domingo, 1 de marzo de 2009

¿Qué recoges?

Sin duda, conoces más personas que recogen basura que aquellas que recogen piedras preciosas. Cada uno de ellos recoge cosas diferentes, que usan con fines distintos.
También todos nosotros somos recolectores de aquellos materiales con los que edificamos nuestras vidas.
San Pablo dice:"Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios. Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica.
Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará."
(1º Corintios 3:9-13)
La calidad de los materiales es determinante para la duración y belleza de la edificación. Pero en cuanto al fundamento, hay uno solo que se puede poner para construir para la eternidad, sin sustitutos: Jesucristo.
Hay personas que andan por la vida juntando basura: chismes, defectos, fallas, inmoralidad, errores, deslealtad, infidelidad, torpezas varias y maldades. No advierten que lo que juntan no los hace mejores, sino por el contrario, los identifica con lo que recolectan. ¿A qué huelen los basureros? A basura.
Otros, son los "mineros"que buscan en lo profundo las gemas de la bondad, las buenas acciones, los actos de amor y servicio desinteresados, que rescatan lo bien hecho, incluso aquello que aunque deficiente, produce frutos para vida eterna.
Concordarás conmigo en que los mineros tampoco huelen muy bien. Pero se debe a la naturaleza de su trabajo y no al material con el cual trabajan.
Los basureros no tienen que esforzarse en encontrar basura, porque se encuentra en abundancia en nuestro triste mundo, aún allí donde debiera haber flores y perfume. Las Escrituras dicen "el mundo entero está bajo el maligno." (1º Juan 5:19 )
La podredumbre está en la superficie, se la identifica a simple vista. Tiene el poder de adormecer los sentidos, de tal manera que las personas que trabajan con ella, con el tiempo se acostumbran al mal olor y la suciedad y ya no les parece tan mala. Además contagia enfermedades y es nido de toda clase de alimañas. Hay poco que sacar de ella; mayormente, no sirve para nada.
Su fin último es ser quemada, casi todo lo recogido se convierte en humo.
Pero hablemos de los mineros: Las joyas y los metales preciosos, por otro lado, no son fáciles de encontrar, pues no están en la superficie sino en las profundidades, de donde hay que sacarlas con gran esfuerzo. Una vez extraídas, se las debe limpiar y separar de la escoria con que están mezcladas. Aquí es donde acaba el trabajo del minero.
Tiene necesariamente que entregarlas en la mano del artífice para que los toscos minerales puedan resplandecer en su verdadero valor.
Deben ser sometidas a proceso y sufrir el dolor del taladro y el buril, el torno o el fuego. Las aristas desagradables deben ser pulidas. Cada noble característica debe ser resaltada.
Idéntica cosa sucede con los que han de habitar las mansiones celestiales. Se requiere penoso y arduo trabajo para hallar los candidatos. La tarea final, sin embargo, no es de los mineros, sino del Divino Orfebre, quien los limpia, los perfecciona y los engasta en el molde de su propia justicia, para gloria de su reino.
Seamos cuidadosos con lo que recogemos, recordemos que nosotros y nuestro prójimo somos joyas inacabadas, y que nuestra tarea no es cambiar a los otros o corregirlos, sino tan solamente hallarlos.
Procuremos más bien someter a prueba nuestra propia obra, edificando sobre fundamento seguro, recogiendo únicamente material de calidad y no mirando la obra del otro.
¿Qué recoges? ¿basura o mineral precioso? ¿Juntas lo superficial o cavas bien hondo?
Recuerda que en ambos casos tu obra recibirá la prueba de fuego del día del Señor.
"Porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará."

martes, 24 de febrero de 2009

No desistas

Cuando vayan mal las cosas
como a veces suelen ir
Cuando haya en tu camino
solo cuestas que subir
Cuando haya poco haber
y haya mucho que pagar
Y precisas sonreír
aún teniendo que llorar,
Cuando ya el dolor te agobie
y no puedas ya sufrir,
descansar acaso debas
¡pero nunca desistir!

Tras las nubes de la duda,
ya plateadas ya sombrías,
puede bien surgir el triunfo
no el fracaso que temías
Y no es dable a tu ignorancia
figurarse cuan cercano
puede estar el bien que anhela
y que juzgas tan lejano
Lucha pues, por más que tengas
en la brega que sufrir
cuando todo está peor
¡Más debemos persistir!

RUDYARD KIPLING

La bendición de las consecuencias

A pesar de las apariencias, hay una bendición en ello.
¿Que tiene de bueno sufrir por las consecuencias de nuestras propias acciones?
Desde el día en que Adán pecó, se le comunicó que "comería el pan con el sudor de su frente". De allí en más, todos los seres humanos, también por nuestra propia causa, nos sumergimos en un horrible pantano de dolor, angustia, sufrimiento y muerte.
En Gálatas 6.7 dice:
"No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará".
Es una ley de la que nadie escapa. Sin olvidar que no todo sufrimiento viene por nuestra propia acción (o inacción), sino de la maldad de nuestro Enemigo; Dios la diseñó como salvaguardia contra el mal, la presunción, la insensatez, la desesperanza y la temeridad.
Las heridas sanan, pero queda la cicatriz. Los divorcios pasan pero los hijos no dejan de sufrir por ellos. Podemos sacar el clavo, pero no hay forma de sacar el agujero que dejó el clavo.
Años de intemperancia que arruinan el aparato digestivo. Cientos de mentiras que destruyen para siempre nuestro respeto y credibilidad. O tal vez un solo acto apresurado que puede terminar con una relación, una única acción impremeditada y violenta que acaba con una vida. Hay tantas cosas que no se pueden reparar.
¿Debe el Señor intervenir para evitarnos estos sufrimientos?
Para nosotros es necesaria la disciplina de enfrentar las consecuencias de nuestras decisiones.
De otra manera no podríamos ver la "pecaminosidad" del pecado, nos manejaríamos con la teología de "peco y luego me confieso", y lo que es peor, distorsionaríamos la imagen de Dios al convertirlo en una especie de Papá Noel arreglalotodo.
Pero para el hombre incrédulo y egoísta que únicamente quiere librarse del dolor y los problemas, la intervención divina no le traería ningún beneficio.
Traspasando lo didáctico, es Su plan, que al enfrentar nuestros errores lleguemos a ser conscientes de nuestra incapacidad y dependencia y ello nos lleve al arrepentimiento, la confesión y a la conversión.
Había en Jerusalén un hombre en el estanque que estaba sufriendo por 38 años las consecuencias de sus pecados y estaba en una condición miserable y sin esperanza (Juan 5). Jesús se acerca y lo sana. El desdichado vuelve a caminar y a disfrutar de la salud.
¿Era eso justo? ¿Acaso al sanar a los enfermos, Cristo les permitía escapar de las consecuencias de sus malas acciones?
No, más bien es la excepción que confirma su regla al advertirle "no peques más para que no te venga otra cosa peor(vs. 14)"
Quizá el paralítico volvió a enfermarse; sin duda, murió. Lázaro resucito, tan solo para luego regresar a la tumba. Ningún milagro fue un acto definitivo, apenas un respiro, un vaso de agua fresca para el sediento. Aliviador, pero efímero y transitorio.
Aunque no se debe desmerecer el poder y el valor de las curaciones efectuadas por Jesús, no eran su propósito final. Los sanamientos eran esperanzadoras incursiones temporales de Jesús en el terreno de Satanás, advirtiéndole que un día todos sus cautivos le serían arrebatados, que todo el mal que causó y que indujo a cometer terminaría para siempre.
No tenían por objeto un bien parcial, un alivio momentáneo, sino un beneficio que alcanzaría a la eternidad. Estaban diseñados para traer fe y esperanza al sufriente y hacer que fijara sus ojos en Aquel que es su todo suficiente y compasivo salvador.
Recordemos lo que dice de los héroes de la fe en Hebreos 11: 39,40 "Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros."
En su eterna sabiduría, permite que en la mayoría de los casos, la ley de la siembra y la cosecha nos traiga el "beneficio" del pesar, el envejecimiento, la degradación y finalmente la muerte, para que los creyentes esperemos lo mejor, lo final, lo definitivo; que ocurrirá cuando Él venga.
Retorna Maestro.

lunes, 23 de febrero de 2009

Retorna

Retorna Maestro, te necesitamos,
esta vida nuestra , no es vida sin tí,
pon fin a este loco y audaz frenesí,
que humilla y agota lo que más amamos

¿Qué vale la vida si no la vivimos,
desde que la matan pecado y dolor?
¿Qué vale la tierra desde que el horror
de todos los males en ella sufrimos?

Señor Jesucristo, tú lo has prometido
y no has fracasado en ninguna ocasión
Vuelve por aquellos a los que has querido

Y de quienes eres única ilusión
¡Vuelve ya Maestro! Te espera rendido,
del amor más tierno nuestro corazón

Anónimo

No me mueve Señor

No me mueve mi Dios, para quererte,
El cielo que me tienes prometido,
Ni me mueve el infierno tan temido
Para dejar por esto de ofenderte.

Tú me mueves Señor, muéveme el verte,
Clavado en esa cruz y escarnecido,
Muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
Muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme en fin tu amor y en tal manera
Que aunque no hubiera cielo yo te amara
Y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
Pues aunque lo que espero no esperara,
Lo mismo que te quiero, te quisiera.


Anónimo