viernes, 4 de marzo de 2011

FIDELIDAD EXTREMA (9 de 10)

PABLO SUPO ELEGIR:
“Sin embargo, todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo y encontrarme unido a él. No quiero mi propia justicia que procede de la ley, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe”.  (Filipenses 3:7-10) NVI
-No estoy seguro de que lo consiga...
- Me parece muy difícil dejar de lado lo que siempre creí...
-Nunca podré dejar de...
Me he encontrado muy seguido con personas que al estudiar la Biblia llegaron a convencerse de sus verdades pero que no se animaron a obedecerlas; ya sea por miedo a la opinión de sus familiares, o por la posibilidad de perder el trabajo, o porque no podían abandonar algún vicio, o por alguna otra causa similar.
La elección de Pablo es notabilísima. Su caso se constituyó en un poderoso ejemplo de entrega incondicional a un objetivo superior.
Desde que el pecado entró en el mundo, la gente le teme al compromiso. Muchos titubean en seguir a Cristo porque les parece un sacrificio demasiado grande, o por ver sus demandas como demasiado exigentes.
Él, sin embargo, hizo un balance de pérdidas y ganancias y resolvió que el “incomparable valor de conocer a Cristo” era más importante que cualquier otra cosa.
Habiendo sido un judío ferviente, legalista consumado como todo fariseo, con un porvenir brillante. Teniendo a la vista poder, fama, riquezas y honores, lo abandonó todo y calificó sus antiguos privilegios de “estiércol” o “basura” en comparación con el conocimiento de Cristo.
¿Congeniaría Pablo con los que hoy predican el "evangelio de la prosperidad"? Seguro que no.
Completamente dominado por el nuevo propósito que encontró camino a Damasco, no vaciló en sacrificar todo lo que tenía y en dejar atrás su antigua vida.
No le importó ser incomprendido, ridiculizado, odiado y perseguido por los que antes habían sido sus amigos, compañeros o admiradores. Únicamente le interesaba la aceptación del Señor.
Tan completa fue su entrega que llegó a considerar un privilegio sufrir por Jesús. Cuando lo azotaban o apedreaban, cantaba; cuando lo echaban a la cárcel, convertía gente; si pasaba hambre o tenía que soportar incomodidades, lo hacía con gozo. De tal manera se había perdido de vista a sí mismo y a su antigua vida, que todo lo que veía era a Cristo.
Para él compartir el evangelio no era una opción sino una obligación. Veía en cada persona con quien se relacionaba un candidato para el reino de los cielos. Por eso le toco llevar el mensaje de salvación a donde ningún otro podría haber llegado.
¿Cómo llegó a tomar una decisión tan extrema?
Para tomar una resolución de este tipo no sirven las motivaciones baratas del estilo de: “el poder está en tí”, o “puedes ser lo que quieras con tan solo proponértelo”. No nos engañemos, hace falta mucho más que eso para llegar a ser como el apóstol.
Porque su compromiso solo puede calificarse con palabras como completo, drástico, absoluto, inapelable y contundente. Nada de medias tintas.
Pero -dirán algunos-, yo no soy así, no voy a poder hacerlo; traté muchas veces y siempre fracasé...
La cita siguiente puede ayudar a quienes piensan que les falta fuerza de voluntad para abandonar alguna cosa o relación que les aparta del Señor:
“Todas las cosas dependen de la correcta acción de la voluntad. Dios ha dado a los hombres el poder de elegir; depende de ellos el ejercerlo. No podéis cambiar vuestro corazón, ni dar por vosotros mismos sus afectos a Dios; pero podéis elegir servirle. Podéis darle vuestra voluntad, para que él obre en vosotros, tanto el querer como el hacer, según su voluntad. De ese modo vuestra naturaleza entera estará bajo el dominio del Espíritu de Cristo, vuestros afectos se concentrarán en él y vuestros pensamientos se pondrán en armonía con él”. (El Camino a Cristo pág. 47)
No se trata entonces de falta de fuerza de voluntad sino de falta de decisión.
De hecho, desde que Adán cayó, todos hemos perdido la capacidad de buscar a Dios o de responder a su llamado. No existen en nosotros tendencias hacia el bien sino hacia el mal, lo que nos hace completamente impotentes para tomar resoluciones firmes. Para cambiar necesitamos ayuda de lo alto; pero para recibirla, debemos elegir someternos a la guía del Espíritu. Cuando al igual que Pablo juguemos nuestra suerte con el Señor, encontraremos el poder necesario para vencer, tal como afirma lo que transcribo a continuación:
“Mediante el debido uso de la voluntad, cambiará enteramente la conducta. Al someter nuestra voluntad a Cristo, nos aliamos con el poder divino. Recibimos fuerza de lo alto para mantenernos firmes. Una vida pura y noble, de victoria sobre nuestros apetitos y pasiones, es posible para todo el que une su débil y vacilante voluntad a la omnipotente e invariable voluntad de Dios” (El Ministerio de Curación, pág. 132).
El plan divino es sencillo: unir nuestra debilidad a su fortaleza, nuestra impotencia a su poder, nuestra incapacidad a su victoria, nuestra inconstancia a su fidelidad. Si deseamos ser vencedores, recordemos que se espera de nosotros la misma decisión que se requirió de Pablo; el cual al testificar acerca de su llamado, afirmó: “no fui rebelde a la visión celestial” (Hechos 26:19).
¿Qué eliges?

martes, 1 de marzo de 2011

FIDELIDAD EXTREMA (8 de 10)

Daniel el incorruptible:
"Entonces los gobernadores y sátrapas buscaban ocasión para acusar a Daniel en lo relacionado al reino; mas no podían hallar ocasión alguna o falta, porque él era fiel, y ningún vicio ni falta fue hallado en él" (Daniel 6:4).
Tengo un recuerdo imborrable de Jorge en los días de mi adolescencia.
Él vivía cerca de casa y aunque no era compañero de colegio, jugábamos juntos al básquet. Para nosotros hablaba “raro” porque venía de otra provincia, pero lo que más nos llamaba la atención de él era que no decía malas palabras como otros muchachos de su edad.
A causa de una mal entendida picardía juvenil, intentábamos por todos los medios hacerle decir palabrotas, pero por más que tratábamos, nunca logramos nuestro objetivo. Simplemente no estaba en él pronunciarlas.
Al igual que Jorge, la Biblia menciona a un joven incorruptible. Daniel fue llevado a Babilonia alrededor del año 605 a. de C. junto a otros tres muchachitos de su edad y cientos de cautivos más. Al llegar fue seleccionado para ser educado como futuro funcionario de la corte del rey Nabucodonosor. En ese momento, tomó una soberbia decisión que mantendría a lo largo de su vida, y que lo convirtió en un personaje descollante de la galería de héroes de la fe. “Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía; pidió, por tanto, al jefe de los eunucos que no se le obligase a contaminarse”. (Daniel 1:8)
Una de las características distintivas de los hombres fieles de Dios es la determinación. La firmeza de propósito necesaria para:
  • Elegir lo correcto y mantenerse en ello
  • No transigir con sus principios
  • Tomar partido por la verdad y no renunciar a ella pase lo que pase
  • Proponerse un blanco elevado y no rendirse hasta alcanzarlo
Esto es lo que hace a un vencedor. Y Daniel lo fue sobradamente.
En las crisis que se le presentaron, el profeta del exilio se mantuvo leal al Dios del cielo durante toda su vida, y no tuvo temor de confrontar al mayor monarca de sus tiempos con mensajes de reprensión y advertencia. Reveló con humildad sus sueños al rey, sin omitir la verdad por temor al castigo. Rechazó los regalos de Belsasar y predijo sin vacilar su inminente condenación.
No se dejó corromper por los honores o los placeres que le brindaba su alto cargo en la corte. Mantuvo siempre su integridad, que fue reconocida por amigos y enemigos. Sobrevivió al mandato de varios reyes y a la caída de un imperio.
Cuando el rey Darío quiso ponerlo sobre todos sus ministros, fue víctima de una conspiración para matarlo. Pero no encontraron de que culparlo porque en todo había servido con fidelidad.
La única cosa que pudieron hallar para acusarlo fue lo referente a su religión. Aún así, no dejó de orar ni a riesgo de su vida.
De tan sublime acto de fe, la Escritura dice con simpleza que al conocer el complot, abrió las ventanas de su cuarto y oró “como lo solía hacer antes” (Daniel 6:10)
¡Que un hombre sirva en el más alto cargo político sin mancha de corrupción propia o ajena, es sin duda un tremendo milagro!
Pero que su integridad le sea más valiosa que la vida, es simplemente una maravilla de la gracia divina
¡Con razón los ángeles dijeron que en el cielo él era “muy amado”! (Daniel 9:23; 10:11)
La larga vida de rectitud del profeta Daniel permanece como recordatorio de que cuando alguien se propone de corazón ser fiel a Dios, le es posible alcanzar las alturas más extraordinarias.

viernes, 25 de febrero de 2011

FIDELIDAD EXTREMA (7 de 10)

JOSÉ, FIEL EN TODA CIRCUNSTANCIA
“No defraudando, sino mostrándose fieles en todo, para que en todo adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador" (Tito 2:10).
- ¡Es imposible profe...! No se puede, si todos lo hacen...
Así protestaba una de mis alumnas del secundario cuando hablábamos de la pureza sexual. Es que ser puro y noble hoy en día aparenta ser algo casi imposible para la mayoría de los jóvenes.
Consideremos la historia de José, el joven vendido como esclavo por sus hermanos. Siendo el hijo mimado de un hombre rico, rodeado de comodidades, su futuro parecía brillante. Hasta que comenzó a tener sueños que despertaron la ira de sus hermanos y que lo llevaron para siempre fuera de la seguridad del hogar paterno.
Sin embargo, como toda crisis, ésta demostró lo que había en el corazón del joven ¿Qué pudo haber pensado en ese momento crucial?
Me gustó mucho la afirmación siguiente: “José consideró como la mayor calamidad que podría haberle ocurrido el ser vendido en Egipto; pero entonces vio la necesidad de confiar en Dios como nunca lo había hecho cuando estaba protegido por el amor de su padre. José llevó a Dios consigo a Egipto, y este hecho quedó de manifiesto por su comportamiento alegre, a pesar de su tristeza… este joven temeroso y amante de Dios fue una bendición en Egipto. Este hecho se hizo patente de una manera tan señalada que Potifar… lo convirtió más en un hijo que en un siervo. Es el propósito de Dios que los que le aman y honran también sean honrados, y que la gloria que se le da a Dios a través de ellos, se refleje sobre éstos mismos” (Recibiréis poder, pág. 258)
Parece lógico y natural rebelarse contra la adversidad, es lo que hace la mayoría.
No obstante, aquel muchachito soñador decidió vivir de una manera que honrase el nombre de Dios. En cada trabajo que hacía, ya fuera grande o pequeño, en cada responsabilidad que le daban, se desempeñaba con toda fidelidad. Las consecuencias no se hicieron esperar, tal como lo dice la cita anterior y lo confirman los textos siguientes de la Biblia:
  • “Mas Jehová estaba con José, y fue varón próspero; y estaba en la casa de su amo el egipcio”.
  • “Pero Jehová estaba con José y le extendió su misericordia, y le dio gracia en los ojos del jefe de la cárcel”.( Génesis 39:21)
  • “No necesitaba atender el jefe de la cárcel cosa alguna de las que estaban al cuidado de José, porque Jehová estaba con José, y lo que él hacía, Jehová lo prosperaba.” (Génesis 39:23)
 Dios estaba con José porque José decidió estar con Dios. Mantuvo su actitud diligente y servicial a pesar de los reveses que experimentó y en todo lo que hacía demostraba ser excelente.
Es notable su actitud en las pruebas, porque nada podía apartarlo de prestar un fiel servicio, ya sea en su hogar o como esclavo de Potifar, ya fuera echado en la cárcel o llevado al palacio de Faraón. Tampoco se dejó manejar por las circunstancias al tener la oportunidad de vengarse de sus hermanos, percibiendo la situación como proveniente de la mano de Dios.
Cuando fue acosado sexualmente por la mujer del capitán de la guardia, respondió: “No hay otro mayor que yo en esta casa, y ninguna cosa me ha reservado sino a ti, por cuanto tú eres su mujer; ¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?” (Génesis 39:9)
Ceder a la tentación suele verse hoy como algo inevitable. Pero al contrario de Eva, que se dirigió hacia la tentación, José corrió de ella. En vez de racionalizar la situación o pensar en su conveniencia, puso los intereses divinos en primer lugar.
Ni el sexo, ni el poder, ni la adversidad, ni la ingratitud ni los más altos honores lo corrompieron. Nada pudo variar su determinación inicial de ser fiel. La suya fue una vida que recomendaba a su Dios y que en todo cumplía el consejo de Pablo a los siervos cristianos: “No defraudando, sino mostrándose fieles en todo, para que en todo adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador" (Tito 2:10).
Tu vida y la mía, ¿”adornan” el cristianismo con sus mejores galas?

domingo, 20 de febrero de 2011

FIDELIDAD EXTREMA (6 de 10)

MOISÉS, EL HOMBRE DE ROSTRO BRILLANTE

“Por la fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey; porque se sostuvo como viendo al Invisible” (Hebreos 11: 27)
La fe es sin duda componente esencial de nuestra relación con el Señor. Desde la entrada del pecado nadie puede ver a Dios en toda su gloria; nos toca simplemente aceptar por fe el testimonio que la Biblia presenta sobre la Deidad.
Sin embargo hubo un hombre que se atrevió a pedirle que le dejara contemplarlo.
Había tenido un primer encuentro cuando se le apareció el Señor en la zarza que ardía sin quemarse, y fue comisionado para liberar a su pueblo. Esa vislumbre divina le dio el poder y el valor para llevar a cabo una tarea que se le antojaba imposible.
Luego de haber sido liberado y pasado el Mar Rojo, al llegar al Sinaí, el pueblo israelita se quedó abajo del monte y Moisés subió al monte a encontrarse con Dios. No lo pudo ver directamente, pero estuvo en la presencia de su gloria, ocultada por una nube.
No obstante, encontramos que esa nueva y extraordinaria ocasión no fue suficiente para nuestro héroe de la fe. Después de que intercedió por el pueblo que había apostatado adorando el becerro de oro, reiteró su pedido : “Te ruego que me muestres tu gloria” (Exodo 33:18). Deseaba más y más de Dios, no se saciaba con lo que ya había experimentado, por glorioso que fuera. Pidió una revelación más grandiosa de Aquel que amaba y él se la concedió.
¿Qué resultó de ese encuentro?
“Estuvo allí con Jehová cuarenta días y cuarenta noches; no comió pan, ni bebió agua; y escribió en tablas las palabras del pacto, los diez mandamientos. Y aconteció que descendiendo Moisés del monte Sinaí con las dos tablas del testimonio en su mano, al descender del monte, no sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía, después que hubo hablado con Dios. Y Aarón y todos los hijos de Israel miraron a Moisés, y he aquí la piel de su rostro era resplandeciente; y tuvieron miedo de acercarse a él”. Éxodo 34:28-30
Contemplar la gloria de Dios -aunque velada- cambió la apariencia de Moisés. Su rostro ahora estaba impregnado de la gloria divina, y ese fulgor hizo temblar de miedo a sus compatriotas. Es que al ser humano pecador la visión de la santidad le resulta insoportable.
“Y cuando acabó Moisés de hablar con ellos, puso un velo sobre su rostro. Cuando venía Moisés delante de Jehová para hablar con él, se quitaba el velo hasta que salía; y saliendo, decía a los hijos de Israel lo que le era mandado. Y al mirar los hijos de Israel el rostro de Moisés, veían que la piel de su rostro era resplandeciente; y volvía Moisés a poner el velo sobre su rostro, hasta que entraba a hablar con Dios”. Éxodo 34:;33-35
Todo cristiano que ama de verdad a Jesús, también quisiera ver al Padre, tal como lo pidió Felipe (ver Juan 14:8). A todos nos agradaría ver su rostro, y pensamos cómo sería estar en su presencia. Cantamos y hablamos de ello, imaginamos el momento, pero, como dice esta cita: “Moisés no pensaba simplemente en Dios; le veía. Dios era la constante visión que había delante de él; nunca perdía de vista su rostro. Veía a Jesús como su Salvador, y creía que los méritos del Salvador le serían imputados. Esta fe no era para Moisés una suposición; era una realidad. Esa es la clase de fe que necesitamos: la fe que soportará la prueba”. (Joyas de los Testimonios, tomo II, pág. 268).
Notemos: Se encontró con el Señor en la zarza ardiente, luego en los 40 días del Sinaí y más tarde en un tercer período de igual duración. Pero todos esos encuentros fueron precedidos de un constante mirar la gloria de Dios por fe.
Cristiano: ¿ves tú al Invisible?
No debiéramos conformarnos con un conocimiento superficial acerca de Dios. No basta conocer las Escrituras de memoria. No alcanza con orar mucho. No basta tampoco una gloriosa experiencia del pasado. La fe necesita estar en constante crecimiento y renovación o morirá sin remedio.
Al igual que este fiel siervo de Dios, necesitamos contemplarle cada día para que nuestro rostro se parezca al Suyo. Necesitamos acercarnos a la luz de su presencia deseando tener un rostro brillante. Y esto es posible mediante Cristo, pues “Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”. (2ª Corintios 4:6)

viernes, 18 de febrero de 2011

FIDELIDAD EXTREMA (5 de 10)

ABRAHAM, AMIGO DE DIOS

“Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios”. (Santiago 2:23; ver Isaías 41:8)
Mi abuelo Pedro gustaba referirse a los personajes célebres de su tiempo, - a los que escuchaba en su vieja radio de onda corta -, como si fueran sus amigos. Lo hacía tal vez para despertar en mí el interés por los sucesos mundiales. Solía decir por ejemplo: “mi amigo Winston Churchill...”, para luego iniciar un largo discurso sobre política internacional.
Pero aquí vemos a alguien que fue llamado amigo por Dios mismo. Fue tan sobresaliente que los ángeles lo aplaudieron.
Sin embargo, para sus contemporáneos él era un tipo raro. Adorador de un Dios invisible, iba sembrando altares por toda Canaán. Se llamaba “Padre de Multitudes” pero era ya viejo y no tenía hijos. Era rico pero no codicioso, poderoso pero humilde de corazón, sabio pero no orgulloso.
De todos los grandes personajes de la Biblia, es el único que mereció el calificativo de “amigo de Dios”. Esto es algo extraordinario. Pensemos por un momento en lo que implica.
Es cierto que Dios nos ofrece su amistad a todos por igual; pero tal como sucede en las relaciones humanas (ya sea por gusto, afinidad o lo que fuere), ese ofrecimiento no suele hallar eco en toda persona. Únicamente unos pocos responden a su atractivo y aceptan su amistad; menos todavía alcanzan la intimidad necesaria para ser catalogados como “amigos íntimos”.
Y lo que hizo Abraham por esa amistad es increíblemente asombroso, porque se le pidió algo que supera la lógica humana: la inmolación de su propio hijo.
Un triste día recibió la sorpresiva orden divina de ofrecer en holocausto a Isaac, su hijo más amado, que sería -según lo había dicho el Señor- el principio de multitud de descendientes.
Lo había esperado por 25 años, lo había visto nacer, crecer y convertirse en un maravilloso jovencito que era su orgullo y felicidad. Y ahora tendría que matarlo...
¿Cómo era posible? 
¿No estaría Dios equivocado? 
¿Qué pasó con el mandamiento de “no matarás”...?
Cualquier mente racional dudaría de los propósitos divinos y Satanás debió haber presionado mucho a este héroe de la fe para que desobedeciera. Entonces sucedió lo que llenó de admiración tanto a los ángeles como a los demonios.
Casi en cámara lenta, pero con firmeza, Abraham obedeció la voz su Señor, casi sin pronunciar palabra. Esperaba que lo que iba a hacer no fuera visto por nadie, tan terrible le parecía. Pero lo que él no sabía, y frecuentemente solemos olvidar, es que todo el cielo estaba mirando, como lo dice la siguiente cita:
“Los seres celestiales fueron testigos de la escena en que se probaron la fe de Abraham y la sumisión de Isaac. La prueba fue mucho más severa que la impuesta a Adán. La obediencia a la prohibición hecha a nuestros primeros padres no extrañaba ningún sufrimiento; pero la orden dada a Abraham exigía el más atroz sacrificio. Todo el cielo presenció, absorto y maravillado, la intachable obediencia de Abraham. Todo el cielo aplaudió su fidelidad”. (Patriarcas y Profetas Página 155)
¿Te han aplaudido alguna vez? No importa en que estadio o plaza alguien haya recibido aplausos; nadie como Abraham que se llevó la aprobación de todo el resto del universo.
Si hubieramos estado allí y comprendido lo que implicaba su sacrificio, también hubiéramos aplaudido. Su tremendo ejemplo de lealtad escapa a nuestra comprensión moderna, tan habituada a justificar el abandono de todo deber penoso.
La voz de Dios era tan familiar para Abraham que no dudó en responder, aunque su corazón sangrara por la magnitud de la demanda divina.
Por eso, Dios lo llamó amigo. A nosotros también se nos concede el mismo privilegio, si estamos dispuestos a mostrar la misma fidelidad y obediencia:
“Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer”. (Juan 15:14,15)