sábado, 11 de septiembre de 2010

VENCIENDO AL MUNDO

"El cual se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre". Gálatas 1:4
La Biblia usa las expresiones siglo o mundo, para referirse, entre otras cosas, a lo terrenal en contraste con lo espiritual. A un sistema de vida de la sociedad que no conoce a Dios, porque no quiere, por estar dominada por Satanás, la codicia, el ansia de poder y el egoísmo. También representa una multitud malvada y hostil a Dios. 
  • "¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios". Santiago 4:4
  • "El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa". Mateo 13:22
  • "No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta". Romanos 12:2
  • "Porque por ahí andan muchos... que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal". Filipenses 3:18,19
La línea se traza claramente.
El mundo es malo, ahoga el amor por la verdad, está en enemistad con Dios y debe ser rechazado por los que desean hacer el bien. Todo lo que de el proviene está contaminado por el pecado y el error.
Los que quieren vencer, como decía en las entradas anteriores, además de vencerse a sí mismos, deberán luchar contra la influencia externa de este sistema perverso. El gobernante de este mundo (aunque usurpador) es el diablo, quien ha diseñado todo tipo de tentaciones y placeres para hacerlo poderosamente atractivo. El poder, el dinero, el lujo, la posición social, las ventajas materiales, las perversiones de lo bueno; todas se encaminan en dirección contraria a la cruz.
Antes de dirigirse al Calvario, nuestro Salvador oró por nosotros con estas palabras: "Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad". Juan 17:14-17
No esperemos que sean eliminadas todas las influencias pecaminosas. No seremos arrebatados de esta tierra para librarnos del mal. Nos toca permanecer en el mundo luchando para no ser de él.
Entonces... ¿Cómo haremos para vencer?
Un dicho popular expresa: "no podemos evitar que los pájaros vuelen sobre nuestra cabeza, pero podemos evitar que hagan nido en ella".
Podemos resistir la influencia de lo terrenal en nuestra vida, aferrándonos a Cristo y a su palabra; podemos decidir echar nuestra suerte con la verdad y la justicia. Jesús lo hizo y pudo decir que hacía siempre lo que a Dios le agradaba.
En la Biblia hay, además del de Cristo, sonados casos de personajes que vencieron al mundo y a la carne, en fiero conflicto con el enemigo:
Enoc, Noé y Abraham ejemplifcan a los que caminan con Dios en medio de una generación corrupta, sin mancharse con ella.
Nehemías, Daniel y José son modelo de aquellos que están en el mundo, incluso ocupando cargos de responsabilidad, y son fieles hasta las últimas consecuencias, sin transigir con lo malo.
Moisés, Elías y Juan el Bautista son prototipo de los creyentes del tiempo del fin. Habiéndose apartado de la sociedad y encontrado con el Señor, volvían al mundo con el mensaje divino de arrepentimiento y reforma que los salvaría de la destrucción.
Decir todo esto es más sencillo que luchar contra la fascinación de nuestros sentidos y la corriente de engaño, corrupción y perversidad que emana del presente sistema de cosas. Reconozco que el mundo es muy atractivo.
Pero por más encantador que parezca, recordemos que su hermosura es pasajera y no tiene destino de eternidad. Su gloria es pura y vana ilusión.
En el día del regreso de nuestro Señor, todo lo deslumbrante de este siglo desaparecerá en un instante, para dar paso a lo eternamente duradero: "Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán!" 2 Pedro 3:10-12
¿De qué lado estaremos?
Enfatizo para finalizar que:
  • Podemos vencer por medio de la fe.
  • Jesús murió para hacerlo posible.
  • La victoria ya es nuestra.
La Biblia lo confirma diciendo: "Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe". 1 Juan 5:4

martes, 7 de septiembre de 2010

VICTORIA SOBRE EL YO

Milón de Crotona fue un célebre atleta griego de la antigüedad que destacó en la lucha, y que en los Juegos Olímpicos ganó 32 veces el premio. Se cuenta que cierto día llevó un ternerito recién nacido sobre sus espaldas dando la vuelta al estadio con el; y repitió ese hecho cada día, hasta que el animal tuvo cuatro años. Lo echó nuevamente sobre sus espaldas, recorriendo con esta carga unos 120 pasos, y lo mató luego de un puñetazo.
Semejante hazaña, si era cierta, se debía a que su esfuerzo fue constante y progresivo. Otra hubiera sido la historia si hubiese comenzado con un buey adulto. En nuestra lucha contra el mal vale el mismo principio.
Si bien la muerte de Cristo abrió la victoria contra el pecado, la aplicación de los méritos de su victoria a nuestra vida es un asunto diario, una lucha de todos los días que acabará recién cuando el Señor venga. No habrá descanso, porque nuestros enemigos jamás duermen.
En la entrada anterior decía que tenemos que luchar contra nosotros mismos (la carne), contra el mundo y contra el Diablo, pero que en primer lugar debemos vencernos a nosotros mismos. ¿Por qué vencer al yo tiene tan alta prioridad?
Consideremos esta cita: "Debemos dar a Dios todo el corazón o, de otra manera, el cambio que se ha de efectuar en nosotros, y por el cual hemos de ser transformados conforme a su semejanza, jamás se realizará... La guerra contra nosotros mismos es la batalla más grande que jamás hayamos tenido. El rendirse a sí mismo, entregando todo a la voluntad de Dios, requiere una lucha; mas para que el alma sea renovada en santidad, debe someterse antes a Dios". El Camino a Cristo pag. 43
¡No hay otra batalla mayor!
Esto es por que "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?" Jeremías 17:9
Jesús enseñó también que tenemos que cuidarnos más de lo interno que de lo exterrno. En cierta ocasión en que los discípulos comían sin el lavamiento ceremonial de las manos, los fariseos objetaron al Señor esa conducta. El les respondió que tenía prioridad lo de adentro, "porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre". Marcos 7:21-23
No necesitamos buscar otro a quien echarle la culpa por nuestros males. Debemos comenzar por reconocer humildemente que "toda cabeza está enferma y todo corazón doliente" (Isaías 1:5); que en lugar de hacer lo bueno, tendemos al mal en cada una de nuestras acciones como resultado de una naturaleza degenerada por el pecado. Esto no significa rebajarse o desmerecerse, es simple y pura honestidad en quienes aceptamos como verdadera la luz de la Palabra de Dios.
El fermento del pecado comienza entonces en el interior de nuestro ser. Su poder reside en que "cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte". Santiago 1:14,15
¡Tremenda batalla nos espera! En comparación, cualquier otra resulta sencilla de luchar. 
Pelear contra nosotros mismos es como combatir contra nuestra sombra. Cada golpe que lanzamos choca contra nuestros puños sin causar más daño que el que nos infligimos. Por más que nos esforcemos, que tiremos nuestro más poderosos golpes o aunque nos movamos con la velocidad del rayo, no podemos derrotarla. Es un ejercicio completamente inútil.
¿Cómo podemos triunfar contra tan poderoso adversario, que para peor, está dentro nuestro?
Si bien resulta paradójico, triunfamos cuando nos rendimos. En la historia de la lucha de Jacob contra el Ángel del Señor (aquí era Cristo mismo), encontramos un modelo de victoria contra el yo.
Durante toda su vida, el mañoso patriarca había engañado y manipulado, había mentido y se había esforzado en mejorar su situación por medio de sus propios esfuerzos. Sus ardides únicamente le habían traído desarraigo, desgracia y sufrimiento.
Al volver a su hogar, la gratitud por las bendiciones de Dios se mezclaban con los recuerdos de sus faltas y pecados. Deseaba tener la seguridad de contar con la bendición divina. Quería saber que sus pecados habían sdo perdonados. Le angustiaba además el enfrentamiento con su rencoroso hermano.
"Y se levantó aquella noche... y pasó el vado de Jaboc... Así se quedó Jacob solo; y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba. Y cuando el varón vio que no podía con él, tocó en el sitio del encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob mientras con él luchaba. Y dijo: Déjame, porque raya el alba. Y Jacob le respondió: No te dejaré, si no me bendices. Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob. Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido". Génesis 32:22-28
No fue sino hasta que desistió de luchar con sus propias fuerzas y se abrazó suplicante a los pies del Señor, que llegó a ser un vencedor. Las heridas de esa lucha llegaron a ser su mayor bendición, porque testificaban de su victoria  ¡Qué ejemplo para nosotros!
El secreto de la victoria no es ningún secreto. Consiste en renunciar diariamente al yo, escondiéndolo en nuestro poderoso Salvador.
Caigamos cada día a los pies de Jesús, y aferrándonos de él, digamos con todo nuestro ser y en plena certidumbre de fe: "no te dejaré si no me bendices".

lunes, 6 de septiembre de 2010

VICTORIA COMPLETA

"Vi también como un mar de vidrio mezclado con fuego; y a los que habían alcanzado la victoria sobre la bestia y su imagen, y su marca y el número de su nombre, en pie sobre el mar de vidrio, con las arpas de Dios". Apocalipsis 15:2
Tanto el deporte como la guerra nos han legado heroicos y vibrantes relatos de victorias; algunas nobles y altruistas, otras trágicamente egoístas. El prestigio, el honor, la libertad, la verdad, la justicia, la patria, el bien ajeno, etc., son algunos de los ideales que se evocan para alcanzarla.
De ellas también se nutre la Sagrada Escritura para representar el triunfo del bien sobre el mal, de Cristo sobre Satanás.
La victoria, al igual que todo en la vida cristiana, se obtiene por gracia. Si bien se nos anima a contender "ardientemente por la fe una vez dada a los santos" (Judas 3), la Biblia deja en claro que solo se puede vencer por medio de Cristo. El asunto fundamental es que sin duda tendremos que hacer nuestra parte, pero, para no ser derrotados, no debemos centrarnos en nuestros esfuerzos sino en la sumisión al poder y al propósito divino.
Consideremos los siguientes pasajes:
  • "Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo". 1 Corintios 15:57
  • "El caballo se alista para el día de la batalla; Mas Jehová es el que da la victoria". Proverbios 21:31
  • "Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó". Romanos 8:37
  • "Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento". 2 Corintios 2:14
En los textos anteriores se ve con claridad que vencer es no solo posible, es necesario; incluso diría obligatorio.
De esta manera llevamos gloria al nombre de Dios y mostramos al mundo que somos sus testigos. Es así como llegamos a ser la luz del mundo. Cuando por la fe el triunfo de Jesús pasa a ser el nuestro, confirmamos la validez y el poder del evangelio.
Para triunfar, además de la gracia divina hacen falta determinación, firmeza y esfuerzo, como lo afirma la cita siguiente:
"Determinémonos a ser victoriosos. Busquemos una medida grande de gracia divina. . . No seamos dominados por los elementos del mundo, sino mostremos que estamos resueltos a llegar a ser vencedores día tras día y hora tras hora. Los ángeles de Dios están velando sobre nosotros cada día. . . Representemos a Cristo y a la verdad dondequiera vayamos para que podamos permanecer en esa posición donde podemos glorificar a Dios. Mis hermanos y hermanas, Jesús anhela interceder por vosotros. Aferraos a Jesús. Esforzaos por ser vencedores para que el Salvador pueda daros la bienvenida a la ciudad de Dios donde podréis cantar los triunfos de la gracia redentora".
En Lugares Celestiales pag. 280
Pero...¿victoria sobre que o sobre quién?
Para poder alcanzar el triunfo, tenemos primero que saber contra quienes luchamos.
Nuestro adversario fundamental es el pecado, y hay tres temibles instrumentos suyos con los cuales debemos lidiar:
  1. La carne, es decir nuestra naturaleza pecaminosa, nuestros malos deseos y pasiones que nos desvían de Dios
  2. El mundo, entendido como las cosas y personas que nos apartan de los designios divinos. 
  3. El Diablo, nuestro enemigo por excelencia.
En las próximas entradas, desarrollaré más ampliamente estos tres puntos. Como anticipo, quiero decir que los coloqué así deliberadamente en función de su importancia.
Porque nuestro principal enemigo no es Satanás ni el influjo de lo mundano, el peor de todos es nuestro yo, como lo afirmara un célebre escritor italiano: "Temo a un solo enemigo que se llama, yo mismo". (Giovanni Papini)
Reitero:
Vencer es necesario. De otro modo deshonramos a nuestro Señor.
Vencer es indispensable. O no entraremos en la patria celestial.
Vencer es posible. Todos los recursos del cielo están empeñados en ello.
Vencer es una obligación. El universo quiere vernos vencedores.
Vencer es nuestro privilegio. Cristo pagó con su sangre para hacerlo posible.
Él ya nos ve en pie sobre el mar de vidrio, como triunfadores, entonando un canto de alabanza y gratitud por la victoria. El mérito será entonces (tal como debe serlo ahora), todo para el Cordero. Nadie se atribuirá ni un átomo de crédito por la derrota final de nuestro temible adversario. Los que estemos allí (¿te incluyes también?) sabremos por experiencia que sin el poder de la cruz y la resurrección de Jesús lo único seguro sería la perdición eterna. Habiendo elegido al Señor, venceremos al Diablo, al mundo y a la carne.
No basta desearla, debemos reclamarla cada día. La victoria es por sobre todo, una cuestión de elección.
¿Qué elegiremos?
Hay maravillosas promesas en la Escritura para quienes deseamos ser victoriosos. Echemos mano de ellas para transitar con éxito la áspera senda que tenemos por delante, hasta que se cumpla la promesa final:"Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono". Apocalipsis 3:21

sábado, 4 de septiembre de 2010

LA CREACIÓN Y YO

"Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo". 2º Corintios 4:6
Cuando era chico, me gustaba observar a las hormigas.
Al mirar su organización y trabajo, la complejidad del hormiguero y sus hábiles movimientos pensaba:
- ¡Qué inteligentes que son las hormigas!
A renglón seguido, viendo cómo llevaban un insecto hacia su nido, tironeando unas para un lado y otras para el lado opuesto; me decía a mi mismo:
- ¡Qué tontas que son estas hormigas!
En la contemplación del mundo natural, podemos llegar también a conclusiones de ese tipo. Podemos ver belleza, orden y perfección; o podemos encontrar fealdad, caos y confusón. Todo dependerá de la perspectiva de nuestras observaciones.
Se nos reprocha a los adventistas por creer que lo registrado en los 11 primeros capítulos del Génesis es un relato fiel del comienzo de la humanidad. Somos "fundamentalistas", "fanáticos", "ultraortodoxos"; o cualquier otro epíteto que nos muestre como ignorantes, locos e ingenuos, tomando un mito o alegoría de los comienzos como algo real.
Muchos afirman cosas tales como: "el Génesis fue escrito por gente común de este planeta cuyos conocimientos de cosmología eran escasos, acorde a su época. Obviamente, algo así no pudo ser inspirado por el supuesto creador o diseñador del universo. Si así hubiese sido, él, como conocedor absoluto de su creación, no hubiese inspirado mentiras" (tomado de Biology Cabinet).
Mucho se ha dicho acerca de que la religión es oscurantista y citan como prueba el caso de Galileo, que fue condenado por la iglesia al enseñar que la Tierra no es el centro del universo. Debemos recordar no obstante, que quienes lo rechazaron (basados en las teorías del incuestionable Aristóteles, no en la Biblia), más que sacerdotes, eran ¡los científicos de su época!
Yo creo en la ciencia; la buena y verdadera ciencia. Pero la ciencia no es más verdadera y más grande que quienes la practican y enseñan. Tristemente hoy la ciencia es materialista a rajatabla, teñida de un posmodernismo relativista que elimina a Dios y a lo absoluto de sus conceptos.
La Biblia afirma respecto a esta clase de gente:
"Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios; pues escrito está: El prende a los sabios en la astucia de ellos. Y otra vez: El Señor conoce los pensamientos de los sabios, que son vanos". 1 Corintios 3:18-20
Añado a esto las palabras del "Martín Fierro" de José Hernández:
"Hay hombres que de su ciencia
tienen la cabeza llena;
hay sabio de todas menas,
mas digo, sin ser muy ducho:
es mejor que aprender mucho
el aprender cosas buenas".
Tengo el derecho de elegir a quiénes y en qué voy a creer (y lo digo sin disculpas). Entonces:
  • No quiero creer en la visión materialista y azarosa de que venimos de la nada y vamos hacia ella. Que todo lo que existe no tiene un propósito y que el bien y el mal son relativos.
  • No me interesa creer en quienes afirman que la muerte no es el resultado del pecado sinó un método de selección para  "perfeccionar" el material genético de las especies ¿Mejorar a través de la destrucción?, me parece espantoso.
  • No puedo aceptar que el tiempo mejore las cosas (pasen los millones de años que pasen). Me basta ver mi foto a los 15 años y compararla con una actual para comprobar lo contrario.
  • Menos creíble me parece todavía que la vida haya surgido de la materia inanimada, es decir, de la ausencia de vida
  • No puedo creer que todo da igual, y que la supervivencia del más apto (o la justificación de la violencia) sea la ley de la vida.
  • Mucho menos comparto la visión de quienes hacen componendas entre evolucionismo y fe; intentando colocar a Dios como creando la materia y luego desentendiéndose de su creación. Ese Dios lejano e impersonal, frío y distante, no es el que yo conozco.
Alguno dirá que confundo la ciencia con la filosofía. Pues bien, somos como pensamos, y analizamos las cosas en base a nuestros preconceptos.
La ciencia también se rige por paradigmas, que no son otra cosa que patrones de pensamiento, construcciones filosóficas.
Por eso:
  • Creo firmemente en una creación literal, desarrollada en siete días de 24 horas, como el sentido evidente del texto y como el propósito que tuvo Dios al consignar este relato en la Biblia. "Porque él dijo, y fue hecho; El mandó, y existió". Salmos 33:9
  • Creo en un Creador Todopoderoso, sabio, amante, compasivo y misericordioso.
  • Creo que nos hizo para su gloria, con destino de eternidad.
  • Creo que Adán cayó en la desobediencia, trayendo miseria y desgracia a toda la humanidad subsiguiente.
  • Creo que Cristo vino a este mundo para redimirnos del pecado y sus consecuencias.
  • Y creo que pronto volverá para acabar con el mal y restaurar la armonía inicial del universo.
Esta es la visión que quiero tener, la que me parece más de acuerdo a la lógica y a la razón y la única que me produce verdadera paz. Por ella el Señor iluminó mi corazón para llegar a conocerle y poder un día contemplar "la gloria de Dios en la faz de Jesucristo".
Es por medio de Cristo que puedo llegar a entender su creación. Solo mediante esta perspectiva alcanzaré la sabiduría necesaria para decir con el salmista: "Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, Y mi alma lo sabe muy bien". Salmos 139:14
¿Fanático yo?
Sí, gracias.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

RECONOCIDOS POR DIOS

"El cual pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia; tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo, el judío primeramente y también el griego, pero gloria y honra y paz a todo el que hace lo bueno, al judío primeramente y también al griego; porque no hay acepción de personas para con Dios". Romanos 2:6-11
Inmediatamente después de mi conversión, me di a la tarea de contar a todos los que tenía cerca lo que estaba conociendo y experimentando. Para mi tristeza, la mayoría de las veces me decían que no les hablara más del tema, se ofendían o se burlaban. Pero eso, aunque doliera, era algo que yo estaba preparado para soportar.
No así lo que me dijo uno de mis empleados cuando surgió el tema de mi nueva fe:
- ¡Es muy complicado! Dejame con lo que yo creo nomás...(sic)
¿Será que el evangelio es complicado y difícil de entender?
Creo que somos nosotros quienes lo hacemos incomprensible para los demás. Nos gusta enredar y complicar las cosas, cuando al Señor le encanta simplificar. 
Las condiciones para la salvación son tan claras en la Biblia que cualquier niño las puede entender:
  • Somos salvados por gracia por medio de la fe. 
  • Somos justificados y aceptados por Dios como hijos y herederos suyos en base a los méritos de Cristo.
  • El perdón, la justificación y la redención se hallan al alcance de todos los que lo pidan de corazón.
  • La santificación es obra de Espíritu que transforma nuestro carácter y lo hace apto para el cielo.
En cuanto a lo necesario para nuestra restauración, todo lo pone Dios, nada es nuestro. Ni siquiera podemos reconocer nuestro pecado o alcanzar el arrepentimiento por nuestra propia cuenta. Él es quien nos busca, nos convence y nos lleva a la contrición por su bondad (Romanos 2:4).
Desde la óptica divina todo es muy sencillo. Nadie necesita confundirse. No hay lugar para falsas interpretaciones.
El problema comienza cuando lo vemos desde el punto de vista humano.
¿Cómo sabemos si alguien está convertido?
¿Cómo saber si yo estoy convertido?
Para la primera de estas preguntas hemos inventado una serie de parámetros y pruebas "científicas". Debe ser así o asá. Hará esto o aquello. Tiene que comportarse de esta o de aquella forma. Analizamos y disecamos el carácter y las obras de los demás con un empeño digno de mejor causa.
Y casi siempre... nos equivocamos.
Los que creíamos que eran, pueden no ser; los que descartábamos, puede que sean convertidos al final.
La segunda pregunta es fuente de mucho dolor, angustia, sentimiento de culpa, frustración, desencanto y otros sentimientos negativos. Puede llevar al naufragio de la fe. Siendo una pregunta legítima (porque lo es), produce mucha zozobra cuando nos miramos a nosotros mismos.
A despecho de todas las medidas humanas, Cristo trazó una regla sencilla e infalible: somos reconocidos por Dios y los hombres por los frutos que se manifiestan en nuestras vidas.
"No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto. Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca". Lucas 6:43-45
No está de más remarcar que nadie puede dar lo que no tiene. Sin una renovación de lo alto, no podremos hacer nada que no esté manchado de egoísmo. Si el Espíritu de Dios vive en nosotros, el fruto será bueno. De lo contrario, estaremos intentando lo imposible. Los frutos de la morada del Espíritu en la vida del creyente (Gálatas 5:22,23) se harán conocidos inevitablemente.
Las obras o frutos serán claramente visibles en las palabras, acciones y conducta de los verdaderos hijos de Dios. Los resultados de vivir entregados al Señor son inconfundibles. 
Otra vez: "todo lo que el hombre sembrare, esto también segará". Gálatas 6:7
Los que buscan al Señor y hacen su voluntad se salvarán.
Los que rechazan el evangelio y hacen lo malo se perderán.
Tan simple como eso. Porque lo que hagamos nunca determinará nuestra aceptación como hijos suyos; solo mostrará de qué lado estamos en el gran conflicto entre el bien y el mal.
"Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: conoce el Señor a los que son suyos; y: apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo". 2º Timoteo 2:19
De la salvación de los demás no le toca juzgar a nadie. Es trabajo de Dios. Nuestra tarea es presentar el evangelio con toda claridad "a todas las naciones" (Mateo 24:14), no decidir si merecen ser salvos.
En cuanto a nuestra propia salvación, nos toca pedirla y confiar en que Él hará exactamente como lo prometió. No necesitamos dudar, porque él puede encargarse de hacernos triunfadores. Con la confianza sencilla de un niño debemos aferrarnos a sus promesas porque: "fiel es el que prometió" (Hebreos 10:23).
¿Eres reconocido por Dios?