lunes, 6 de junio de 2011

LA MÉDULA DEL EVANGELIO III

“Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.” Lucas 4:20,21
Recuerdo claramente mi primera predicación. El pastor me había encargado tomar el sermón en una pequeña congregación de mi ciudad y yo había aceptado con mucho temor. No sabía que iba a decir, pero entendía que el asunto debía ser el más importante que pudiera presentar.
Escogí un texto que hablaba de caer y levantarse, porque creía que iba a ser de utilidad a un grupo de personas nuevas en la fe.
Todos los presentes allí me conocían, lo cual hacía más difícil la situación. Hablé sin parar durante 20 minutos; transpiré, oré y sufrí cada uno de ellos, pero al fin, terminé.
El texto del principio hace referencia al primer sermón que Jesús predicó en Nazaret al comienzo de su ministerio. Había purificado el templo de Jerusalén y realizado una buena cantidad de milagros. Tenía ya un buen número de seguidores, lo que aumentó la expectativa de sus compoblanos por oír sus palabras.
¿Qué predicaría allí el Señor?
Sin duda y guiado por el Espíritu, eligió mucho mejor que yo el tema que los presentes necesitaban escuchar, aunque, tristemente, no les iría a gustar.
Lo que leyó fue lo siguiente: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová, y el día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados; a ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya. Reedificarán las ruinas antiguas, y levantarán los asolamientos primeros, y restaurarán las ciudades arruinadas, los escombros de muchas generaciones.” Isaías 61:1-4
Los ojos de todos se fijaron en el joven maestro. Pero cuando se declaró el cumplimiento de dichas profecías, se levantó primero una oleada de dudas y prejuicio, seguida de un tsunami de indignación. A renglón seguido, intentaron acabar con su vida.
El sermón de Cristo en aquella oportunidad captó la médula del evangelio que predicaba. Su mensaje era un anuncio profético de liberación, de amor, de sanación, de misericordia, de justicia y de juicio; pero por sobre todo era un mensaje sobre él mismo.
Nadie más podría hacerlo sin ser presuntuoso, pero Jesucristo constituye la médula del evangelio. Él es el Camino al Padre, la Verdad encarnada y la Vida eterna. Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, nuestro supremo Ejemplo y Líder; la esencia y finalidad del cristianismo.
En la entrada anterior (LA MÉDULA DEL EVANGELIO II) suprimí adrede parte de la cita que afirmaba precisamente esto.
Los ojos de todos hacen bien en fijarse en Cristo. Porque el amor es importante, la misericordia, la justicia, las profecías, el juicio, el perdón, la justificación por la fe y la obediencia también lo son; pero fuera de la persona de Jesús no tienen sentido.
Fuera del Salvador tenemos solo palabrerío inútil y vacío; una perniciosa declamación sin sentido, que aparta del Señor a los que podrían haber creído si fueramos más consecuentes.
Los que votaron en la encuesta contestaron en forma mayoritaria que lo más importante es él, e hicieron bien. Nuestro Salvador es el centro de la rueda, hacia el cual convergen como rayos todas las gracias y todas las virtudes.
Pero, demasiado a menudo se escucha decir que “lo importante es el amor”, y olvidan la obediencia; “lo importante es Jesús”, pero no vivir como él vivió; “lo importante es el mensaje”, y dejan de lado al Señor del mensaje. Las parcializaciones del evangelio siempre resultan dañinas.
Tengamos cuidado de errar el blanco.
  • Los que intentan vivir vidas santas sin Cristo, se condenan a sí mismos al fracaso de arrastrarse en una experiencia farisaica y legalista.
  • Los que ven el evangelio tan solo como un estilo diferente de vida, corren el peligro de tratar de vivirla sin estar verdaderamente del lado de Jesús.
  • Los que pregonan un “evangelio relacional”, pueden quedarse cortos, al ufanarse de que tienen una relación con el Maestro, pero sin misión, sin fe, ni amor ni obediencia.
Sucede con todos ellos como dijo Isaías: “Echarán mano de un hombre siete mujeres en aquel tiempo, diciendo: Nosotras comeremos de nuestro pan, y nos vestiremos de nuestras ropas; solamente permítenos llevar tu nombre, quita nuestro oprobio.” Isaías 4:1
Todo va en el mismo paquete, todo está incluido. Tener a Cristo es tener su Espíritu. Vivir en él significa vivir por fe, andar en amor e imitar sus obras.
Por eso, Juan afirmó que “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida”.1ª Juan 5:12
¿Tienes a Jesús... ? ¿Él, te tiene a tí...?

miércoles, 1 de junio de 2011

UN TIEMPO DE DECISIÓN

"Escogeos hoy a quién sirváis. "(Josué 24: 15).
"Hoy el mundo está loco: una demencia se ha apoderado de hombres y mujeres, y los está precipitando hacia la ruina eterna. Prevalece toda clase de complacencia, y los hombres se han infatuado tanto con el vicio que no escuchan llamados ni amonestaciones.
El Señor dice a los habitantes de la tierra: "Escogeos hoy a quién sirváis". Todos están decidiendo ahora su destino eterno. Los hombres necesitan que se les haga comprender la solemnidad de la hora, la cercanía del día cuando terminará el tiempo de prueba. Dios no le da a nadie el mensaje de que pasarán cinco, diez o veinte años antes que termine la historia de esta tierra. No quiere dar excusa a ningún ser viviente para demorar la preparación para su advenimiento. No quiere que nadie diga, como el siervo infiel: "Mi Señor tarda en venir", pues esto conduce al temerario descuido de las oportunidades y los privilegios que se nos dan a fin de que nos preparemos para ese gran día. Todo aquel que pretende ser siervo de Dios, está llamado a prestar servicio como si cada día fuera el último . . .  Hablad de la pronta aparición del Hijo del hombre en las nubes del cielo con poder y gran gloria. No posterguéis aquel día. . .
Esta es la gran preocupación que cada cual debe sentir. ¿Están perdonados mis pecados? ¿Ha quitado mi culpa Cristo, el Portador del pecado? ¿Tengo yo un corazón limpio, purificado por la justicia de Cristo? ¡Ay del alma que no esté buscando refugio en Cristo! ¡Ay de los que de alguna manera apartan la mente de la obra e inducen a alguna alma a ser menos vigilante ahora!. . .
La gran obra de la cual no debiéramos desviar nuestra mente consiste en averiguar cuál es nuestra situación personal frente a Dios. ¿Están asentados nuestros pies sobre la Roca de los siglos? ¿Nos estamos escondiendo en el único Refugio? La tormenta se avecina con furia implacable. ¿Estamos preparados para hacerle frente? ¿Somos uno con Cristo así como él es uno con el Padre? ¿Somos herederos de Dios y coherederos con Cristo?. . .
El carácter de Cristo debe ser el nuestro. Debemos ser transformados por la renovación de nuestro corazón. En esto consiste nuestra única seguridad. Nada puede separar a un cristiano viviente de Dios."
(Nota: Tomado de la Rewiev & Herald del 27-11-1900.- ¿Antiguo pero actual, verdad?)

domingo, 29 de mayo de 2011

LA MÉDULA DEL EVANGELIO II

"EL HOMBRE estaba dotado originalmente de facultades nobles y de un entendimiento bien equilibrado. Era perfecto y estaba en armonía con Dios. Sus pensamientos eran puros, sus designios santos. Pero por la desobediencia, sus facultades se pervirtieron y el egoísmo sustituyó al amor. Su naturaleza se hizo tan débil por la transgresión, que le fue imposible, por su propia fuerza, resistir el poder del mal. Fue hecho cautivo por Satanás, y hubiera permanecido así para siempre si Dios no hubiese intervenido de una manera especial. El propósito del tentador era contrariar el plan que Dios había tenido al crear al hombre y llenar la tierra de miseria y desolación. Quería señalar todo este mal como el resultado de la obra de Dios al crear al hombre.
El hombre, en su estado de inocencia, gozaba de completa comunión con Aquel "en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (Colosenses 2: 3.) Mas después de su caída, no pudo encontrar gozo en la santidad y procuró ocultarse de la presencia de Dios. Y tal es aún la condición del corazón no renovado. No está en armonía con Dios, ni encuentra gozo en la comunión con él...
Es imposible que escapemos por nosotros mismos del abismo del pecado en que estamos sumidos. Nuestro corazón es malo y no lo podemos cambiar. "¿Quién podrá sacar cosa limpia de inmunda? Ninguno" (Job 14: 4 )"Por cuanto el ánimo carnal es enemistad contra Dios; pues no está sujeto a la ley de Dios, ni a la verdad lo puede estar" (Romanos 8: 7). La educación, la cultura, el ejercicio de la voluntad, el esfuerzo humano todos tienen su propia esfera, pero para esto no tienen ningún poder. Pueden producir una corrección externa de la conducta, pero no pueden cambiar el corazón; no pueden purificar las fuentes de la vida. Debe haber un poder que obre en el interior, una vida nueva de lo alto, antes de que el hombre pueda convertirse del pecado a la santidad... La idea de que solamente es necesario desarrollar lo bueno que existe en el hombre por naturaleza, es un engaño fatal. "El hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios; porque le son insensatez; ni las puede conocer, por cuanto se disciernen espiritualmente" " (1 Corintios 2: 14)....
No basta comprender la bondad amorosa de Dios, ni percibir la benevolencia y ternura paternal de su carácter. No basta discernir la sabiduría y justicia de su ley, ver que está fundada sobre el eterno principio del amor. El apóstol Pablo veía todo esto cuando exclamó: "Consiento en que la ley es buena", "la ley es santa, y el mandamiento, santo y justo y bueno". "Mas él añadió en la amargura de su alma agonizante y desesperada: "Soy carnal, vendido bajo el poder del pecado" "(Romanos 7: 12, 14). Ansiaba la pureza, la justicia que no podía alcanzar por sí mismo, y dijo: "¡Oh hombre infeliz que soy! ¿quién me libertará de este cuerpo de muerte?" (Romanos 7: 24). La misma exclamación ha subido en todas partes y en todo tiempo, de corazones sobrecargados... Mas vanos son los sueños de progreso de los hombres, vanos todos sus esfuerzos por elevar a la humanidad, si menosprecian la única fuente de esperanza y amparo para la raza caída...
¡Oh, contemplemos el sacrificio asombroso que ha sido hecho por nosotros! Procuremos apreciar el trabajo y la energía que el cielo está empleando para rescatar al perdido y traerlo de nuevo a la casa de su Padre. Jamás podrían haberse puesto en acción motivos más fuertes y energías más poderosas: los grandiosos galardones por el bien hacer, el goce del cielo, la compañía de los ángeles, la comunión y el amor de Dios y de su Hijo, la elevación y el acrecentamiento de todas nuestras facultades por las edades eternas, ¿no son éstos incentivos y estímulos poderosos que nos instan a dedicar a nuestro Creador y Salvador el amante servicio de nuestro corazón? Y por otra parte, los juicios de Dios pronunciados contra el pecado, la retribución inevitable, la degradación de nuestro carácter y la destrucción final, se presentan en la Palabra de Dios para amonestarnos contra el servicio de Satanás.
¿No apreciaremos la misericordia de Dios? ¿Qué más podía hacer? Pongámonos en perfecta relación con Aquel que nos ha amado con estupendo amor. Aprovechemos los medios que nos han sido provistos para que seamos transformados conforme a su semejanza y restituidos a la comunión de los ángeles ministradores, a la armonía y comunión del Padre y el Hijo". (Extraído de El Camino a Cristo pags. 17-22)

jueves, 26 de mayo de 2011

LA MÉDULA DEL EVANGELIO

¿Cuál es la médula del evangelio? ¿Qué es lo más importante del mensaje cristiano?
Por ser pecadores, tenemos muchas cosas que cambiar en nuestras vidas. Y en la lucha contra nuestras arraigadas tendencias hacia el mal, podemos pelear la batalla equivocada si no tenemos claras nuestras prioridades espirituales.
Según el caso y en diferentes contextos, solemos escuchar a predicadores que afirman que esto o aquello, que una cosa o la otra es lo más importante en la vida espiritual. En ocasiones sus conclusiones pueden ser muy contradictorias. 
Esto puede llevarnos a confusiones o a realizar afirmaciones temerarias. Puede confirmar nuestra fe o llevarnos al fanatismo. Puede resultar práctico o devenir en un evangelio de pura teoría.
Es importante pues que tengamos en claro que constituye lo esencial en la vida y el mensaje cristiano, por nosotros mismos y por el testimonio que nos toca dar.
Definitivamente, ¿habrá algo que sea más importante que el resto, y que sirva para ordenar nuestras prioridades?
Con seguridad que no es una tarea fácil. Podemos marearnos con opiniones personales, caer en un árido debate teológico o confundirnos al aferrarnos a algún texto bíblico aislado.
Veamos algunos ejemplos de textos de las Escrituras que detallan características o virtudes prioritarias en el ámbito del Reino de los Cielos. Notaremos que no todos coinciden en lo mismo:
  • “Ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios,que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma”. Deuteronomio 10:12
  • “Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios”. Miqueas 6:8
  • “Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo”. Lucas 10:27
  • “Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo”. Romanos 14:17
  • “Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación”. Gálatas 6:15
  • “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lomás importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello”. Mateo 23:23
  • “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida”.1ª Juan 5:12
Sin dudas, ustedes podrían agregar algunos textos más en la lista. Pero sería bueno que nos pongamos de acuerdo en lo que es básico, para que los que no conocen al Señor puedan entender con claridad y sencillez meridiana cual es la médula del evangelio.
Antes de seguir con el tema, preparé una encuesta sobre el particular y me agradaría que la contestaran.
Bendiciones en Cristo
Willy

lunes, 23 de mayo de 2011

FECHAS PROFÉTICAS, ¿SÍ O NO?

“Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio”. Marcos 1:14,15
En la entrada anterior publiqué una reflexión sobre la necesidad humana de poner fechas para la Segunda Venida de Cristo. Quiero ahora completar el pensamiento anterior, a partir de estas preguntas.
  1. ¿Deberíamos depender de fechas para el advenimiento de Nuestro Señor?
  2. ¿Son importantes las fechas en las profecías?
  3. ¿Cómo relacionarnos equilibradamente con este asunto?
Respecto de la primera, les remito a la entrada anterior.
La respuesta a la segunda es un enfático sí. 
Vale señalar que en la Biblia aparecen diversos tipos de fechas, literales y proféticas. 
Abundan en ella las referencias cronológicas, que resultan siempre útiles para comprobar la historicidad de  los acontecimientos que se relatan. Estas nos dan confianza en la validez de su mensaje.
Por otra parte, encontramos también dataciones proféticas que se cumplieron literalmente, como los 120 años hasta el diluvio, los 430 años que pasaría Israel en Egipto, o los 40 años de peregrinación en el desierto. No existe dificultad en aceptar estas fechas como auténticas.
El caso del Daniel es un ejemplo a seguir. Siendo él mismo un profeta, era un fiel estudiante de las profecías, que buscaba con humilde fervor interpretar los períodos proféticos: “En el año primero de Darío hijo de Asuero, de la nación de los medos, que vino a ser rey sobre el reino de los caldeos, en el año primero de su reinado, yo Daniel miré atentamente en los libros el número de los años de que habló Jehová al profeta Jeremías, que habían de cumplirse las desolaciones de Jerusalén en setenta años. Y volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego, en ayuno, cilicio y ceniza”. Daniel 9:1-3
Hay, finalmente, otras que tienen a todas luces una interpretación simbólica, pues resultan incomprensibles en un marco de tiempo literal.
Para quienes creemos en la interpretación históricista de las profecías, la Biblia presenta un principio de interpretación en el que cada día en las profecías de tiempo equivale a un año (ver por ejemplo Ezequiel 4:6, Números 14:34; Levítico 25:8).
Este fue el punto de vista tradicional de la Reforma -si bien el principio es anterior a ella-, y continuó siéndolo hasta bien avanzado el siglo 19. Lo utilizaron antes expositores judíos y cristianos como Benjamín ben Moisés Nehavendí, Joaquín de Floris, Cressener, Nigrinus, Napier, Cotton, entre otros.
No fue sino hasta la Contrarreforma que se reflotaron objeciones a este criterio, basadas en las  afirmaciones de un filósofo neoplatónico ¡opositor al cristianismo! llamado Porfirio (232-303), que buscaba destruir nuestra fe.
Sus ideas sirvieron, sin embargo, para contradecir la posición de los reformadores que veían en el papado al cuerno pequeño de Daniel 7 y 8. Colocan en su lugar a un intrascendente rey seléucida de la época de los macabeos como el cumplimiento de dicha profecía.
Aceptar esta interpretación es rechazar la inspiración del libro de Daniel y la existencia misma de este profeta, pues si fue así, su libro no fue escrito en la fecha que menciona, sino en algún momento del siglo II AC (como figura en los comentarios de algunas Biblias).
Sorprendentemente, esa postura es la adoptada en la actualidad por una gran mayoría de cristianos olvidando su herencia, adquirida al costo de la sangre de los mártires.
Es de destacar que cuando Jesús comenzó su ministerio terrenal, lo hizo recurriendo al cumplimiento de un tiempo profético.
¿A cuál se refería?
Al señalado en la profecía de Daniel 9:24-27. Si no es ese, no hay otro al que puedan aplicarse sus palabras. Este período profético apartado para los judíos, concluía con el bautismo de Cristo (el Ungido), su muerte y resurrección, la destrucción de Jerusalén y la comisión evangélica.
Esta profecía autentica las anteriores, y forma parte a su vez de un período de tiempo mayor (los 2300 días/años) descripto por la visión del capítulo 8 del mismo libro.
Si Jesús mismo fundó la autoridad de su mensaje en una fecha profética, no debemos despreciar el estudio de los tiempos. Aunque no existe ninguno que nos lleve hasta la fecha de su venida, es nuestro deber conocerlos.
Repetidamente se nos amonesta a estudiarlas:
  • “No menospreciéis las profecías”. 1 Tesalonicenses 5:20
  • “Sin profecía el pueblo se desenfrena; mas el que guarda la ley es bienaventurado”. Proverbios 29:18
  • “Y me dijo: No selles las palabras de la profecía de este libro, porque el tiempo está cerca”. Apocalipsis 22:10
El tiempo está cerca. Hoy más que nunca.
Con el intenso interés de Daniel; con la firme certeza de Cristo y los apóstoles en la “segura palabra profética”; con la total convicción de quienes vemos desarrollarse ante nosotros las señales de los tiempos, debemos buscar luz del Señor para conocer lo que está por venir.
No por mera curiosidad, ni por la excitación de lo novedoso -sino en serenidad de espíritu y con todo nuestro corazón-, debemos analizar las profecías, maravillosas revelaciones de Dios para nosotros.
Ellas nos traerán paz, seguridad y reposo, al tiempo que nos protegerán de los poderosos engaños que el Maligno tiene reservados para el fin.
No debemos inquietarnos; podemos confiar que la hermosa promesa del Señor a la tribu de Benjamín se extenderá también a nuestras vidas: “Que el amado del Señor repose seguro en él, porque lo protege todo el día y descansa tranquilo entre sus hombros”.  Deuteronomio 33:12 NVI