sábado, 19 de marzo de 2011

DESCONFIANZA 2

“Así ha dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová... Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no... dejará de dar fruto”. (Jeremías 17:5,7,8)
En la entrada anterior hablaba acerca de la necesidad de desconfiar de nosotros mismos. Es que la confianza en uno mismo y la confianza en Dios se excluyen mutuamente.
La autosuficiencia nos lleva a desconfiar del Señor, y en consecuencia nos induce también a desconfiar de nuestros hermanos (pero este es otro tema que luego desarrollaré).
Cuando ponemos nuestras expectativas en logros humanos dejamos de confiar en la dirección de Dios y nos apartamos de su voluntad. Esa actitud no nos puede conducir sino al fracaso, pues la falta de confianza en Dios es lisa y llanamente incredulidad.
Y esto puede suceder de dos maneras diferentes:
  • Cuando tenemos éxito en la obra del Señor, podemos llegar a pensar que lo hicimos gracias a nuestra propia capacidad y caer en el orgullo, como en el caso de Jehú.
  • Cuando nos va mal, podemos caer en el desaliento y la desconfianza intentando resolver las cosas por nuestra propia cuenta como lo hicieron repetidamente los israelitas.  
O sea que, en cualquier caso, siempre estaremos en peligro de dejar de lado al Señor
¡Qué complicación!
El remedio para esta situación es tan sencillo que resulta a la vez fácil de olvidar y difícil de practicar. Elena White lo dijo así: “Contempla a Jesús. No eches a perder tu registro cediendo ante el abatimiento y la desconfianza. Traza senderos rectos para tus pies, no sea que el cojo se aparte del camino. . . El hombre que está más cerca del Señor es el que espera en Él como quien espera la mañana, es el que desconfía de si mismo y pone toda su confianza en Dios, que puede salvar hasta lo sumo a los que se allegan a Él”. Alza tus Ojos Página 126  
Como parte de nuestra herencia pecaminosa, nos resulta más sencillo intentar arreglarnos por nuestra cuenta que volver los ojos a Dios.
Cual Adán, intentamos “hacer algo” para remediar nuestra condición, sin otro resultado que continuar en la mayor de las miserias. Porque las hojas de higuera de la justicia propia jamás podrán cubrir nuestra desnudez tan completamente como lo consigue el manto de justicia provisto por el Señor.
Por eso, debemos contemplarlo o morir en nuestros pecados.
¿Cómo hacerlo?
Se requieren tanto la gracia divina, como un constante esfuerzo de la voluntad, a fin de dirigir nuestra mirada hacia Aquel que debería ser en todo nuestra confianza.
La Biblia tiene además maravillosas promesas para alentarnos a buscar confiadamente su rostro:
  • Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo. Juan 16:33
  • Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro. Hebreos 4:16
  • “En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y este será su nombre con el cual le llamarán: Jehová, justicia nuestra”. Jeremías 23:6
El Salvador invicto, el poderoso y amante Rey Jesús es nuestro protector.
¿Necesitamos desconfiar de sus promesas?
¿Necesitamos temer que Dios no nos ayudará?
Por el contrario, cuando desconfiamos de nosotros mismos es cuando la fe ejerce su poder curativo sobre la naturaleza humana; mirar a Dios se vuelve entonces un acto natural, pletórico de gratitud y alabanza.
Notemos que: “El amor que Cristo infunde en todo nuestro ser es un poder vivificante. Da salud a cada una de las partes vitales: el cerebro, el corazón y los nervios. Por su medio las energías más potentes de nuestro ser despiertan y entran en actividad. Libra al alma de culpa y tristeza, de la ansiedad y congoja que agotan las fuerzas de la vida. Con él vienen la serenidad y la calma. Implanta en el alma un gozo que nada en la tierra puede destruir: el gozo que hay en el Espíritu Santo, un gozo que da salud y vida”. Ministerio de curación, pág. 78.
La Inspiración nos invita a exclamar con alegre seguridad este cántico:
“Oh Israel, confía en Jehová;
El es tu ayuda y tu escudo.
Casa de Aarón, confiad en Jehová;
El es vuestra ayuda y vuestro escudo.
Los que teméis a Jehová, confiad en Jehová;
El es vuestra ayuda y vuestro escudo.
Jehová se acordó de nosotros; nos bendecirá”.  Salmos 115:9-12
Mira hoy con fe al Dios de toda fidelidad y así experimentarás la bendición de una grandiosa renovación. 

viernes, 18 de marzo de 2011

DESCONFIANZA 1

“Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos”. (Isaías 26:4)
La Biblia es fuente de inspiración permanente y tiene verdades claramente expresadas; así también, contiene pasajes difíciles de entender. Pero es en ellos precisamente en donde encontramos las lecciones más valiosas para nuestro caminar diario con el Señor.
Veamos la siguiente historia, que puso fin al reinado del rey Joram:
“Mató entonces Jehú a todos los que habían quedado de la casa de Acab en Jezreel, a todos sus príncipes, a todos sus familiares, y a sus sacerdotes, hasta que no quedó ninguno. Yéndose luego de allí, se encontró con Jonadab hijo de Recab; y después que lo hubo saludado, le dijo: ¿Es recto tu corazón, como el mío es recto con el tuyo? Y Jonadab dijo: Lo es. Pues que lo es, dame la mano. Y él le dio la mano. Luego lo hizo subir consigo en el carro, y le dijo: Ven conmigo, y verás mi celo por Jehová. Lo pusieron, pues, en su carro. Y luego que Jehú hubo llegado a Samaria, mató a todos los que habían quedado de Acab en Samaria, hasta exterminarlos, conforme a la palabra de Jehová, que había hablado por Elías”. (2ª Reyes 10:11, 15-17)
¿Por qué llamó Dios a un hombre como este para que sea el ejecutor de sus juicios?
¿Qué lecciones podemos extraer de semejantes matanzas?
Recordemos que Jehú fue ungido por el profeta Eliseo para acabar con el resto de la dinastía de Acab y Jezabel. Un hombre común fue llamado a ser instrumento divino y advertido acerca de la importancia de su misión.
Podría figurar en la historia sagrada que Jehú se mantuvo humilde y desconfiado de sí mismo mientras cumplía su misión, pero tristemente no fue así. Él creyó que su corazón era recto por el solo hecho de estar haciendo una gran obra para Dios. 
Pensó que su llamamiento avalaba sus acciones sean las que fuesen.
Cuando el Señor llama a una persona a desempeñar un ministerio, esto lo convierte en un recipiente de su gracia,  un instrumento santo. Al llamarnos y capacitarnos para una tarea, espera de nosotros que la cumplamos con celo proporcional a la grandeza de nuestro cometido. 
Pero la habilitación del Espíritu Santo no convive jamás con la autosuficiencia humana y Jehú no puso su confianza en Dios, sino en sí mismo.
Encontrándose con un siervo de Dios, exhibió una terrible suficiencia propia al decir “Ven conmigo, y verás mi celo por Jehová”.
Que estemos en la verdad, que respondamos a un llamamiento santo dado por Dios mismo, no nos autoriza para hacer las cosas de acuerdo a nuestro criterio o voluntad. Por el contrario, cuando actuamos por nuestra cuenta, terminamos haciendo más mal que bien.
Tampoco, en ninguna etapa de nuestra experiencia cristiana podremos estar seguros de que estamos haciendo lo correcto, a menos que dejemos de confiar en nuestras capacidades y dependamos por entero del Señor.
Al tiempo en que hacemos todo lo que está en nuestras manos para hacer avanzar la obra de Dios, nuestro deber es reconocer que todo triunfo le pertenece al Señor. Necesitamos mantenernos humildes y sumisos ante el Todopoderoso, sabiendo que solo somos sus colaboradores y que la honra le pertenece a él.
Desconfiemos en primer lugar de nosotros mismos. 
No de nuestro llamado, ni de que podamos hacer la obra del Señor. No estoy diciendo que vivamos y actuemos como timoratos, con inseguridad y falta de confianza. 
No, de ninguna manera, pues somos agentes del Dios de los Ejércitos y debemos hablar como quienes tienen plena confianza en su poder.
Desconfiemos sí, de que en cualquier momento, caigamos en la tentación de soltarnos de su mano poderosa para actuar con la debilidad del brazo carnal.
Nuestra confianza se debe basar, tal como lo dice el texto de arriba, en Aquel que es “la fortaleza de los siglos” y puede sostenernos siempre.
Me encantó el consejo de esta cita y a todos nos viene bien: “Acuda a El tal como es, y póngase en sus manos. Crea que El lo acepta tal como ha prometido. No trate de hacer algo importante que lo recomiende a Dios, sino confíe en El ahora, en este momento. Rompa las cadenas de la duda y desconfianza con las que Satanás quisiera atarlo al castillo de la duda. Acuda con fe humilde a Aquel que nunca dijo a los necesitados y sufrientes: "Buscan mi rostro en vano". Sabemos que somos pecadores, que a menudo nos equivocamos y que frecuentemente somos vencidos en las tentaciones, pero esto no debiera conducirnos en nuestra gran necesidad a apartamos del Único que puede ayudarnos y salvarnos del poder de Satanás”. Alza tus Ojos Página 326
¿Tienes  celo por Dios?
Muéstralo desconfiando de tí mismo, y poniendo por completo tu confianza en el poder de Jesús.

domingo, 13 de marzo de 2011

AUTOFLAGELACIÓN

“Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”. (1ª Corintios 9:26-27)

La autoflagelación es la práctica de torturarse e infligirse heridas uno mismo.
Esta terrible costumbre ha vuelto a convertirse en centro de atención por causa de algunas corrientes juveniles actuales, que la utilizan para alcanzar un cierto grado morboso de placer, como método de excitación sexual, o por otras causas igualmente perversas.
Pero, en el contexto religioso, ésta se practicaba a fin de alcanzar un más alto nivel espiritual. Durante la época medieval existieron cofradías de “disciplinantes” que entendieron mal el consejo de Pablo y buscaban purificar sus almas mortificando sus cuerpos. En lo oscuro de los conventos, en los templos y en las procesiones se daban de latigazos o se cubrían con cinturones llenos de púas -entre otras prácticas-, en pos de rendir “homenaje” a la pasión de Nuestro Señor.
Entendámonos; nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo y deben ser tratados con respeto. Este tipo de prácticas no rinde ningún servicio a Dios, porque nuestros propios sufrimientos no tienen valor redentor; solo los de Cristo pueden limpiarnos de pecado.  No deberíamos pues causarnos daño intencionalmente o por descuido; necesitamos además ser respetuosos de las leyes de la salud, honrando así a nuestro Creador.
Pero vamos un poco más allá. La Biblia dice que la iglesia se asemeja a un cuerpo; en el cual: “los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios; y a aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a éstos vestimos más dignamente... pero Dios ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le faltaba, para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros. De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan. Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular”. 1ª Corintios 12:22-27
En la analogía de la iglesia como cuerpo, aparece la noción de solidaridad. Los miembros actúan en conjunto, cuidando del más débil, preocupándose unos por otros y gozándose o sufriendo colectivamente de acuerdo a las circunstancias.
Pero a veces también nos flagelamos...
Este asunto de la autoflagelación en la iglesia quisiera tratarlo desde estos tres enfoques diferentes, aunque complementarios entre sí:
  1. Histórico
  2. Congregacional
  3. Individual
1- En la profecía de los cuatro caballos y sus jinetes, de Apocalipsis 6, al caballo blanco que representa la iglesia victoriosa le sigue “otro caballo, de color rojo encendido. Al jinete se le entregó una gran espada; se le permitió quitar la paz de la tierra y hacer que sus habitantes se mataran unos a otros”. (Apocalipsis 6:4 NVI)
Basta revisar un poco la historia para comprobar que luego del primer siglo, la iglesia cristiana, que había mantenido su pureza original y había esparcido el mensaje de salvación por todo el imperio romano, comenzó a dividirse en distintas facciones que competían entre sí -ortodoxos, arrianos, gnósticos, docetistas, montanistas, adopcionistas-, por nombrar algunas.
La espada del evangelio se tornó entonces en la espada del demonio; la unidad y la paz fueron reemplazadas por las contiendas y el derramamiento de sangre. Unos a otros se tildaron de herejes y recurrieron en algunos casos a la violencia para imponer sus puntos de vista.
Ya Jesús había predicho esta actitud entre los creyentes: “Os expulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios”. (Juan 16:2)
Al alcanzar el cristianismo el estatus de religión imperial, dolorosamente echó mano del poder del estado para perseguir a los disidentes. El caballo bermejo siguió cabalgando y se dio forma legal a la supresión de la herejía mediante la institución de la Inquisición. Miles fueron encarcelados, torturados y muertos por el delito de diferir en sus creencias con la iglesia oficial.
Duele decir que con el advenimiento de la Reforma las cosas no mejoraron, pues en sobrados casos los protestantes utilizaron los mismos métodos. No fue sino hasta principios del siglo XIX en que el fervor misionero reemplazó al fervor por destruir al que pensaba distinto. 
Es que la mejor manera de evitar disputas internas es ocuparnos de las necesidades de los demás.
Este fuego sin embargo, no se ha apagado; volverá a encenderse avivado por Satanás cuando, según las profecías, se encienda de nuevo el espíritu de entrega y plena consagración que tuvo la iglesia primitiva.
2- Pero, aunque la persecución haya cesado a nivel institucional, aunque las distintas confesiones tengan hoy un trato más “civilizado”, no por eso hemos dejado de lastimarnos; solamente hemos pasado en la autoflagelación del nivel confesional al nivel congregacional.
Ya no se encienden hogueras, pero tenemos métodos más refinados de causar dolor. El maltrato continúa a nivel de la iglesia local cuando nos agredimos unos a otros con el dudoso afán de corregir al que piensa diferente de nosotros (y por lo tanto, ¡está equivocado!).
Más dolorosos que los golpes del látigo resultan las de los “hombres cuyas palabras son como golpes de espada” (Proverbios 12:18). Las críticas impiadosas, las calumnias gratuitas, los chismes sin fundamento, todos actúan como eficaz método de autoflagelación del cuerpo de Cristo.
¿No sería mejor que nuestras palabras actuaran como bálsamo sanador, antes que obrar como hirientes espadas?
3- La tercera espada levantada contra los hijos de Dios la esgrimimos con nuestras propias manos
¿Cómo es esto posible?
Cuando rumiamos algún desprecio que hemos sufrido, cuando nuestro orgullo sufre por no ser tenidos en cuenta, o tal vez cuando imaginamos que alguien conspira contra nosotros en la iglesia, nos estamos autoflagelando. Cuando el rencor, los celos y la desconfianza ocupan el lugar de la fe en el corazón del creyente, el amor filial se desangra y muere a causa de las heridas autoinflingidas.
Cuando predominan los sentimientos de culpa y se deja de confiar en el perdón y la aceptación de Jesús, se da lugar a pensamientos que carcomen las vidas de muchos cristianos, que se hieren a sí mismos al perder de vista la fuente inagotable y siempre accesible del amor del Salvador.
No caigamos en estas actitudes que nos desvalorizan como hijos de Dios ante nosotros mismos, ante los no creyentes, y ante el universo celestial. Demos testimonio de que hemos nacido de nuevo amando a nuestros hermanos y cuidando de no causar heridas a nadie.
“¡Qué maravilloso y agradable es cuando los hermanos conviven en armonía!
Pues la armonía es tan preciosa como el aceite de la unción
que se derramó sobre la cabeza de Aarón,
que corrió por su barba hasta llegar al borde de su túnica.
La armonía es tan refrescante como el rocío del monte Hermón
que cae sobre las montañas de Sión.
Y allí el Señor ha pronunciado su bendición,
incluso la vida eterna”.
Salmos 133 (Nueva Traducción Viviente)

martes, 8 de marzo de 2011

PEQUEÑECES

“De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos”. (Mateo 5:19)
Lot había ido progresivamente acercándose a Sodoma, hasta que se quedó a vivir allí.
Aunque no aprobaba la maldad del lugar en que vivía, poco a poco se fue acostumbrando a su modo de vida idólatra y mundano. Las comodidades de la impía ciudad superaban en mucho a la sacrificada vida rural que antes llevaba.
Cuando los ángeles aparecieron con su mensaje, dudó en dejar su casa y sus posesiones. Su vacilación casi le cuesta su vida y la de los suyos. Los ángeles tuvieron que llevarlos arrastrando para poder salvar la vida del patriarca y su familia.
“Y cuando los hubieron llevado fuera, dijeron: Escapa por tu vida; no mires tras ti, ni pares en toda esta llanura; escapa al monte, no sea que perezcas. Pero Lot les dijo: No, yo os ruego, señores míos. He aquí ahora ha hallado vuestro siervo gracia en vuestros ojos, y habéis engrandecido vuestra misericordia que habéis hecho conmigo dándome la vida; mas yo no podré escapar al monte, no sea que me alcance el mal, y muera. He aquí ahora esta ciudad está cerca para huir allá, la cual es pequeña; dejadme escapar ahora allá (¿no es ella pequeña?), y salvaré mi vida”. (Génesis 19:17-20)
La seducción del pecado es tal que hasta nos cuesta abandonar un modo de vida que nos está destruyendo. Hipnotizados por sus encantos, miles resisten la invitación de Cristo a escapar por sus vidas de la malignidad del pecado.
También como en el caso de Lot, clasificamos los mandatos de Dios en grandes y pequeños.
Cuando él finalmente estuvo dispuesto a escapar de Sodoma, negoció con el Señor para ir a una ciudad más pequeña (allí los pecados ¿serían mas pequeños?).
Le parecía que aún podría obtener lo mejor de dos mundos. Alcanzar la salvación sin dejar de gozar de las comodidades y placeres a los que se había acostumbrado. Este es un triste error que muchos cometen.
Tendemos a clasificar las cosas en orden de importancia y eso está bien. Pero en cuanto a los mandatos de Dios no existen cosas grandes y pequeñas.
Por lo general, la mayoría de los cristianos no caemos en el pecado grosero y repudiable en que caen los mundanos. Pero somos atrapados con frecuencia por las cosas pequeñas, por los pecados “chiquititos” que solemos resguardar en el ámbito privado.
¡Y cuidado que alguien diga algo respecto a ellos! Enseguida lo tildamos de fanático legalista.
Los cristianos que son escrupulosos tienden a ser vistos por los demás como personas ingenuas, débiles o faltas de experiencia. Se ven estos a sí mismos como “más equilibrados” al descartar lo que consideran simples detalles sin importancia.
Aunque todos repudien la conducta de un violador, son pocos los que tienen reparos en mirar las mismas obscenidades en la la pantalla del televisor.
Razonamos que está mal cometer un robo seguido de asesinato y condenamos al que los comete; pero participamos de chismes, robando el honor y matando la reputación de nuestros hermanos.
¿Ha escuchado alguna vez?:
  • ¿Qué tiene de malo hacer ...?
  • ¿Por qué no se puede...?
  • No hay que ser tan fanático en algo sin importancia...
  • Lo hice solamente una vez...
Estos argumentos son los argumentos de Lot.
Demuestran que estamos tan familiarizados con el pecado que despreciamos las órdenes directas de Dios. Le dicen a los demás (y al universo entero), que no estamos en verdad dispuestos a dejarlo todo por Jesús.
Lo peor es que nos engañamos a nosotros mismos con ellos. Quedamos satisfechos con obedecer parcialmente los mandatos divinos, y nos hacemos pequeños en el reino de los cielos.
Cuando alguien sin experiencia se pierde en la selva, su temor principal es ser atacado por grandes fieras como los tigres. Pero en realidad corre más peligro -mucho más real y concreto- de ser atacado por pequeños animales (mosquitos, moscas, arañas, hormigas, etc.) que pueden acabar con su vida tan ciertamente como los grandes felinos.
Deberíamos temer las cosas pequeñas.
Los pecados “menores”, las pequeñas transgresiones, ceder a un pequeño defecto de carácter, a los vicios pequeños, o las pequeñas concesiones que hacemos al mal.
Apartarnos en lo más mínimo de la voluntad divina es muy peligroso. No nos toca a nosotros seleccionar que hemos de obedecer y que no.
Sigamos el ejemplo de Samuel, de quién la Biblia dice:
“Y Samuel creció, y Jehová estaba con él, y no dejó caer a tierra ninguna de sus palabras” (1 Samuel 3:19)

lunes, 7 de marzo de 2011

LÍDERES CONSAGRADOS

Una de las grandes carencias de la iglesia en la actualidad es la falta de dirigentes que ejerzan un liderazgo consagrado.
En los días apóstólicos -y aún antes-, los líderes eran elegidos por el testimonio que daba el Espíritu Santo. Hombres en quienes se veía la obra interna de la gracia, y que eran ejemplos de humildad y consagración. Se los elegía mediante ferviente oración y ayuno y con el concurso de toda la congregación.
Avanzando el tiempo, a la muerte de los apóstoles, los que eran movidos por el Espíritu fueron reemplazados por los “profesionales de la religión”, y la iglesia entró en su edad más triste.
La apostasía ganó terreno, y progresivamente, los líderes dejaron de ser nombrados por su consagración y lo fueron en base a su preparación teológica, su prestigio social o incluso por su fortuna.
No quiero decir con esto que esté mal tener conocimientos de teología; no me malentiendan. No digo que se deje de preparar a nuestros pastores. Hacen falta líderes bien capacitados para enfrentar los retos de esta época moderna. No debe haber improvisados liderando la iglesia, ni podemos dar al mundo la impresión de que somos un grupo de ignorantes dirigidos por otros ignorantes.
Simplemente describo una realidad palpable.
Tenemos seminarios, colegios y universidades que conceden grados y posgrados teológicos; se puede alcanzar en ellos un elevado grado de conocimiento, tal como nunca se dio en la historia de la iglesia.
Pero tenemos pocos Elías, Pablos o Bernabés. No se ofrecen entre las carreras teológicas doctorados “del Espíritu” ni vemos graduados “summa cum laude” de Humildad, Entrega o Consagración.
Los resultados están a la vista.
Corremos mucho y no llegamos a la meta. Se trabaja demasiado, al límite de las fuerzas, pero no se alcanzan a cubrir las necesidades de la gente. Muchos dirigentes están trabajando hasta el agotamiento para llevar adelante programas espectaculares, costosos y abarcantes a nivel mundial, pero los frutos, los verdaderos frutos, son escasos y efímeros.
¿Por qué esto es así?
Porque es muy fácil ocuparse de lo tangencial y olvidarse de lo esencial, del Poder que otorga sus verdaderas credenciales a los ministros del evangelio:
“El transcurso del tiempo no ha cambiado en nada la promesa de despedida de Cristo de enviar el Espíritu Santo como su representante. No es por causa de alguna restricción de parte de Dios por lo que las riquezas de su gracia no fluyen a los hombres sobre la tierra. Si la promesa no se cumple como debiera, se debe a que no es apreciada debidamente. Si todos lo quisieran, todos serían llenados del Espíritu. Dondequiera la necesidad del Espíritu Santo sea un asunto en el cual se piense poco, se ve sequía espiritual, obscuridad espiritual, decadencia y muerte espirituales. Cuandoquiera los asuntos menores ocupen la atención, el poder divino que se necesita para el crecimiento y la prosperidad de la iglesia, y que traería todas las demás bendiciones en su estela, falta, aunque se ofrece en infinita plenitud”. Hechos de los Apóstoles pág. 50
Vendría bien examinar un ejemplo bíblico de líder consagrado.
Al llegar a ser rey, Ezequías encabezó una profunda reforma en Israel, restaurando el servicio del templo, haciendo volver a sus labores a los levitas y eliminando los ídolos y la idolatría de Israel.
Como en cada ocasión en que ocurre un reavivamiento, Satanás está atento para causar dificultades. Las noticias de la inminente invasión asiria parecían asestar un golpe mortal al despertar espiritual de los judíos, que no estaban en condiciones de resistir a tan poderoso enemigo.
El registro sagrado dice entonces lo siguiente acerca de las acciones del consagrado rey:
“Después de estas cosas y de esta fidelidad, vino Senaquerib rey de los asirios e invadió a Judá, y acampó contra las ciudades fortificadas, con la intención de conquistarlas. Viendo, pues, Ezequías la venida de Senaquerib, y su intención de combatir a Jerusalén, tuvo consejo con sus príncipes y con sus hombres valientes, para cegar las fuentes de agua que estaban fuera de la ciudad; y ellos le apoyaron. Entonces se reunió mucho pueblo, y cegaron todas las fuentes, y el arroyo que corría a través del territorio, diciendo: ¿Por qué han de hallar los reyes de Asiria muchas aguas cuando vengan? Después con ánimo resuelto edificó Ezequías todos los muros caídos, e hizo alzar las torres, y otro muro por fuera; fortificó además a Milo en la ciudad de David, y también hizo muchas espadas y escudos. Y puso capitanes de guerra sobre el pueblo, y los hizo reunir en la plaza de la puerta de la ciudad, y habló al corazón de ellos, diciendo: Esforzaos y animaos; no temáis, ni tengáis miedo del rey de Asiria, ni de toda la multitud que con él viene; porque más hay con nosotros que con él. Con él está el brazo de carne, mas con nosotros está Jehová nuestro Dios para ayudarnos y pelear nuestras batallas. Y el pueblo tuvo confianza en las palabras de Ezequías rey de Judá”. (2ª Crónicas 32:1-8)
Aparecen en este relato las características que debiera tener un líder movido por el Espíritu Santo:
  • Busca el consejo de hombres de probada experiencia y valor
  • Consigue el apoyo de los demás, no trabaja solo
  • Da el ejemplo, trabajando junto a sus seguidores
  • Muestra una voluntad resuelta
  • Es diligente en tomar las precauciones necesarias
  • Capacita y prepara a los demás
  • Alienta y motiva a su gente
  • Reconoce la necesidad de confiar en Dios
  • Da evidencias de que se apoya en el poder divino
  • Gana la confianza de los suyos
Necesitamos más líderes como Ezequías, Elías o Juan el Bautista; nos hacen falta urgente Pablos y Pedros; y no los conseguiremos en los clasificados del periódico o por la sola acumulación de grados universitarios.
La iglesia languidece hoy por falta de esa clase de liderazgo. Líderes, en fin, que muevan al pueblo a pelear las batallas del Señor, con la inquebrantable confianza de que “con nosotros está Jehová nuestro Dios para ayudarnos y pelear nuestras batallas”.