martes, 6 de septiembre de 2011

CONFÍA EN EL SEÑOR PARA RECIBIR FUERZAS

"El les dijo: Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad un poco. Porque eran muchos los que iban y venían, de manera que ni aun tenían tiempo para comer". Marcos 6:31.
Los que están conectados con la obra [de Dios]... han de vivir tan cerca del Señor que de ellos brille la luz como si fueran lámparas encendidas. Cuando se haya demostrado una determinación profunda y ferviente de avanzar juntos, la misma unidad de los obreros proclamará la verdad con poder, produciendo una impresión profunda en los que no son de nuestra fe...
Los que trabajan para Dios se encontrarán con incomodidad, confusión y cansancio. A veces el corazón distraído casi se desespera, presa de la incertidumbre. Cuando lo envuelve esta clase de desasosiego nervioso, el obrero debería detenerse y descansar. Cristo lo invita: “Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad un poco” Marcos 6:31. “El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas... Los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán” Isaías 40:29, 31.
El obrero no puede tener buen éxito mientras eleva a Dios oraciones apresuradas, para luego correr y dar atención a cosas que teme descuidar u olvidar. Sólo toma tiempo para dedicarle de prisa algunos pensamientos a Dios, eso es todo. No se da tiempo para pensar, para orar, ni para esperar que el Señor le renueve tanto sus energías físicas como espirituales. Pronto queda rendido. No siente la influencia elevadora e inspiradora del Espíritu de Dios. No es reanimado por una vida fresca. Su cuerpo agotado y su cerebro cansado no experimentan alivio mediante el contacto personal con Cristo.
“Aguarda a Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón; sí, espera a Jehová” Salmos 27:14. “Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová” Lamentaciones 3:26. 
Hay quienes trabajan todo el día y hasta tarde en la noche para hacer lo que les parece que necesita realizarse. El Señor observa compasivamente a estos fatigados portadores de pesadas cargas, y les dice: “Venid a mí... y yo os haré descansar... Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”.
Nuestra vida debe estar escondida con Cristo en Dios; y si así la ocultamos, en sus manos se convertirá en una lámpara que arrojará sobre el mundo una luz brillante y constante... Pero aunque el tiempo es corto y hay una gran obra que hacer, el Señor no se complace con que prolonguemos las horas de trabajo de tal modo que no quede tiempo para disfrutar de períodos de descanso, para el estudio de la Biblia ni para la comunión con Dios. Todo esto es esencial para fortalecer el alma, para colocarnos en una posición en la cual recibamos la sabiduría de Dios para utilizar nuestros talentos al servicio del Maestro en la manera más responsable.
Extracto del libro "Exaltad a Jesús" (www.TheLordLovesYou.com)

domingo, 4 de septiembre de 2011

IMITADORES DEL MAESTRO III

“Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo”. 1ª Corintios 11:1
En esta última entrada de la serie quisiera reflexionar sobre un aspecto un tanto olvidado de la imitación de Cristo: las malas copias.
Existen buenas zapatillas de marcas reconocidas que son costosas, y hay otras parecidas que pueden comprarse muy baratas en tiendas informales. Hay celulares de diseño exclusivo y también buenas imitaciones, pero de resistencia, duración y confiabilidad muy inferiores. En nuestro mundo se ha creado la industria de imitar a las marcas famosas con productos similares pero de baja o pésima calidad.
En mi país -la Argentina-, hemos acuñado para calificar a este tipo de malas imitaciones la palabra “trucho”, que significa falso, fraudulento.
Lamentablemente, esta moda comercial se ha trasladado al ámbito espiritual, y pueden verse en abundancia cristianos “truchos”, malas copias de nuestro supremo Modelo.
Repasemos un poco lo visto en las entradas anteriores:
Imitar a Jesús es identificarse con el al punto de sumergir nuestra individualidad en la suya, despojarnos de nuestros méritos para recibir los de su sangre, cambiar nuestra debilidad por su poder.
Imitar a Cristo implica tener un íntimo conocimiento de nuestro Salvador, pues “la vida eterna consiste en que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú enviaste” (Juan 17:3 versión DHH). Ese conocimiento nos lleva gradualmente a la perfección cristiana.
Finalmente, imitar a Jesús es participar con él de sus sufrimientos por amor de su causa. El apóstol Pablo consideraba esto como la mayor ganancia de su vida, ante la cual todo lo demás era como basura.
Cuando aceptamos a Jesucristo como salvador, somos hechos perfectos en él mediante su gracia. Pero todavía hay mayores alturas que alcanzar. Un nuevo creyente dista mucho de reflejar plenamente el carácter de Cristo, debe ir creciendo diariamente en la ejemplificación de las virtudes cristianas, obteniendo más y más gracia a fin de imitar al modelo.
Esto es así porque nuestro modelo, el Señor Jesús es superlativamente perfecto; por ello la meta todavía está por delante, aún hay que avanzar hacia su perfección; “prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”. Filipenses 3:14
La justicia de Cristo que nos da derecho al cielo sigue obrando en nuestras vidas produciendo en nosotros idoneidad para el cielo y la eternidad; para habitar en compañía de los ángeles. Todo lo que recibimos de él es perfecto y completo, pero nuestros caracteres manchados por el pecado no lo son y necesitan ser renovados diaria y progresivamente mediante su gracia y poder.
En síntesis, se puede decir que somos “perfectos que avanzan hacia la perfección”,
Tristemente, algunos de sus contemporáneos eran plagiadores del verdadero modelo, llevando su nombre sin ser como él. Pablo se refirió a ellos diciendo: “Porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal. Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas”. Filipenses 3:18-21
¿Qué de los cristianos actuales?
¿Qué de mí y de ti?
¡Qué triste, que existiendo suficiente poder y gracia para ser como Jesús, algunos prefieran una copia de bajo costo! Multitudes prefieren vivir un remedo de cristianismo: sin Jesús y sin fe; sin amor ni poder; sin gozo, ni paz, ni verdadera esperanza; sin la justicia de Dios (pero repletos de la suya propia), sin perdón ni vida eterna.
Seremos enemigos de la cruz o caeremos rendidos ante ella. Se nos llamará hijos de Dios o esclavos del dios del vientre. Pondremos nuestros pensamientos en lo terrenal o en las cosas de arriba. Recibiremos gloria o vergüenza. Seremos imitadores sinceros de nuestro Señor o seremos “truchos”. Y lo que es peor... ¿obraremos nuestra propia salvación y la de otros con ayuda del Señor, o seremos causa de la perdición de aquellos que  nos tienen por modelos?
Las opciones siempre están reducidas a dos 
¿Buscas tu (-busco yo-), ser un cristiano de marca o una pésima copia?
Dios nos conceda hoy su poder abundante para alcanzar el blanco, ser transformados y poder habitar por la eternidad con el Único que es digno de imitar. 

sábado, 3 de septiembre de 2011

IMITADORES DEL MAESTRO II

“Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo”. 1ª Corintios 11:1
A todos nos gustan las definiciones. Que las cosas sean claras, precisas y concretas. Ya tienen algo de eso en la entrada anterior. Pablo sin embargo, hablaba de sus propias vivencias, no de definiciones.
Cómo llegó él a ser un imitador de Cristo es lo que expone en Filipenses 3. Pasó de una vida de oposición manifiesta a una de completa sumisión a Su voluntad; de estar lleno de odio hacia los cristianos a ser uno de ellos; de estar contra él a estar “en él”, experimentando su poder y su gracia en forma plena y abundante.
Su encuentro con Jesús camino a Damasco transformó su vida, y ya nunca fue el mismo. 
Pero esta experiencia de imitación y de completa identificación con el Señor que lleva a la perfección, no es algo que se alcanza instantáneamente; es un proceso gradual que culminará en el momento de la glorificación.
Así lo aclara en el párrafo siguiente: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”. Filipenses 3:12-14
Habiendo tomado una decisión, “quemó sus naves”, dejando todo atrás en búsqueda de tan glorioso objetivo. No alocadamente ni siguiendo una actitud emocional, sino después de haber meditado, analizado y comparado lo que tenía detrás y lo que le esperaba por delante.
Es allí donde muchos que desean ser cristianos se engañan. No toman en cuenta el poder del pecado, ni las tendencias que gobiernan sus propias vidas, o las pruebas, chascos y oposición que les esperan. Les gusta mirar solo el lado luminoso de la experiencia cristiana, y cuando soportan el fuego de la tribulación se desalientan.
Sin embargo el apóstol no se engañaba. Desde el principio le fueron mostradas las dificultades que le esperaban en su servicio al Salvador: “porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre” (Hechos 9:16).
Lo que diré a continuación no resulta agradable: la vida cristiana se compone mayormente de dificultades, dolor y sufrimientos.
¡¡¡Pero vale la pena!!! 
Cualquier sacrificio o prueba que tengamos que afrontar resulta insignificante al lado de la gloria que nos aguarda. El amor de Dios, el gozo de su compañía, la paz que da el Espíritu, el poder que se manifiesta en nuestras vidas, exceden por mucho cualquier cosa dolorosa que nos acontezca.
A continuación, él extiende los beneficios de su imitación de Cristo a todos los creyentes. “Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios. Pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa. Hermanos, sed imitadores de mí, y mirad a los que así se conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros”. Filipenses 3:15-17
¿En qué quedamos? ¿Perfectos o no? Parece contradictorio...
Continuaremos con el estudio de este pasaje en la entrada siguiente.
Por ahora, recordemos que imitar a Jesús implica una decidida actitud, una especialización en lo que realmente importa, una disposición a dejar atrás el pasado y concentrarse en lo inmediato a fin de ganar lo eterno. Digamos con Pablo: “una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”. Filipenses 3:12-14

viernes, 2 de septiembre de 2011

IMITADORES DEL MAESTRO

“Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo”. 1ª Corintios 11:1
Recuerdo un vecino que, cuando nos cambiamos al barrio en que vivimos actualmente, miraba cada mejora que los demás hacían en sus casas para luego hacer algo parecido en la suya. Si alguien ponía una muralla baja, el lo hacía; si un frente llevaba marquesina, también colocaba una; si poníamos rejas, pedía la dirección del herrero. Su casa resultó luego un compendio de las mejoras de todos los demás.
La imitación es algo que todos llevamos incorporado desde que nacemos. Los niños imitan a sus padres, luego a sus maestros, y mas tarde -ya jóvenes-, a sus ídolos (ya sean estos deportistas, cantantes, modelos o actores). Copian su filosofía de vida, su manera de vestir, de hablar y de conducirse. La idolatría resulta así en imitación mal encarada.
El deseo de imitar continúa manifestándose a lo largo de nuestras vidas de múltiples y variadas maneras.
¿Qué significa exactamente ser un imitador de Cristo?
¿Hacer lo mismo que hacía él? ¿Vivir como vivía? ¿Ser como él era?
Imitar a Jesús no es apenas una actitud superficial, no es mero parecido ni simple copia; es identificarse al punto de ceder nuestra propia identidad para sumergirnos en la suya
Pablo, el gran hombre de Dios del Nuevo Testamento, era un imitador de Cristo, por eso pudo decir sin vanidad ni presunción: “Hermanos, sed imitadores de mí”. Filipenses 3:17
En el tercer capítulo de Filipenses, el apóstol explica el proceso por el cual se identificó a sí mismo con su Salvador. Habiendo sido desde su juventud un prominente líder fariseo del ala dura, con una esmerada y rigurosa educación y teniendo delante un futuro brillante entre su pueblo, decidió rechazar lo que el mundo le ofrecía para ir en la búsqueda de algo superlativamente mejor.
“Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos”. Filipenses 3:7-11
En este párrafo, el apóstol menciona cinco aspectos de su asimilación:
  • Ser hallado “en él”. Implica morir al pecado y vivir la vida de Jesús en lugar de la propia.  “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. ” (Gálatas 2:20)
  • Recibir la justicia de Dios por la fe. En este maravilloso intercambio no hay lugar para méritos humanos; por la fe en su gracia recibimos la alba vestidura de la justicia de Cristo en lugar de las hojas de higuera de nuestra pecaminosidad.
  • Conocer a Jesús. Eso se convirtió en el blanco de su existencia. Para poder copiarlo se debe conocer el modelo de la manera más completa posible. Necesitamos para ello ese íntimo conocimiento del Señor que solo se obtiene por medio de la devoción personal.
  • Recibir poder. La vida con Jesús no es una vida chata, ni una experiencia espasmódica que sube y baja al son de nuestros sentimientos; es una vida que va de triunfo en triunfo, porque recibimos poder de lo alto para vivir una vida santa. Todos los abundantes recursos del cielo se hallan para ello a disposición del que cree y desea trabajar para su Maestro.
  • Participar de sus sufrimientos. El gozo más grande de Pablo era experimentar el espíritu de abnegación total de su Salvador, que lo llevó a poner su vida por nosotros. La muerte al yo es su consecuencia más gloriosa.
Finalmente, a fin de imitarlo verdaderamente debemos obedecer su Palabra, pues no habrá vida espiritual sin obediencia. Todo verdadero discípulo caminará imitando a Jesús por la senda de la estricta obediencia a su voluntad.
La siguiente cita lo resume todo: “La verdadera religión es la imitación de Cristo. Los que son seguidores de Cristo se negarán a sí mismos, tomarán la cruz de Cristo y caminarán en sus pisadas. Seguir a Cristo significa obediencia a todos sus mandamientos. De ningún soldado se puede decir que obedece a su comandante si no obedece sus órdenes. Cristo es nuestro modelo. Imitar a Jesús, lleno de amor, ternura y compasión, exige que nos acerquemos a él diariamente”. (Carta 31a, 1894).
Continuamos en la siguiente entrada.

CUANTAS VECES SEÑOR ME HABEIS LLAMADO


¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado,
y cuántas con vergüenza he respondido,
desnudo como Adán, aunque vestido
de las hojas del árbol del pecado!

Seguí mil veces vuestro pie sagrado,
fácil de asir, en una cruz asido,
y atrás volví otras tantas, atrevido,
al mismo precio que me habéis comprado

Besos de paz Os di para ofenderos,
pero si, fugitivos de su dueño,
hierran, cuando los hallan, los esclavos,

hoy me vuelvo con lágrimas a veros:
clavadme vos a vos en vuestro leño
y tendreisme seguro con tres clavos.

LOPE DE VEGA
(1562-1635)