le desechan; pues si bien llamó a la descendencia de Abraham para ser su pueblo elegido y les concedió grandes privilegios, su permanencia en tan alta dignidad no sería incondicional.
Sin embargo, el propósito divino para con Israel no acabó con la muerte de Cristo. Un grupo de judíos fue el germen del cual nació la iglesia cristiana y se expandió primeramente entre ellos. Todas las verdades reveladas a ese pueblo en el antiguo pacto deberían permanecer inalterables. El mismo mensaje de redención dado a ellos debía ahora presentarse al mundo entero. Jesús mismo reconoció ese hecho cuando dijo a la samaritana: “Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”. Juan 4:22-24
Pero los líderes judíos habían rechazado al Salvador bajo la presunción de que el simple hecho de ser judío o estar circuncidado les garantizaba la vida eterna. 
Muchos hoy erran en lo mismo. No es la adhesión nominal a un cuerpo eclesiástico lo que nos salva, debemos ser verdaderos adoradores.
También es un error creer que Israel tiene todavía un papel que cumplir en el concierto mundial como nación elegida por Dios. La comisión evangélica no es centrípeta sino centrífuga, debe ir a todas partes y abarcar a toda nación, tribu, lengua y pueblo.
Las Escrituras son claras en cuanto a que el Señor tiene en cuenta nuestra respuesta a su llamado: “En un instante hablaré contra pueblos y contra reinos, para arrancar, y derribar, y destruir. Pero si esos pueblos se convirtieren de su maldad contra la cual hablé, yo me arrepentiré del mal que había pensado hacerles, y en un instante hablaré de la gente y del reino, para edificar y para plantar. Pero si hiciere lo malo delante de mis ojos, no oyendo mi voz, me arrepentiré del bien que había determinado hacerle”. Jeremías 18:7-10
La expresión “me arrepentiré” no indica un cambio de sentimientos de Dios, pues el no cambia; solo muestra que sus promesas y castigos son condicionales. Vale como ejemplo la predicción de la destrucción de Nínive que fue pregonada por Jonás. Ésta nunca ocurrió, pues los ninivitas cumplieron las condiciones para ser perdonados (la profecía era auténtica, pero supeditada a la respuesta humana).
Las profecías del Antiguo Testamento sobre la restauración de Israel, tenían un claro elemento condicional. Serían aceptados si se volvían a él, serían rechazados si desobedecían. Aunque ellos fueron desestimados como nación, no como individuos.
Con corazón quebrantado y sin poder reprimir el llanto, Jesús se dirigió a la nación judía por última vez para anunciarles su rechazo: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste! He aquí, vuestra casa os es dejada desierta; y os digo que no me veréis, hasta que llegue el tiempo en que digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor”. Lucas 13:34,35
Más tarde, los apóstoles también emitieron juicio contra la oposición de los de su raza: “Entonces Pablo y Bernabé... dijeron: A vosotros [israelitas] a la verdad era necesario que se os hablase primero la palabra de Dios; mas puesto que la desecháis, y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles.” Hechos 13:46
El evangelio predicado en símbolos en el santuario y ejemplificado en la vida de los sinceros israelitas, halló cumplimiento pleno en Jesús y se transfirió a su iglesia. La misión de ser luz del mundo ahora nos incluye a todos los que creemos sin distinción alguna. 
El Israel literal dio paso al Israel espiritual. La nación elegida se ensanchó para abarcar a los gentiles y al mundo entero. 
A lo largo de la historia, los que conformaron el pueblo de Dios nunca fueron muchos. Hoy son apenas el resto o remanente de los millones que toman el nombre de cristianos (sin serlo realmente).
Aunque el pueblo judío ya no cumpla una función escatológica -pues Israel es hoy una nación fuertemente secular y no una teocracia-, como individuos todavía cumplirán un papel relevante en predicar el mensaje del segundo advenimiento. Junto a las personas de toda nación son llamados a anunciar el último mensaje de misericordia para nuestro sufrido mundo.
El Israel actual, comprendido por los que forman el remanente de Dios, su pueblo fiel y obediente se halla esparcido por el globo -dentro y fuera de los "límites" de la iglesia verdadera-. 
Las ovejas que están adentro del redil deben extender el llamado a las ovejas que están fuera, y entonces habrá un solo rebaño y un solo Pastor. Contra este grupo singular dirige Satanás su ira, pues “el dragón se llenó de ira contra la mujer; y se fue a hacer guerra contra el resto de la descendencia de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo”. Apocalipsis 12:17
La buena noticia es que no vencerá. No conseguirá arrebatar de las fuertes manos de Dios a ninguno de sus hijos.
El plan de Dios ha sido siempre el mismo. Sin cambios ni dobles mensajes. Desde Adán hasta el último de sus hijos, todos recibirán la vida eterna sobre la misma base. Salvará a quienes por medio de la fe reciban la justicia de Cristo y decidan obedecer su ley despreciada, aún a costa de sus propias vidas. Cuando la hora final haya llegado, todo Israel será salvo. Ninguna de sus ovejas será arrebatada por el lobo.
Se cumplirá gloriosamente la promesa: “Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo; porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado”. Joel 2:32
Aleluya.

¿TODO ISRAEL SERÁ SALVO?

“Por tanto, Jehová el Dios de Israel dice: Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí perpetuamente; mas ahora ha dicho Jehová: Nunca yo tal haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco”. 1 Samuel 2:30
Estas tremendas palabras dirigidas a Elí a causa del pecado de sus hijos presentan con claridad la conducta que sigue Dios para con aquellos que elige. 
Su elección o rechazo de los instrumentos humanos no se basa en emociones ni sentimientos pasajeros de aprobación o desaprobación de nuestros actos. Está basada en su gracia, amor y justicia; se halla condicionada únicamente por la respuesta humana a dicha vocación.
Desde el comienzo de la historia, Él eligió a personas para que sean sus mensajeros de misericordia a un mundo hundido en el pecado; posteriormente, puso esa responsabilidad sobre Abraham y su descendencia.
El propósito de Dios para con este pueblo era diferente del que tuvo con los individuos. Era mucho más abarcante que llevar el mensaje de salvación, pues ellos eran el mensaje.
Por medio de Israel, el Señor quería dar al mundo un ejemplo práctico de como se vive en una comunidad de fe; de las bendiciones que reciben los que son obedientes a sus mandamientos, de la paz, el amor y la armonía que tienen los que guardan sus leyes y de la perfecta salud que se obtiene al vivir en armonía con sus estipulaciones.
Los descendientes de Jacob no debían ir a todo el mundo a predicar, sino establecerse en un lugar fijo e iluminar desde allí al mundo. Su misión era centrípeta, no centrífuga. Debían recibir a los gentiles, no ir a ellos, para mostrarles el amor de Dios.
Pero ellos fallaron en ese propósito vez tras vez (salvo en honrosas excepciones), teniendo que recibir castigos y reprensiones debido a su rebelión y apostasía en muchas ocasiones.
En el desierto, durante los días de los jueces, en tiempos de la monarquía dividida, e incluso después del cautiverio en Babilonia, se apartaron de Dios para seguir a los ídolos y las atracciones del mundo.
Apenas durante breves períodos, -durante el mandato de Josué, en los reinados de David y Salomón, con Josías y Ezequías como reyes, y bajo la dirección de Esdras y Nehemías, por ejemplo-, vivieron a la altura de los planes divinos para ellos.
La continua misericordia de Dios los perdonaba y restauraba, pero cuando Cristo -el Mesías largamente esperado- vino, colmaron la medida de su maldad rechazando no solo al Salvador, sino su mismo cometido como pueblo y fueron a su vez rechazados por Dios.
Jesús lamentó su terrible obstinación con estas palabras: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os es dejada desierta. Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor”. Mateo 23:37-39
Su rechazamiento, entonces, ¿fue definitivo?
Pablo trata este asunto en el libro de Romanos en forma extensa (ver capítulos 9-11). Los gentiles que se habían convertido al evangelio en aquellos días habían llegado a la conclusión de que los israelitas ya no constituían el pueblo de Dios de ninguna forma. Y razón no les faltaba para creerlo, pues se oponían duramente a la predicación de las buenas nuevas de salvación en Cristo y eran tenidos además por enemigos del imperio.
Corrige ese pensamiento discriminatorio diciendo: “Digo, pues: ¿Ha desechado Dios a su pueblo? En ninguna manera. Porque también yo soy israelita, de la descendencia de Abraham, de la tribu de Benjamín. No ha desechado Dios a su pueblo, al cual desde antes conoció. ¿O no sabéis qué dice de Elías la Escritura, cómo invoca a Dios contra Israel, diciendo: Señor, a tus profetas han dado muerte, y tus altares han derribado; y sólo yo he quedado, y procuran matarme? Pero ¿qué le dice la divina respuesta? Me he reservado siete mil hombres, que no han doblado la rodilla delante de Baal. Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia”. Romanos 11:1-1-5
En este pasaje hay dos elementos a los cuales debemos prestar atención para entenderlo correctamente:
  • Dios no se equivoca al elegir.
  • El remanente.
Pablo basa aquí su argumento sobre la elección en su propio caso. Dios eligió al pueblo de Israel y él no se equivoca al elegir. Yo mismo soy israelita y descendiente de Abrahám -afirma-, y sigo formando parte del pueblo de Dios, por lo tanto la elección sigue firme.
Ahora, Pablo era apenas un israelita ¿Qué sucedería con Israel como nación?
La mención de Elías resulta ilustrativa; este profeta había luchado en favor del Señor en un período de profunda apostasia, pero al reclamar que se había quedado solo, Dios le dice que aún quedaban siete mil hombres fieles de su pueblo. Él no trabaja con individuos aislados; ha llamado un pueblo y es su deseo salvar a la mayor cantidad posible de ellos.
La lección evidente es que aún cuando los hombres fallen en cumplir los propósitos divinos, nuestro bondadoso y fiel Señor no conoce el fracaso. Siempre tuvo y siempre tendrá hijos fieles entre su pueblo -y fuera de él- que lo honrarán con su fe. A contramano de los deseos del Enemigo de las almas, la línea de los que le obedecen, la “simiente de la mujer”, no se ha cortado a lo largo de la historia, y continuará hasta el fin del tiempo.
A los gentiles creyentes de su tiempo, Pablo les advierte que Dios no permite que se malogren sus planes: “Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo, como está escrito: Vendrá de Sion el Libertador, que apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos, cuando yo quite sus pecados. Así que en cuanto al evangelio, son enemigos por causa de vosotros; pero en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres. Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios ”. Romanos 11:25-29
¡Alabado sea nuestro buen Dios, por ser tan persistente en sus propósitos de misericordia!
A su pueblo infiel todavía le ofrece el perdón de sus pecados. 
Luego, ¿todo Israel será salvo? 
Nos resta considerar el aspecto del remanente para clarificar este asunto. Lo haremos en la siguiente entrada. Mientras tanto, recordemos que el Señor dijo “yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco”. 1 Samuel 2:30
Dios nos ha llamado a formar parte de su pueblo; ¿lo honraremos con nuestras palabras, vidas y testimonio?

domingo, 8 de mayo de 2011

JUSTOS Y SANTOS

“El que tiene al Hijo, tiene la vida, el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.” (1 Juan 5:12).
¿Somos justificados por la fe más las obras, por las obras sin la fe, o por la fe sin las obras?
¿O será que ninguna de estas opciones es correcta?
Recibir la salvación es como recibir visitas. No podemos obligar a la gente a que nos visite, deben venir por su propia cuenta. Ni se espera tampoco que quienes nos visitan entren a nuestro hogar sin permiso, deben ser invitados a entrar.
No es obra nuestra, sino la de Dios traernos la salvación, el perdón, la justicia y la santidad. No podemos obligarlo, pues el ya había decidido desde antes de la fundación del mundo darnos la redención. Pero esta debe ser recibida en la morada interior del corazón. Nos corresponde a nosotros -en un acto de fe-, dar la bienvenida a la gracia divina y someter completamente nuestra voluntad a ella.
En la entrada anterior figuraba este texto de las Escrituras: “Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley,
por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado”. Gálatas 2:16
La justicia se obtiene mediante Cristo y solo por él. Y punto.
Los esfuerzos humanos de alcanzar salvación fuera de él son una colosal pérdida de tiempo (y de la vida eterna), pues “en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. Hechos 4:12
Nada que hagamos tampoco le agrega nada a la suficiente obra del Calvario. Podemos entonces descartar por completo las obras humanas. Sin embargo la obra del Señor no se detuvo en la cruz. La justicia acreditada al creyente es apenas el comienzo de su obra en nosotros. Y todo lo que seguirá en nuestra experiencia también será por la obra del Espíritu en nuestras vidas.
La siguiente declaración es esclarecedora: “La justicia por la cual somos justificados es imputada; la justicia por la cual somos santificados es impartida. La primera es nuestro derecho al cielo; la segunda, nuestra idoneidad para el cielo” (Review and Herald, 4 de junio de 1895).
Somos salvos en el Señor al recibir su justicia. Dios nos perdona, nos limpia, nos declara justos y nos da poder para obedecer. Todo viene en el mismo paquete. Pero luego continuamos viviendo en este mundo de pecado; ¿Lo haremos sin su gracia?
Necesitamos de su gracia justificadora al comienzo, y Él nos declara justos por su buena voluntad sin que lo merezcamos. Pero también necesitamos recibir su gracia y su justicia a cada paso de nuestra vida cristiana, de otra manera no podríamos resistir los embates del pecado. De principio a fin dependemos de Dios.
No obstante, nos toca a nosotros ejercer fe, creer, aceptar, someternos a Dios. Nadie, ni Dios mismo, puede obligarnos a hacerlo. El asunto es simple: Dios lo hace todo, pero necesita de nuestro consentimiento. Así es que somos salvos por gracia por medio de la fe y caminamos dependiendo de él a todo lo largo de nuestra existencia.
No obstante, no somos salvos para continuar andando en nuestros pecados. Deberíamos temer el concepto de una gracia que no produzca cambios en la vida, que no impulse a buscar la perfección de carácter y que rebaje la santidad a un mero concepto. 
“Pero al paso que Dios puede ser justo y, sin embargo, justificar al pecador por los méritos de Cristo, nadie puede cubrir su alma con el manto de la justicia de Cristo mientras practique pecados conocidos, o descuide deberes conocidos. Dios requiere la entrega completa del corazón antes de que pueda efectuarse la justificación. Y a fin de que el hombre retenga la justificación, debe haber una obediencia continua mediante una fe activa y viviente que obre por el amor y purifique el alma” (Fe y Obras, p. 103).
La gracia divina no elimina el libre albedrío. Tal como libremente aceptamos a Dios, libremente también podemos rechazarlo, ya sea explícitamente o por descuido.
Cuando dejamos de oír la voz del Espíritu nos colocamos en terreno del enemigo, pues rechazar al Espíritu es rechazar a Dios. El Agente celestial que se ocupa de convencernos de pecado, de justicia y de juicio tiene un lugar determinante en el proceso: “Por el Espíritu es como Cristo mora en nosotros; y el Espíritu de Dios, recibido en el corazón por la fe, es el principio de la vida eterna.” (El Deseado de todas las Gentes, p. 352). Nuestra "obra" consiste en someternos continuamente a la influencia del Espíritu para que modele nuestro carácter a la semejanza del suyo. Eso es la santificación, una obra de toda la vida; pero es solamente la continuación de la obra que nuestro persistente Dios comenzó y desea finalizar en cada hijo suyo. Ël no deja trabajos sin terminar.
La Biblia declara categóricamente: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios”. 1º Corintios 6:9-11
Alabemos a Dios por su maravillosa obra y permitamos que en todo momento Cristo y su justicia puedan encontrar un lugar en nuestro corazón.
“El que tiene al Hijo, tiene la vida, el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.” (1 Juan 5:12).