domingo, 12 de septiembre de 2010

¿CERCANO O LEJANO?

Recuerdo aquella vez en Mar del Plata (Argentina), en que me perdí en la playa. Tendría por entonces unos 7 u 8 años. El colorido espectáculo de las carpas y sombrillas, las incontables personas en sus trajes de baño, la arena dorada y caliente, las risas y los gritos, el olor de la sal en el viento; todo formaba un cuadro fascinante para un niño pequeño. Entretenido como estaba, sin darme cuenta, me alejé de mi familia. Cuando me vi perdido, naturalmente comencé a llorar (¿qué otra cosa podía hacer un niño?).
¿Dónde estaban mis familiares? No podía verlos.
La gente aplaudía y yo continuaba llorando sin entender nada, pero por suerte, el corro que se había formado a mi alrededor atrajo a mis hermanas, y pronto pude reunirme con ellos.
Pero hay una tragedia mayor que no saber donde están nuestros seres queridos. Es la de quienes han perdido de vista al Salvador.
En el día de la resurrección de Cristo, la primera en acudir junto a su tumba fue María Magdalena. Entre todos los seguidores de Jesús, nadie evidenció mayor devoción que esta despreciada mujer. Fue allí para descargar su pena por lo que había sucedido.
"Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro... y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto". Juan 20:11-13
Hallar la tumba vacía la llenó de dudas y desconcierto. Al dolor de la pérdida ahora se sumaba la desaparición del cuerpo físico de su amado Señor. Estaba tan abrumada que no advirtió que había ángeles allí y que el que buscaba estaba cercano.
En forma similar al caso de María, existen hoy muchos cristianos confundidos, que perdieron de vista al Señor. Les parece lejano, pues no lo ven ni en las circunstancias ni en las personas que dicen seguirle. Viven llorando con una sensación de inseguridad y pérdida, sin hallar paz ni gozo en su experiencia cristiana. No importa cuanto aplaudan los demás los progresos de la obra de Dios, ellos no son felices.
Alguien se ha llevado a su Señor y no lo encuentran. Esta es una tragedia muy actual y muy frecuente.
Es bien cierto que la situación aparenta ser desesperada. Cualquiera puede ver que la condición de la iglesia hoy no es la que debería ser. Hay hipocresía, debilidad, mundanalidad y tibieza espiritual por todas partes. Esto pasa no solo en la iglesia adventista, sinó en cada denominación cristiana. Sobran motivos para llorar por nuestra condición y la de la iglesia. Por todos lados y de todos los sectores se levantan además durísimos cuestionamientos a casi cada práctica o doctrina del cristianismo.
Pero no necesitamos caer en el desaliento. Como la Magdalena, lo que necesitamos es sentir un anhelo profundo por la presencia del Maestro: "Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré". Juan 20:14,15
Aunque en su dolor no percibía que Cristo estaba a su lado, su actitud es ejemplar. En su angustia no se paralizó, sinó que pasó a la acción, demostrando su ferviente deseo de tenerlo cerca. No se conformaría con menos.
Vale preguntarse si es que Dios está lejano o cercano de nosotros en este malvado mundo en que vivimos.
-¿Por qué no interviene, por qué no hace algo para frenar nuestro pesar y nuestro llanto? -dicen muchos-
Nuestro Dios no se ha alejdo de nosotros, por el contrario, está bien cerca, tal como lo afirman las Escrituras:
  • Porque ¿qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová nuestro Dios en todo cuanto le pedimos? Deuteronomio 4:7
  • Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; Y salva a los contritos de espíritu. Salmos 34:18
  • Cercano está Jehová a todos los que le invocan, A todos los que le invocan de veras. Salmos 145:18
Para toda tristeza, dolor o pérdida, ya sea física o espiritual, el remedio es el mismo que halló la hermana de Lázaro junto a la tumba vacía. La presencia del Salvador. No necesitamos confundirnos o dudar. Porque con él a nuestro lado nos sentiremos plenos y saciados. Ninguna otra cosa puede hacer desvanecer la incertidumbre y el desánimo. Si lo hemos perdido de vista, su presencia es todo lo que necesitamos.
El bálsamo para la duda y la perplejidad están en experimentar, al igual que ella, el gozo del encuentro: "Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro). Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas". Juan 20:16-18
¿Estás llorando? ¿Te parece que Dios se ha alejado de tu vida? ¿Tienes dudas?
Él está cercano.
Tenemos que secar nuestras lágrimas para poder darnos cuenta que Él no se ha ido lejos, que está cerca, a nuestro lado, deseando impartirnos seguridad, gozo y paz.
Él está cercano.
El mismo lo aseguró: "he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo". Mateo 28:20
Aunque, como María, tengamos que esperar un rato más el momento del abrazo; aunque hoy su presencia física nos sea negada, podemos volver nuestros ojos a la luz de su presencia, y salir a dar las nuevas de que hemos visto al Señor. Un mundo que yace en tinieblas necesita la seguridad que proporciona ese mensaje.
Tengamos confianza, él está cercano.

VENCER AL DIABLO

"Y le llevó el diablo a un alto monte, y le mostró en un momento todos los reinos de la tierra. Y le dijo el diablo: A ti te daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy. Si tú postrado me adorares, todos serán tuyos". Lucas 4:5-7
Finalizando esta serie de temas sobre la victoria, quiero ocuparme de nuestro mayor enemigo, que aparece en la Escritura con varios nombres: Lucifer, Satanás, el Diablo, el Demonio.
Su obra es la tentación, su fuerza reside en nuestra propia debilidad, sus armas son la seducción, la mentira y el engaño. Su fin será la destrucción.
Los creativos de publicidad hacen gala de ingenio para vendernos todo tipo de productos. Había uno en la TV que me resultaba muy gracioso. Una mujer se veía muy relajada mientras decía: - ¿Qué sería mi vida sin...? (y nombraba ¡un jabón para lavar la ropa!). El colmo de la felicidad estaría entonces ¿en un jabón?
Somos blanco de todo tipo de mensajes mentirosos que intentan vendernos algo; pero su autor lleva siglos haciéndolo.
Satanás es quien inventó la mentira y el engaño; ya en el Edén, nuestros primeros padres tuvieron que hacer frente a sus sofismas, y así ha sido con cada generación subsiguiente. Jesús les dijo a sus oponentes: "Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira". Juan 8:44
Diseña toda clase de engaños que cautivan los sentidos de multitudes; vende ilusiones, propaga chismes y calumnias, presenta todo lo que agrada al corazón irregenerado. Su objetivo es separarnos de Dios y arrastrarnos hacia sus redes para que quedemos presos.
El vicio es presentado como virtud. La satisfacción de cada mal deseo se presenta como la meta de la vida. La intemperancia en todos los aspectos aparece como un signo de prosperidad. Sus milagros mentirosos como provenientes del Señor. Falsifica además los dones del Espíritu, haciendo parecer que los que están bajo su poder son instrumentos del bien. Fomenta la apostasía y la mundanalidad en la iglesia, desacreditando así el nombre de Dios.
Así como tentó a Cristo, tienta a cada ser humano para corromperlo y apartarlo de las fuentes de la salvación. Su meta es aliarnos a su rebelión contra el cielo.
Recibiremos a cambio, como "premio" por servirle, la infelicidad, la desgracia, el dolor y la muerte.
Pero en la Biblia se nos invita a resistir sus sugestiones:
  • "Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe". 1 Ped. 5: 8, 9.
  • " Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros". Sant. 4: 7
  • "Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo". Efesios 6:11
Aunque es un ángel poderoso, acompañado por una incontable legión de seguidores igualmente vigorosos, no es invencible. En el desierto de la tentación Jesús lo venció por completo. Las armas que utilizó están a nuestra disposición.
Contamos con toda la ayuda necesaria para triunfar contra Satanás y su hueste. Elena de White afirma: "Dios es hoy tan poderoso para salvar del pecado como en los tiempos de los patriarcas, de David y de los profetas y apóstoles. La multitud de casos registrados en la historia sagrada, en los cuales Dios libró a su pueblo de sus iniquidades, debe hacer sentir al cristiano de esta época el anhelo de recibir instrucción divina y celo para perfeccionar un carácter que soportará la detenida inspección del juicio" (Joyas de los Testimonios, tomo 1, págs. 438, 442, 443).
El Demonio es un enemigo vencido, cuyo fin está cerca. Él sabe que le queda poco tiempo para ser destruido y procura la perdición del mayor número posible para hacer sufrir a Dios.
En contraste con ese triste cuadro, la recompensa ofrecida a los vencedores supera toda imaginación.
La tierra nueva, la vida eterna, la comunión con Cristo cara a cara, el gozo sin fin, libertad de la enfermedad y de la muerte, la realización de todas nuestras aspiraciones, la compañía de los santos y los ángeles, la naturaleza restaurada y el universo entero como campos de estudio; todavía queda mucho por nombrar, pero eso es lo que el Señor prometió.
Él se comprometió mediante juramento que nos haría herederos de esas glorias diciendo: "El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo". Apocalipsis 21:7
¿Caeremos en sus engaños o venceremos? El honor de nuestro Dios y nuestra salvación eterna están en juego.

sábado, 11 de septiembre de 2010

VENCIENDO AL MUNDO

"El cual se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre". Gálatas 1:4
La Biblia usa las expresiones siglo o mundo, para referirse, entre otras cosas, a lo terrenal en contraste con lo espiritual. A un sistema de vida de la sociedad que no conoce a Dios, porque no quiere, por estar dominada por Satanás, la codicia, el ansia de poder y el egoísmo. También representa una multitud malvada y hostil a Dios. 
  • "¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios". Santiago 4:4
  • "El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa". Mateo 13:22
  • "No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta". Romanos 12:2
  • "Porque por ahí andan muchos... que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal". Filipenses 3:18,19
La línea se traza claramente.
El mundo es malo, ahoga el amor por la verdad, está en enemistad con Dios y debe ser rechazado por los que desean hacer el bien. Todo lo que de el proviene está contaminado por el pecado y el error.
Los que quieren vencer, como decía en las entradas anteriores, además de vencerse a sí mismos, deberán luchar contra la influencia externa de este sistema perverso. El gobernante de este mundo (aunque usurpador) es el diablo, quien ha diseñado todo tipo de tentaciones y placeres para hacerlo poderosamente atractivo. El poder, el dinero, el lujo, la posición social, las ventajas materiales, las perversiones de lo bueno; todas se encaminan en dirección contraria a la cruz.
Antes de dirigirse al Calvario, nuestro Salvador oró por nosotros con estas palabras: "Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad". Juan 17:14-17
No esperemos que sean eliminadas todas las influencias pecaminosas. No seremos arrebatados de esta tierra para librarnos del mal. Nos toca permanecer en el mundo luchando para no ser de él.
Entonces... ¿Cómo haremos para vencer?
Un dicho popular expresa: "no podemos evitar que los pájaros vuelen sobre nuestra cabeza, pero podemos evitar que hagan nido en ella".
Podemos resistir la influencia de lo terrenal en nuestra vida, aferrándonos a Cristo y a su palabra; podemos decidir echar nuestra suerte con la verdad y la justicia. Jesús lo hizo y pudo decir que hacía siempre lo que a Dios le agradaba.
En la Biblia hay, además del de Cristo, sonados casos de personajes que vencieron al mundo y a la carne, en fiero conflicto con el enemigo:
Enoc, Noé y Abraham ejemplifcan a los que caminan con Dios en medio de una generación corrupta, sin mancharse con ella.
Nehemías, Daniel y José son modelo de aquellos que están en el mundo, incluso ocupando cargos de responsabilidad, y son fieles hasta las últimas consecuencias, sin transigir con lo malo.
Moisés, Elías y Juan el Bautista son prototipo de los creyentes del tiempo del fin. Habiéndose apartado de la sociedad y encontrado con el Señor, volvían al mundo con el mensaje divino de arrepentimiento y reforma que los salvaría de la destrucción.
Decir todo esto es más sencillo que luchar contra la fascinación de nuestros sentidos y la corriente de engaño, corrupción y perversidad que emana del presente sistema de cosas. Reconozco que el mundo es muy atractivo.
Pero por más encantador que parezca, recordemos que su hermosura es pasajera y no tiene destino de eternidad. Su gloria es pura y vana ilusión.
En el día del regreso de nuestro Señor, todo lo deslumbrante de este siglo desaparecerá en un instante, para dar paso a lo eternamente duradero: "Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán!" 2 Pedro 3:10-12
¿De qué lado estaremos?
Enfatizo para finalizar que:
  • Podemos vencer por medio de la fe.
  • Jesús murió para hacerlo posible.
  • La victoria ya es nuestra.
La Biblia lo confirma diciendo: "Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe". 1 Juan 5:4

martes, 7 de septiembre de 2010

VICTORIA SOBRE EL YO

Milón de Crotona fue un célebre atleta griego de la antigüedad que destacó en la lucha, y que en los Juegos Olímpicos ganó 32 veces el premio. Se cuenta que cierto día llevó un ternerito recién nacido sobre sus espaldas dando la vuelta al estadio con el; y repitió ese hecho cada día, hasta que el animal tuvo cuatro años. Lo echó nuevamente sobre sus espaldas, recorriendo con esta carga unos 120 pasos, y lo mató luego de un puñetazo.
Semejante hazaña, si era cierta, se debía a que su esfuerzo fue constante y progresivo. Otra hubiera sido la historia si hubiese comenzado con un buey adulto. En nuestra lucha contra el mal vale el mismo principio.
Si bien la muerte de Cristo abrió la victoria contra el pecado, la aplicación de los méritos de su victoria a nuestra vida es un asunto diario, una lucha de todos los días que acabará recién cuando el Señor venga. No habrá descanso, porque nuestros enemigos jamás duermen.
En la entrada anterior decía que tenemos que luchar contra nosotros mismos (la carne), contra el mundo y contra el Diablo, pero que en primer lugar debemos vencernos a nosotros mismos. ¿Por qué vencer al yo tiene tan alta prioridad?
Consideremos esta cita: "Debemos dar a Dios todo el corazón o, de otra manera, el cambio que se ha de efectuar en nosotros, y por el cual hemos de ser transformados conforme a su semejanza, jamás se realizará... La guerra contra nosotros mismos es la batalla más grande que jamás hayamos tenido. El rendirse a sí mismo, entregando todo a la voluntad de Dios, requiere una lucha; mas para que el alma sea renovada en santidad, debe someterse antes a Dios". El Camino a Cristo pag. 43
¡No hay otra batalla mayor!
Esto es por que "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?" Jeremías 17:9
Jesús enseñó también que tenemos que cuidarnos más de lo interno que de lo exterrno. En cierta ocasión en que los discípulos comían sin el lavamiento ceremonial de las manos, los fariseos objetaron al Señor esa conducta. El les respondió que tenía prioridad lo de adentro, "porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre". Marcos 7:21-23
No necesitamos buscar otro a quien echarle la culpa por nuestros males. Debemos comenzar por reconocer humildemente que "toda cabeza está enferma y todo corazón doliente" (Isaías 1:5); que en lugar de hacer lo bueno, tendemos al mal en cada una de nuestras acciones como resultado de una naturaleza degenerada por el pecado. Esto no significa rebajarse o desmerecerse, es simple y pura honestidad en quienes aceptamos como verdadera la luz de la Palabra de Dios.
El fermento del pecado comienza entonces en el interior de nuestro ser. Su poder reside en que "cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte". Santiago 1:14,15
¡Tremenda batalla nos espera! En comparación, cualquier otra resulta sencilla de luchar. 
Pelear contra nosotros mismos es como combatir contra nuestra sombra. Cada golpe que lanzamos choca contra nuestros puños sin causar más daño que el que nos infligimos. Por más que nos esforcemos, que tiremos nuestro más poderosos golpes o aunque nos movamos con la velocidad del rayo, no podemos derrotarla. Es un ejercicio completamente inútil.
¿Cómo podemos triunfar contra tan poderoso adversario, que para peor, está dentro nuestro?
Si bien resulta paradójico, triunfamos cuando nos rendimos. En la historia de la lucha de Jacob contra el Ángel del Señor (aquí era Cristo mismo), encontramos un modelo de victoria contra el yo.
Durante toda su vida, el mañoso patriarca había engañado y manipulado, había mentido y se había esforzado en mejorar su situación por medio de sus propios esfuerzos. Sus ardides únicamente le habían traído desarraigo, desgracia y sufrimiento.
Al volver a su hogar, la gratitud por las bendiciones de Dios se mezclaban con los recuerdos de sus faltas y pecados. Deseaba tener la seguridad de contar con la bendición divina. Quería saber que sus pecados habían sdo perdonados. Le angustiaba además el enfrentamiento con su rencoroso hermano.
"Y se levantó aquella noche... y pasó el vado de Jaboc... Así se quedó Jacob solo; y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba. Y cuando el varón vio que no podía con él, tocó en el sitio del encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob mientras con él luchaba. Y dijo: Déjame, porque raya el alba. Y Jacob le respondió: No te dejaré, si no me bendices. Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob. Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido". Génesis 32:22-28
No fue sino hasta que desistió de luchar con sus propias fuerzas y se abrazó suplicante a los pies del Señor, que llegó a ser un vencedor. Las heridas de esa lucha llegaron a ser su mayor bendición, porque testificaban de su victoria  ¡Qué ejemplo para nosotros!
El secreto de la victoria no es ningún secreto. Consiste en renunciar diariamente al yo, escondiéndolo en nuestro poderoso Salvador.
Caigamos cada día a los pies de Jesús, y aferrándonos de él, digamos con todo nuestro ser y en plena certidumbre de fe: "no te dejaré si no me bendices".

lunes, 6 de septiembre de 2010

VICTORIA COMPLETA

"Vi también como un mar de vidrio mezclado con fuego; y a los que habían alcanzado la victoria sobre la bestia y su imagen, y su marca y el número de su nombre, en pie sobre el mar de vidrio, con las arpas de Dios". Apocalipsis 15:2
Tanto el deporte como la guerra nos han legado heroicos y vibrantes relatos de victorias; algunas nobles y altruistas, otras trágicamente egoístas. El prestigio, el honor, la libertad, la verdad, la justicia, la patria, el bien ajeno, etc., son algunos de los ideales que se evocan para alcanzarla.
De ellas también se nutre la Sagrada Escritura para representar el triunfo del bien sobre el mal, de Cristo sobre Satanás.
La victoria, al igual que todo en la vida cristiana, se obtiene por gracia. Si bien se nos anima a contender "ardientemente por la fe una vez dada a los santos" (Judas 3), la Biblia deja en claro que solo se puede vencer por medio de Cristo. El asunto fundamental es que sin duda tendremos que hacer nuestra parte, pero, para no ser derrotados, no debemos centrarnos en nuestros esfuerzos sino en la sumisión al poder y al propósito divino.
Consideremos los siguientes pasajes:
  • "Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo". 1 Corintios 15:57
  • "El caballo se alista para el día de la batalla; Mas Jehová es el que da la victoria". Proverbios 21:31
  • "Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó". Romanos 8:37
  • "Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento". 2 Corintios 2:14
En los textos anteriores se ve con claridad que vencer es no solo posible, es necesario; incluso diría obligatorio.
De esta manera llevamos gloria al nombre de Dios y mostramos al mundo que somos sus testigos. Es así como llegamos a ser la luz del mundo. Cuando por la fe el triunfo de Jesús pasa a ser el nuestro, confirmamos la validez y el poder del evangelio.
Para triunfar, además de la gracia divina hacen falta determinación, firmeza y esfuerzo, como lo afirma la cita siguiente:
"Determinémonos a ser victoriosos. Busquemos una medida grande de gracia divina. . . No seamos dominados por los elementos del mundo, sino mostremos que estamos resueltos a llegar a ser vencedores día tras día y hora tras hora. Los ángeles de Dios están velando sobre nosotros cada día. . . Representemos a Cristo y a la verdad dondequiera vayamos para que podamos permanecer en esa posición donde podemos glorificar a Dios. Mis hermanos y hermanas, Jesús anhela interceder por vosotros. Aferraos a Jesús. Esforzaos por ser vencedores para que el Salvador pueda daros la bienvenida a la ciudad de Dios donde podréis cantar los triunfos de la gracia redentora".
En Lugares Celestiales pag. 280
Pero...¿victoria sobre que o sobre quién?
Para poder alcanzar el triunfo, tenemos primero que saber contra quienes luchamos.
Nuestro adversario fundamental es el pecado, y hay tres temibles instrumentos suyos con los cuales debemos lidiar:
  1. La carne, es decir nuestra naturaleza pecaminosa, nuestros malos deseos y pasiones que nos desvían de Dios
  2. El mundo, entendido como las cosas y personas que nos apartan de los designios divinos. 
  3. El Diablo, nuestro enemigo por excelencia.
En las próximas entradas, desarrollaré más ampliamente estos tres puntos. Como anticipo, quiero decir que los coloqué así deliberadamente en función de su importancia.
Porque nuestro principal enemigo no es Satanás ni el influjo de lo mundano, el peor de todos es nuestro yo, como lo afirmara un célebre escritor italiano: "Temo a un solo enemigo que se llama, yo mismo". (Giovanni Papini)
Reitero:
Vencer es necesario. De otro modo deshonramos a nuestro Señor.
Vencer es indispensable. O no entraremos en la patria celestial.
Vencer es posible. Todos los recursos del cielo están empeñados en ello.
Vencer es una obligación. El universo quiere vernos vencedores.
Vencer es nuestro privilegio. Cristo pagó con su sangre para hacerlo posible.
Él ya nos ve en pie sobre el mar de vidrio, como triunfadores, entonando un canto de alabanza y gratitud por la victoria. El mérito será entonces (tal como debe serlo ahora), todo para el Cordero. Nadie se atribuirá ni un átomo de crédito por la derrota final de nuestro temible adversario. Los que estemos allí (¿te incluyes también?) sabremos por experiencia que sin el poder de la cruz y la resurrección de Jesús lo único seguro sería la perdición eterna. Habiendo elegido al Señor, venceremos al Diablo, al mundo y a la carne.
No basta desearla, debemos reclamarla cada día. La victoria es por sobre todo, una cuestión de elección.
¿Qué elegiremos?
Hay maravillosas promesas en la Escritura para quienes deseamos ser victoriosos. Echemos mano de ellas para transitar con éxito la áspera senda que tenemos por delante, hasta que se cumpla la promesa final:"Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono". Apocalipsis 3:21